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La prepotencia del banquero

La prepotencia del banquero

La prepotencia del banquero

Nunca me gustó Francisco González, expresidente de BBVA y junto a Emilio Botín (Santander) e Isidro Fainé (La Caixa) miembro del antiguo tridente de grandes banqueros que dominaron España durante casi tres décadas. González, el más joven de los tres (nacido en Chantaga, Lugo, en 1944), pilotó el segundo grupo bancario del país hasta 2018.

Los principios no siempre se me dan bien y él no fue la excepción. Le conocí en Nueva York cuando trabajaba como corresponsal de Expansión en Estados Unidos. González organizó una cena, sin micrófonos, con las voces de los periódicos económicos españoles en la Gran Manzana y acudí a la cita con mis añorados José Luis de Haro (El Economista) y Ana Nieto (Cinco Días).

EE UU ya se desgarraba por el estallido de las hipotecas de alto riesgo, las perversas subprime que a partir del verano de 2007 derrocaron a los grandes iconos de Wall Street. Más de 15 millones de estadounidenses perdieron su trabajo y su fe en el sueño americano arrastrados por la recesión más grave desde el final de la Segunda Guerra Mundial, que catapultó la tasa de paro por encima del 10 %. Cierto es que España todavía se dejaba llevar por el espejismo de felicidad surgido durante los años de la burbuja inmobiliaria y el contagio de la crisis no fue instantáneo. Incluso así, quisimos saber cuál era el pálpito de González.

Negar la evidencia

Nuestra sorpresa fue mayúscula cuando negó la existencia de la España subprime y juró que los bancos patrios tenían una salud envidiable. Recuerdo la incredulidad de Ana Nieto cuando a él lo único que le preocupaba era convertir a BBVA en el mejor banco digital del planeta. La realidad seguía su ruta y González, la suya.

Pocos meses después, los mismos protagonistas coincidimos en Texas. La crisis ya abría los telediarios en España y González se postuló entonces como el gran profeta, vanagloriándose, en público y ante las cámaras esta vez, de haber sido uno de los pocos que desde tiempos muy pretéritos había proclamado que la banca española también tenía activos tóxicos. De Haro, Nieto y yo no dábamos crédito.

Al volver a España en 2011 para cubrir la información bancaria, mis contactos con González se intensificaron y con ellos mi desasosiego. La inquina que destilaba contra sus competidores, casi siempre en privado, rayaba en lo obsceno, igual que su prepotencia. Especialmente duro le recuerdo contra Rodrigo Rato, que entonces presidía Bankia y que no tantos años atrás había sido uno de sus aliados. Su relación venía de lejos. Rato, conocido por la carrera de privatizaciones de empresas públicas que puso en marcha al convertirse en vicepresidente del Gobierno y ministro de Economía (entre 1996 y 2003 más de cincuenta empresas salieron de la órbita de lo público), fichó a González, que había hecho fortuna al vender sus sociedad de valores a Merrill Lynch, para presidir Argentaria. A pesar de no tener experiencia bancaria alguna, le encargó la modernización del grupo de bancos públicos para su privatización futura. Argentaria se fusionó con BBV en 1999 y González asumió las riendas del grupo resultante, BBVA, un año más tarde. Nada de esto le impidió cuestionar después cualquier actividad de Rato al frente de Bankia, el banco que a él le hubiera gustado comprar antes de su nacionalización pero siempre que fuera con ayudas de Estado como pulmón. No pudo ser. A Botín tampoco le tenía mucho más aprecio.

También irritaba la piel su apego al cargo, tanto que frenó cualquier asalto en su contra (como el que protagonizó Sacyr en 2005), cambió los estatutos del banco para estar más años en la presidencia y se deshizo de todos los números dos, los consejeros delegados, que le incomodaron.

González, que finalmente cedió el testigo a Carlos Torres en 2018 y se mantuvo como presidente de honor, mantuvo un bajo perfil público a partir de ahí, coincidiendo, además, con los primeros indicios de que el banco contrató los servicios del ex comisario José Manuel Villarejo con el fin de frenar el asalto de Sacyr. El presunto espionaje, pagado con fondos del banco, surtió efecto y la ofensiva acabó. La reciente judicialización del caso, con su imputación y la de BBVA, forzó a González, uno de los banqueros más próximos al Partido Popular de Mariano Rajoy, a dejar la presidencia de honor.

Culpar a otros

Por todo esto, escuchar esta semana al expresidente de BBVA en el juzgado ha sido el mejor recuerdo del González más González. Proclamar a voz en grito y sin pudor que la ejemplaridad de él mismo y de la entidad está fuera de duda chirría. También le deja a una perpleja que admitiera, según fuentes judiciales, que sabía que se investigó a Sacyr pero que desconocía que se había contratado a Villarejo, culpando a su número dos de entonces y al jefe de seguridad. Sea o no una estrategia de defensa y respetando la presunción de inocencia, de lo que no hay duda es de su arrogancia, su falta de autocrítica y su persistencia en doctorarse en el juego del yo no fui. Su actitud no alivia a la todavía deteriorada reputación del sector y confirma que no me equivoqué cuando mis principios con él no fueron buenos.

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