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El virus remata la noche en Ciutat Vella

Luis Padilla, dueño de Radio City, y Toni Rodilla, del Café Lisboa. m.á.montesinos

Comienza a oscurecer bajo el olivo de la plaza doctor Collado de València y un veterano músico callejero se pone a canturrear ante un público más bien escaso el Here comes the sun, de George Harrison. No se sabe si es un desafío al presente o un chiste de mal gusto. Los habitantes de la noche nunca pierden la sonrisa pero la conversación enmascarada entre Toni Rodilla y Luis Padilla comienza a destilar más melancolía que optimismo en el mañana. Pesa como una losa la sombra fúnebre que proyecta el Negrito, a apenas unos metros. Ese emblemático local, que toma su nombre de la plaza en la que está empadronado, ha anunciado su cierre y los dueños negocian el traspaso. Es (quizá era) uno de los últimos tres emblemas de la noche que resisten en Ciutat Vella, tres instituciones, junto al también longevo Radio City, en la calle Santa Teresa (Velluters), y el café Lisboa (El Mercat), en cuya terraza se desarrolla esta charla.

«Veo el panorama muy negro, nos han dicho que tres semanas más de cierre. No creo que abramos y volvamos a estar como en febrero. Por muchos motivos: le van a dar otra patada al balón, y hasta que los locales podamos trabajar sin restricciones, con todo el aforo, sin mascarillas o poder bailar, pasará tiempo. Y veo los bolsillos de la gente secos, con una caída bárbara del turismo. Aquí, en el centro, ya se había remodelado el barrio hacia el turismo, que estaba alimentando mucho a todos los comercios, no solo a la hostelería. Ves carteles de ‘se traspasa’ por todas partes. [...] No veo futuro. Estoy practicando el presente. Lo veo francamente mal, con posibilidades de no volver a levantar la persiana», reconoce Luis Padilla, dueño del Radio City.

No es mucho más esperanzador el testimonio de Rodilla, anfitrión en el café resto-bar Lisboa: «Los que estamos abiertos estamos tan mal o peor, porque además tenemos que pagar. La mayor carga que hay en la hostelería es la de personal. Tengo el 30% de la plantilla en ERTE. De normal somos 11 en verano, ahora 7. La facturación no llega al 50% de lo que hacíamos y en pérdidas. No es soportable».

El relato angustioso concuerda con las cifras que maneja el sector. Según la Coordinadora de Hostelería de Barrios de València, está en juego la quiebra de más de 1.740 empresas y la destrucción de cerca de 9.000 empleos. Casi el 25% de los locales valencianos ha cerrado, un total de 623, y hasta final de año se pueden destruir unos 9.000 empleos directos y arruinar el 69,3% de las pymes del sector. La noche está en vela.

Es un drama generalizado en toda la hostelería, recortada; y, sobre todo, en el ocio nocturno, clausurado. En el Carmen, sin embargo, este contexto da para una mirada larga al pasado, sobre un modo de vida en vías de desaparición. «El golpe definitivo ha sido la covid-19, pero lo que pasa en este barrio no es solo covid, viene de atrás. Comienza en la declaración de la zona acústicamente saturada (ZAS), en unas limitaciones, con unos derechos sobre otros… La pandemia ha sido la puntilla definitiva», resume Rodilla.

El ruido. Los empresarios todavía sangran por la herida de aquella guerra del ruido, la protesta de colectivos vecinales frente al ayuntamiento que terminó, tras años de restricciones, con la mayoría de oferta nocturna cerrada y con las terrazas con horario recortado respecto al resto de la ciudad. La ZAS definitiva llegó en 2019, como antes lo fueron la de Xúquer, Woody o Juan Llorens, otros barrios de la ciudad referentes entre los jóvenes las dos últimas décadas; pero la batalla había empezado tiempo atrás.

Padilla se remonta a la ley del tabaco de Zapatero, cuando la gente empieza a salir a la calle y las protestas vecinales se generalizan. La del Carmen (o Ciutat Vella, en sentido estricto, distrito que agrupa seis barrios) es una historia compleja que incluye un cambio total, urbano y social, un proceso largo que arrancaría en los primeros 90, cuando se comienza a intervenir, poco a poco, con el plan RIVA, en un entorno degradado.

«El barrio estaba muy decrépito a mediados de los 90. Era refugio de yonkis, de prostitución, estaba muy feo, mucha violencia, mucha oscuridad, con cada tormenta se caían dos o tres casas. Teníamos la costumbre de caminar por el centro de las calles para que no te cayera un balcón. En Radio City pusimos la luz de neón en la calle. Al principio el concepto era distinto. Éramos un after, empezábamos a trabajar cuando los demás habían cerrado. Tras un par de años, con deudas, multas, denuncias, asumimos que algo no estábamos haciendo bien. Empezamos a cerrar a las 3 y media y nos dejamos de tonterías. Lo conseguimos. Un año después se convirtió en un local de moda. Empezamos con la música en directo, descubrí el café teatro», relata Padilla.

El barrio marginal se convirtió en espacio de moda, una especie de hervidero underground, referente para artistas y viajeros, con multitud de propuestas culturales en este tipo de locales: presentaciones de libros, teatro, música en directo, fotografía, pintura, todo «a pérdidas», apunta Rodilla. El éxito de estos locales era reflejo de un barrio que al principio del siglo XXI albergaba 218 bares de copas, muchos con terraza, según un reportaje de ‘El País’ de aquellos años, aunque hoy apenas pueden contarse con los dedos de una mano. «El plan RIVA, que llamábamos plan derriba, fue remozando el barrio. Se notaba que empezaba a venir a vivir gente y no solo gente de mal vivir. Era foco de atracción. Empleados de los locales, gente joven que trabajaba por el centro y buscaba algo económico y ahí es donde empieza a pegar el giro y aprovechar gente algo más pudiente para ponerse a vivir en un barrio con fiesta, alegría, divertido, más vivo. Era gente que venía de otra educación, con respeto a los mayores, la noche era otra cosa de lo que se ve ahora», señala el dueño de Radio City.

«Algunos de los que compraron del RIVA, llegaron y dijeron que hay que cambiar la forma de vivir porque he venido yo. Lo de Amics del Carme es el nombre que se han puesto, pero yo les llamo enemics del carme», espeta Toni Rodilla sobre el colectivo vecinal. Sus reflexiones reflejan el desencanto con el cambio de gobierno en el ayuntamiento («fuimos resistencia en 2014 y lo somos ahora»): esa gestión pública, esa «visión restrictiva» en el modelo de ciudad aplicado al centro, sostiene, con bloqueo a nuevas licencias, cierre al tráfico y al aparcamiento… Y un cambio paulatino en la estructura de residentes, ligado también a la turistificación, al tiempo que ese relato bohemio, con las personas que hacían un uso cultural y recreativo del barrio, con negocios que propiciaban actividades diferentes, se mudaba a otra parte de la ciudad. «Ha habido un éxodo del modo de vida hacia Russafa. Los carmenícolas se han ido allí a vivir, por eso ha brotado una vida mas bohemia», apunta Padilla.

Desde esta crisis insondable que impide vislumbrar qué será de estos negocios, el barrio que ellos predican parece ya cenizas del pasado. «Me da miedo que acabe siendo el escaparate del guiri. La gracia de este barrio es que generaba cultura», apunta el dueño de Radio City. Rodilla, con 70 años a cuestas, la mitad de ellos al frente del Lisboa, saca su vis más política para reclamar al ayuntamiento una última oportunidad para el modelo de barrio que ayudaron a edificar: «No queremos un recuerdo. Queremos una definición de Ciutat Vella. Quedan todas las posibilidades que institucionalmente se quieran facilitar a las aportaciones socioculturales. La iniciativa privada somos los que damos puestos de trabajo, y como consecuencia se crea un ambiente, que aquí siempre ha sido cultural. Cuando eso se persigue como un problema, y se sustituye por el modelo de contar millones de turistas que no gastan… Si no se tiene claro qué concepto es el del centro histórico lo único que podemos hacer es sobrevivir lo que podamos, y cuando no podamos cerrar la puerta».

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