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La ciudad que quiero, turística y no vacía

Gema Martínez

València está desdibujada este julio de pandemia. Ni mis gafas de vista cansada son suficientes para enfocar y reconocer a la ciudad de mis raíces, que estos días recorro sin descanso. Una tarde de principios de semana mi utilitario y yo accedemos al casco histórico y al centro más comercial en décimas de segundo. Podría parecer que es el día mundial sin coches, pero el carril bici también está abandonado, igual que las aceras. Quizás los humanos juegan al escondite y yo debo encontrarlos. Entro en varios comercios a comprar regalos para amigos nada invisibles y ahí ya coincido con otros habitantes de la tierra, pero pocos, muy pocos y ninguno de ellos con vestido de turista. La distancia de seguridad entre nosotros se guarda sola, todo lo contrario que en la playa, a 6,1 kilómetros de allí, donde los bañistas y los miembros de la tribu de las terrazas son multitud y tienen el gen local. La València del contraste, vaciada de visitantes y de consumidores en el núcleo de la ciudad y masificada de lugareños en unas playas urbanas que muy pocas veces antes fueron la primera opción. La costa mejor siempre estaba fuera.

El aislamiento del centro también se produce de noche. Lo compruebo otro día, el martes, cuando necesito recurrir a un equipo de rastreadores. Su misión no es localizar los contactos de personas contagiadas por coronavirus sino buscar un restaurante para cenar que esté abierto el segundo día de la semana. Mesa para cinco. Debe ser un sitio especial, porque nos juntamos para celebrar todo lo que hemos vivido juntos los últimos tres años. El esfuerzo es mayor de lo esperado. Muchos de nuestros restaurantes habituales o de los nuevos que queremos conocer cierran ahora los martes por la noche. La falta de clientes obliga, nos cuentan, a ampliar los días de descanso. Finalmente elegimos una taberna que abre toda la semana. La velada resulta emocionante y vitamínica para todos, superando unas expectativas que ya eran mucho más que altas. Pero la escena del restaurante es desoladora. Las mesas ocupadas no exigen sumas de dos cifras y es inevitable que estas reflexiones se sienten en la sobremesa.

El virus sigue ahí fuera, igual que el temor a los nuevos brotes, pero nuestras ganas de vacaciones y de pospandemia son tantas que ya planeamos el día después de nuestras vidas. ¿Saldremos más fuertes, como decía Pedro Sánchez? Ni lo creí entonces ni lo creo ahora que la economía transita hacia el sufrimiento máximo. Nadie lo pone en duda, sobre todo en el caso de una ciudad como València tan dependiente del gasto de los de fuera y actualmente huérfana de turistas. No faltará quien grite que ya era hora, que se vive mejor sin ellos. Pontificarán que es momento de repensar esta actividad económica para que sea mas sostenible. No seré yo uno de ellos, por mucho que en ocasiones disfrute con una ciudad desierta y también sueñe con un centro histórico con más alma y menos uniformes de franquicias. Pero València, que todavía no tiene los problemas de masificación de otras grandes urbes, es tierra de acogida. Puede mejorar y convertirse en más vivible y más próxima. Pero no la cambien, por favor. Que es así como la quiero.

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