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La covid y el fin de la globalización: no hay que hacerse ilusiones

Jordi  Palafox

Jordi Palafox

Una ilusión domina hoy a numerosos actores económicos españoles y valencianos: que la catastrófica situación creada por la covid 19 entierre, o al menos modere, la globalización. En este año pasado, sus proclamas no han tenido intenciones poéticas como sí sucediera hace un siglo cuando la pretensión de aislarse de la economía mundial también estuvo presente. Pero sus planteamientos no son diferentes a los de aquellos grupos que se impusieron al interés general perpetuando el atraso, aunque hayan faltado pareados del tipo «¿Compras un producto al extranjero? ¡Quitas trabajo a un compañero!»u otros de similar calidad como «¿El peor mal de los males? ¡Rehusar los productos nacionales!».

Durante el último año ha ido variando el vestuario, pero el argumento ha estado siempre centrado en las escaseces provocadas por la pandemia. Éstas, se ha argumentado, han puesto de manifiesto los riesgos de depender de economías lejanas. Lo cual hace imprescindible reconfigurar las cadenas de valor (CVG) haciéndolas más próximas, locales, cediendo eficiencia en favor de la seguridad de abastecimiento. Conclusión: las CVG, columna vertebral de las ganancias en eficiencia con la globalización, habrían recibido un golpe de muerte abriendo nuevas posibilidades a la fabricación autóctona. 

A cualquier historiador de la economía el argumento le recordará los utilizados en el siglo XIX por quienes, controlando los mercados locales, se oponían al avance de la articulación de un mercado único nacional. Sin embargo, a pesar de su endeblez, en estos meses pasados ha alcanzado un notable eco. Lo cual evoca la reflexión de Hanna Arendt para quien «Las mentiras resultan a menudo mucho más verosímiles, más atractivas para la razón que la realidad, porque quien miente tiene la gran ventaja de conocer de antemano lo que su audiencia desea o espera escuchar (…) mientras que la realidad tiene la desconcertante costumbre de enfrentarnos con lo inesperado». 

La covid y el fin de la globalización: no hay que hacerse ilusiones

La incómoda verdad

De hecho, nadie se ha preguntado si de haber existido fabricación autóctona antes de la pandemia, por ejemplo de mascarillas en la Vall d’Albaida, se habría evitado la escasez provocada por el cisne negro de la Covid con el inesperado y espectacular aumento de su demanda (y precio). Solo desde la ignorancia, la respuesta puede ser afirmativa. No hay ejemplo en la Historia en que un alza de la demanda, o el colapso de la actividad por los confinamientos, como los que tuvieron lugar en el segundo trimestre de 2020, no hayan provocado escaseces y estrangulamientos. Los efectos negativos de esta situación se pueden suavizar pero si el objetivo es la eficiencia en el uso de los recursos públicos , no debe hacerse con subvenciones a empresas no competitivas que, más pronto que tarde, al no alcanzar economías de escala -como empresa o como cluster- acabarán formando parte del ejército de zombies.

Quizá es también ese desconcierto ante lo inesperado de la realidad constatado por Arendt el que ayuda a explicar la confusión entre ilusiones y oportunidades fácticas. Pero por grandes que sean algunos de los árboles de la recesión no debieran ocultarnos el bosque. Según las últimas cifras de UNCTAD [Conferencia de las Naciones Unidas sobre Comercio y Desarrollo], esta crisis, la más grave de los dos últimos siglos en términos de caída del PIB, ha implicado una reducción del comercio mundial durante 2020 que apenas llega a la cuarta parte de la de 2009, cuando la Gran Recesión (5,6% frente a 22%). Y, en el mismo sentido, es ilustrativo que según la base de datos TIVA elaborada por la OMC[Organización Mundial del Comercio], en la mayor parte de las economías avanzadas la dependencia de las CVG ha aumentado entre 2005 y 2015, a pesar de haber sido enterradas tantas veces tras la crisis financiera.

No hay, por tanto, ni hundimiento del comercio mundial ni hay, excepto casos puntuales, anecdóticos para algunos autores, síntomas de debilitamiento de las cadenas globales. Esas que, diversificando el abastecimiento de los componentes de un producto por todo el planeta, unen a los más competitivos -a igual calidad y precio- y representan hoy la mayor parte del comercio internacional. Esas que junto a la revolución tecnológica han permitido, aún con la Gran Recesión, un crecimiento económico sostenido sin inflación desde los años ochenta del siglo pasado. Un sensible aumento del bienestar en el planeta del que España, y la Comunidad Valenciana, se han beneficiado poco. Pero porque aquí, una vez desaparecida la ilusión de llegar a ricos sin esfuerzo durante la burbuja del ladrillo, lo que quedó al descubierto fueron todas las debilidades de un crecimiento basado en la depredación del capital natural, en sectores muy maduros y en el intento de competir con bajos salarios.

Lo escrito hasta aquí no supone defender un librecambismo ingenuo como si el capitalismo desregulado consolidado desde la revolución conservadora fuera el mejor de los mundos posibles. Mucho se ha escrito sobre sus ganadores y perdedores desde aquel primer impulso a la globalización con Clinton. El aumento de la desigualdad en la mayor parte de los países es una buena síntesis. Un rasgo que corre el riesgo de aumentar con la probable recuperación asimétrica de la Covid, de imposible corrección sólo mediante  políticas asistenciales como se viene defendiendo con intensidad creciente en España (y en la Comunitat Valenciana).

Tampoco la pandemia va a dejar inalterada la organización económica global. Las grandes consultoras internacionales, o algunos economistas, (tipo Piergiuseppe Fortunato de UNCTAD), convencidos de tener la bola de cristal para predecir el futuro, ya se han adelantado a profetizar cuáles serán los cambios próximos en las CVG. El problema es que en el pasado estos ejercicios de predicción han tenido un cumplimiento escaso, próximo a cero. Y que vaticinios sin apoyo factual tienen el mismo rigor que sus opuestos. Por el contrario, los ejercicios de contrastación disponibles, como el de Shingal y Agarwal, no avalan un retorno de las cadenas de suministros locales. Sí, en todo caso, una difusión de la estrategia ‘China +1’ ligada al deseo de diversificar proveedores en otros países de bajo coste de producción sean asiáticos, del continente americano (México) o del este del europeo (Hungría, Polonia y R. Checa). 

Y ello, por cuanto como reflexionaba George Yip, catedrático emérito de la Business School del Imperial College, pensar en el retorno al abastecimiento desde lo próximo es ignorar la enorme presión de los accionistas de las empresas sobre sus ejecutivos para obtener beneficios a corto plazo. No solo. También de los propios ciudadanos. Porque aunque en teoría aseguren estar en contra de la dependencia de mercados lejanos, sus decisiones de compra demuestran cada día lo contrario. Sea comprando en Walmart, la primera cadena de almacenes en Estados Unidos, aprovisionada entre un 70 % y un 80% por firmas chinas u oponiéndose, como en Francia, a que el precio del paracetamol, que Macron quiere fabricado 100% en Francia para 2023, sea todavía más caro que hoy, en que en farmacia multiplica por 8 su precio en España. Por todo ello, a la hora de impulsar la recuperación sería necesario tener presente la vigencia de la constatación de Leonard Cohen en Beautiful Losers de que la realidad es una de las posibilidades que no nos podemos permitir ignorar.

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