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Empresarios dignos de admiración

Tocar la guitarra en un estudio de grabación es algo que pocos mortales podemos hacer, a pesar de que nos guste ese instrumento y tengamos algunas nociones básicas de cómo hacerlo sonar. Si encima en ese estudio, uno puede rodearse de piezas que en su día pertenecieron a Jimi Hendrix la experiencia es sublime. No quiero darles envidia, a quienes les hubiera gustado hacerlo, pero yo tuve la suerte, hace algo menos de una década. Una fotografía que guardo con mucho cariño lo atestigua. Fue en Seattle (Oregón, Estados Unidos) en Museum of Pop Culture, impulsado por Paul Allen, el cofundador de Microsoft fallecido el lunes.

El recinto, obra de Frank Gehry, es uno de los legados de Allen (Seattle, 1953-2018), el que fuera amigo de la infancia y socio de Bill Gates. Allen creó Basics, el primer software para ordenadores personales de la historia, origen de Microsoft. Los dos constituyeron la empresa, quedándose Gates el 64 % y Allen, el 36 %. Después llegarían otros accionistas, como Steve Ballmer, que desplazaron a Allen del núcleo duro de la empresa y provocaron su salida de los puestos directivos. Allen, pese a distanciarse de Gates (del que había sido su socio durante 14 años), conservó su participación en la empresa, hasta que vendió en la posterior salida a Bolsa. Se convirtió en multimillonario. y con 37 años su patrimonio ya superaba los 1.000 millones.

El cofundador de Microsoft, que en ese momento ya había superado un cáncer, se dedicó a hacer lo que más le gustaba en vida, esas aficiones de las que se había alejado por dedicación absoluta a Microsoft. Bien canalizada la inversión financiera de las ganancias obtenidas (a través de la sociedad Vulcan), constituyó The Paul Allen Family Foundation junto a su hermana Jodie. Soltero y sin descendencia, centró sus esfuerzos en la filantropía y en los grandes inventos, que le apasionaban desde niño. A su vez, compró un equipo de la NBA (Portland Trail Blazers) y también se convirtió en propietario de un club de la NFL (Seattle Seahawks) y de los Seattle Sounders. Invirtió en cine, investigó en aventuras espaciales, recuperó barcos hundidos y aviones históricos y hasta financió un censo de elefantes, un animal que lo tenía completamente cautivado. Poco excéntrico en público, sí acumuló yates y mansiones millonarios.

En sus memorias, Idea Man (absolutamente recomendables), realizó casi una necrológica premonitoria y ya, en paz con Gates, señaló su motivación en la vida: «el amor a las ideas. Soy un soñador más intrigado por lo que se puede hacer, que por lo que se ha hecho ya», dijo Allen, un empresario digno de admirar. Y vayan al museo, que la sala de grabación aún está allí.

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