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Tiempo de cultivar ideas

Llegará un día en que nuestro futuro será fiel reflejo de una de esas películas que hoy nos abruman envueltas en ciencia ficción, en el que todo tendrá una inercia más rápida, tecnológica y, sobre todo, impersonal. El aire será el nuevo asfalto, los sentimientos estarán controlados por sensores sin latidos y las destrezas se adquirirán rápido con dinero, no con constante y lento esfuerzo. Llegará un tiempo en que nuestra alimentación saldrá con etiqueta negra del laboratorio, pues tras años y años de ecuaciones por fin se dará con la fórmula que nos permitirá comer solo químicos sanos de todo tipo; cápsulas que recordarán en propiedades a los alimentos que ya desaparecieron pero de los que tal vez desconozcamos entonces sus andares, forma u olores originales.

Aún no estamos en ese futuro, desde luego, pero observamos ya que todo cambia a una velocidad virulenta, diferente, y los sectores productivos asumen esos cambios de ritmo masivamente de manera forzada. Porque, aunque nos pese, hemos sido educados para que lo nuevo lo prueben primero unos pocos, que se equivoquen varias veces, y cuando vengan a contarnos sus lecciones comenzar a transitar nosotros ese camino que tal vez ya no sea tan nuevo, pero sí más seguro. Evolucionamos en el mundo de la empresa a reacción por costumbre, con la obligación de ir a por un consumidor que se nos escapa como la única gasolina para nuestro depósito.

En ese cambio de abono anda ahora la tierra valenciana. Frutas, verduras, hortalizas, de color naranja, amarillo o marrón, tradicionalmente dependientes del tiempo y de los mercados para poner o quitar dinero en el bolsillo de los agricultores. Naranjas o patatas que ansían que la desfeta, venga de donde venga, no les haga mella por decreto. Pero que crecen en uno de los sectores que menos reflexionan sobre cómo pueden dar respuestas diferentes a las nuevas preguntas que surgen en su consumidor. Parece ahora que los sucesivos golpes que han sufrido durante años les dirige a un callejón sin salida. O eso sería lo fácil, pensar que no hay más vía de escape que aparcar el tractor, abandonar la labranza, eliminar problemas y dejar que la tecnología comience a cultivar en probetas lo que siempre creció al amparo del sol. O eso, o podemos también mirar a la tecnología como no ya quien puede sustituirnos, sino como la causante y a la vez la solución al problema del sector agroalimentario, y también del de otros muchos. Como una tecnología no enfocada solo al producto, ni al lugar, ni al precio, ni a la promoción, sino a todos ellos a la vez. Entendiendo que es el factor causante de un cambio de ciclo en el comportamiento del consumidor, que de tantos cambios que le ha regalado le ha logrado modificar su estructura de pensamiento, sentimiento y acción.

Porque hoy, después de las puertas abiertas por este impacto tecnológico permanente, el mundo es ya más pequeño para quienes anhelan descubrir otros lugares y realidades, o incluso vivirlos. Las nuevas formas de comunicación han ido sustituyendo a roamings o postales, moviendo el dinero y el tiempo desde el extremo duro hacia el ligero. Una tarjeta de crédito encuentra ya en la Red un mercado infinito. Y también hoy, gracias a ese mismo efecto pero como consecuencia de esos cambios, en esos que deciden vivir lejos de su tierra surge el deseo de disfrutar del sabor del fruto de origen. O esos nuevos canales de comunicación se convierten también en nuevas vías de contacto entre consumidores y empresas, sin fronteras, con las mismas cartas del juego para grandes y pequeños comerciantes: creatividad e innovación. O esas transacciones por internet pueden tener la cuenta de cualquiera con un comercio de oficina virtual como destinatario. La tecnología, la misma que también ha modificado el transporte o aproximado idiomas. La que da inmensas posibilidades para las empresas, pese a que las descubrió primero el consumidor.

El campo está aún anclado a un suelo infértil, atendiendo a los mismos problemas con las mismas soluciones. Mirando al cambio, a la evolución, a la crisis, como un freno, no como un estímulo. Y sin entender aún que aquel tiempo de estabilidad, ya no va a regresar. Porque este ritmo de vértigo nos ha subido a un mundo que requiere de apuestas inseguras y valientes. No, no es barbecho lo que necesitan estas tierras para respirar. Más bien anhelan que alguien decida sembrar ideas, para así poder tal vez recoger nuevos frutos.

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