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Ni oro ni diamantes: Una minería para la construcción

Cantera en Villar del Arzobispo

Cantera en Villar del Arzobispo F. Bustamante

No busquen oro, plata ni diamantes. Tampoco petróleo. El territorio valenciano no esconde en su subsuelo ni en el interior de sus montañas minerales que despierten estados febriles y ansias de aventura en pos de la riqueza. Pero tampoco se puede decir que sea una tierra yerma. Como afirma el jefe del Servicio Territorial de Industria y Energía de la Generalitat en Alicante, Matías Mas, «de lo que tenemos hay en abundancia, aunque el problema es que en su mayoría va destinado a la construcción», ya sean las arcillas para la industria cerámica, los áridos para la edificación o las rocas ornamentales para obra pública o vivienda. Así que esto es lo que hay y de lo que hay se cría.

Por ejemplo, el profesor de la Unidad de Geología de la Universitat de València, Joaquín Bastida, asegura que la proliferación de canteras de arcillas en València propició el despegue de la industria del azulejo (tradicional) en lugares como Manises a principios del siglo XX. También en Castelló, donde se utilizaba en los años setenta la pasta porosa para elaborar cerámica para la construcción. Una década más tarde las azulejeras castellonenses empezaron a introducir el gres, para cuya fabricación se utiliza pasta roja, de gran abundancia en la zona de Villar del Arzobispo y la comarca de Los Serranos. Aunque Bastida no se atreve a afirmar si fue antes el huevo o la gallina, sí asegura que «la tradición de la industria cerámica viene de la existencia de materia prima». Algo parecido sucede con otras zonas y minerales, como el mármol alicantino o la sal de Torrevieja.

La Comunitat Valenciana es la sexta autonomía minera de España, justo por detrás de una zona tan tradicional como Asturias. Los últimos datos del Ministerio de Energía sitúan el valor de su producción en 159 millones de euros, un 5,5 % del total. El porcentaje es idéntico en empleo, que ronda los 1.500 trabajadores directos distribuidos en 176 explotaciones, en su mayoría de pequeño tamaño. Las minas valencianas -de arcillas, caolines, áridos y grava, mármol, sal y turba, esta última fundamental para la fabricación de fertilizantes para jardinería, semilleros y agricultura- son a cielo abierto, así que sus empleados no tienen nada que ver con la imagen típica del minero del carbón-. Es un trabajo muy mecanizado, pero, como explica Mas, «también penoso por las inclemencias del tiempo, la exposición al polvo y los minerales y con mucho riesgo por posibles desprendimientos o accidentes en los desniveles».

Valor escaso

Bastida afirma que «el valor de la producción minera es escaso», pero su influencia es muy relevante, entre otros motivos porque la mayor parte de lo que se extrae sirve a la propia Comunitat Valenciana, «lo que permite incrementar el valor añadido, como sucede con la Cerámica». Además, tiene una incidencia indirecta de gran magnitud, en primer lugar para el transporte, pero también para las industrias que se dedican a transformar la materia prima para que puedan utilizarla empresas de sectores como el azulejo.

El presidente de la patronal valenciana de áridos Arival, Custodio Monfort, se lamenta, sin embargo, de la situación de su subsector, que padece las vacas flacas en estos años en que la construcción purga sus excesos de la etapa del boom inmobiliario, cuando no daba abasto. «Estamos a menos del 10 % de la capacidad razonable para que el sector haga negocio por falta de demanda, tanto de obra pública como civil y residencial», apunta antes de asegurar que la supervivencia de esta actividad pasa ineludiblemente por el incremento de la actual tonelada de consumo por habitante de estos productos a las cinco al año, como «sucede en cualquier sociedad avanzada». De hecho, la capacidad es de 26,4 millones de toneladas anuales, pero en 2016 solo se consumieron 5,6 millones, tantas como habitantes. Los áridos y gravas son un tipo de producción muy extendida por todo el territorio, principalmente porque su rentabilidad radica en que su traslado desde la cantera al lugar donde se va a construir no exceda de los 40 kilómetros. En este sentido, Monfort destaca que el territorio valenciano es privilegiado porque es «costero y alargado» y recuerda al respecto que el sector ha tenido mucho trabajo este invierno por la necesidad de aportar la materia prima para regenerar las playas dañadas por los temporales.

Desde la Generalitat se asegura que en los últimos meses está habiendo movimientos para solicitar licencias de explotación de canteras tras una etapa, coincidente con la crisis, de parálisis. Es el caso del yeso alicantino. ¿Son necesarias más? Matías Mas considera que, a priori, no, pero matiza que depende del subsector. Así, en las canteras de áridos, cuya explotación depende del kilometraje, puede haber descompensación territorial. En cualquier caso, Mas insiste en que licencias no se están pidiendo ahora y las que lleguen deben ajustarse a los cada vez mayores requisitos medioambientales. Buena prueba de ello son los problemas que está padeciendo la cementera Lafargue para ampliar su cantera en Sagunt.

El geólogo Bastida cree que una «explotación para cemento o árido puede suponer una afectación en superficie relativamente grande, pero muy inferior a la de la producción agraria, donde se usan fertilizantes que, si se utilizan mal, pueden afectar a la población». De hecho, además de la zona de Villar, la gran suministradora de arcillas para la cerámica es Teruel, «una zona muy despoblada y donde hay menos inconvenientes de las administraciones públicas», además de que allí el suelo para uso agrícola, por sus condiciones propias y meteorológicas, «no es tan valioso como aquí». De nuevo, el territorio marca el destino.

Este experto coincide con Custodio Monfort en que «las canteras valencianas no producen daño a la población más allá de lo visual y el ruido y el polvo si están muy cerca». En su opinión, «lo que tiene peor pinta en las minas valencianas son las explotaciones antiguas que no están restauradas». A este respecto, Mas y el presidente de Arival recuerdan que la legislación valenciana obliga a rehabilitar estas instalaciones cuando dejan de tener uso industrial. Principalmente, se exige que sean reforestadas, pero Monfort apunta que «ya se está valorando la opción de reutilizarlas para actividades deportivas, como motocross, tiro, escalada o, incluso, habilitando un lago». Pero también para el ocio. Y recuerda que en Menorca han convertido una cantera en un auditorio.

Estos son los mimbres de la minería valenciana. Aunque no hay que perder de vista un detalle, en principio poco probable, que apunta Matías Mas: que un día se produzca un accidente geológico que haga emerger esos ricos minerales que puedan convertir a la Comunitat Valenciana en un proyecto de Eldorado. Soñar no cuesta. Mientras, al tajo de arenas y arcillas.

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