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Unas vacaciones inciertas

Unas vacaciones inciertas

Unas vacaciones inciertas

Por motivos familiares, no tenía este año ninguna expectativa de viaje veraniego fuera de nuestras fronteras. Mi horizonte es mi pueblo en la costa de Girona, que no he podido visitar desde hace justo cuatro meses. Aunque ya oteo las vacaciones, confieso que ando algo inquieto, visto el menudeo de brotes que se están produciendo en los últimos días y que han provocado ya que algunas comarcas oscenses vuelvan a salir de la normalidad (si es que hay algo de normal en todo esto). No es irracional preguntarse en primer lugar si en los próximos días y semanas los contagios se acelerarán y volverán las trabas a la movilidad o el confinamiento, aunque sea parcial. Te puedes ver atrapado aquí, sin poder salir, o allí, sin poder volver. Gran dilema.

Y luego, ¿qué me encontraré en el pueblo? Por lo que cuenta la familia nada muy distinto, en lo que a hábitos y costumbres se refiere, de lo que vemos todos los días aquí en València, con la diferencia sustancial de que en esta ciudad próxima al millón de habitantes los turistas pasan bastante más desapercibidos que en una localidad de unos 20.000 residentes que fía buena parte de su prosperidad a los visitantes veraniegos. Doy por descontados que irán a Sant Feliu de Guíxols los que tienen segundas residencias, sean de Francia o de Barcelona, pero no atisbo un Passeig del Mar ni una Platja de Sant Pol ni la vecina y más turística Platja d'Aro rebosantes de extranjeros. Más bien lo contrario.

El turismo es una panacea para España pero, como se ha visto, también es un talón de Aquiles para su economía. Si se cierran las fronteras, parece que el país se hunde. Centenares de pueblos de la costa mediterránea y las islas viven de algo tan poco trabajado como tener sol, una playa más o menos coqueta y sentarse a esperar a que los turistas llenen terrazas y hoteles. Y gasten. ¿Cuántas poblaciones, como aquella donde nací, han abandonado la industria que las hizo pujantes a cambio de invertir en instalaciones turísticas, ya sean hoteles o pisos? ¿Cuántas localidades son fruto exclusivo de la burbuja del turismo?¿Cuántas personas trabajan a tiempo parcial en un negocio mal remunerado que, con ayuda del Estado, les permite vivir todo el año aunque sea con apreturas? Al menos, hasta esta pandemia.

Año tras año, España ha venido superando su récord de visitantes. Casi 84 millones en 2019. Hace tiempo que me parece un exceso. No que vengan a vernos y obtengamos un rendimiento por ello, como es natural, sino esa imparable carrera anual por atraer más viajeros. Eso tenía un tope y tal vez esta pandemia se lo va a poner porque a la larga puede reducir los desplazamientos, porque se percibe un cierto 'nacionalismo' (también en España) en los viajes y porque el cambio climático, del que apenas nos acordamos ahora, está templando territorios septentrionales que emiten turistas hacia el sur y torrando en exceso los antiguos paraísos del sol. Todo esto, claro, es hablar por hablar, porque no soy adivino. Pero, por si acaso, lo que sería menester es que los responsables políticos, empresariales y sindicales empezaran a pensar en el futuro con seriedad. No se trata, en mi opinión y en contra de ciertos postulados más bien radicales, de acabar con esa actividad, que aunque solo fuera por la apertura de miras que propicia el contacto con otras visiones y culturas ya sería esencial, pero no estaría de más anticiparse a cuando la gallina deje de poner huevos de oro y tratar de reducir la dependencia de este sector, que sin duda es excesiva.

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