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Bitcoin: la moneda que baila a ritmo de tuits

La irrupción de Elon Musk en el tablero de las divisas virtuales ha aumentado la volatilidad de un valor que no logra ser medio de pago

Un operario trabaja en una de las ‘granjas’ de minería en las que miles de ordenadores tratan de resolver los algoritmos para obtener bitcoins. | EMV Mateo L. Belarte

Si uno observa la gráfica del precio del bitcoin puede confundirla con el perfil de una etapa de alta montaña del Tour de Francia con varios puertos de primera categoría, pero es la evolución de su valor en el mercado. La criptomoneda más popular nació con el objetivo de ser un medio de pago independiente y ajeno a las autoridades financieras, pero sus abruptos cambios de precio han despertado el interés de inversores y han convertido su cotización en una montaña rusa, disparando la incertidumbre en el mercado: hay quien vaticina un derrumbe total y quien asegura que todavía le queda mucho terreno por conquistar.

El detonante ha sido la irrupción en el tablero de juego del magnate tecnológico Elon Musk, CEO de Tesla. El excéntrico multimillonario siempre ha sido un firme defensor de estas divisas digitales y sus comentarios, especialmente en Twitter, han marcado el baile reciente en la cotización del bitcoin y otras criptomonedas.

Bitcoin echó a andar en 2009 y le llevó más de ocho años romper la barrera de los 1.000 dólares. Entonces, hacia finales de 2017, comenzó su primer ascenso fulgurante. En apenas diez meses multiplicó casi por 20 su valor, rozó los 20.000 dólares y en el mismo plazo retrocedió hasta los 3.000.

Para entonces ya había atraído la atención de muchos inversores, que aprovecharon ese nuevo suelo para buscar beneficios. No tardó en volver a los 10.000 dólares, la frontera en la que se mantuvo hasta el pasado verano, cuando volvió a emprender otra escalada meteórica. Duplicó su valor entre agosto y octubre y en febrero de 2021 un bitcoin se vendía por 40.000 dólares

Musk voltea el mercado

Y entonces entró en escena Musk. Al propietario de Tesla le bastó un tuit para sacudir el mercado de las criptomonedas: «Ahora puedes comprar un Tesla con bitcoins». Apenas siete palabras —y 1.500 millones de inversión de la empresa en la criptomoneda— volvieron a desatar el furor por el bitcoin. El gran reto, que la divisa virtual se afiance como un medio de pago al uso, tomaba cuerpo de la mano del gigante de la automoción inteligente. Ese mensaje fue publicado un 24 de marzo, cuando cotizaba a 52.000 dólares, y dos semanas después marcaba su máximo histórico: 64.869 dólares.

Pero la alegría duró poco. Justo un mes después, el 13 de mayo, otro tuit de Musk desataba el pánico entre los inversores. El propietario daba marcha atrás en sus planes y anunciaba que Tesla ya no acepta bitcoins como forma de pago, aduciendo el alto impacto medioambiental que tiene el proceso para obtenerla. El desplome se agravó días más tarde tras otro mensaje del CEO de Tesla en Twitter, que muchos interpretaron como indicio de que la compañía había vendido sus bitcoins. El lunes volvió a subir tras el desmentido de Musk.

Pero, ¿por qué una criptomoneda contamina? Los bitcoins, además de comprándolos en el mercado secundario, se pueden conseguir ‘gratis’ mediante un proceso llamado minería. Este consiste en poner a un ordenador a resolver los problemas que plantea el algoritmo del programa que todo usuario que aspire a conseguir este preciado bien debe instalar en su equipo. El ‘minero’ que lo logra se lleva el premio y el resto actúan como «notarios», según explica el analista económico y profesor de la EAE Business School, Juan Carlos Higueras.

El trabajo es muy tentador, pues por cada operación exitosa se obtiene actualmente una recompensa de 6,25 bitcoins. Al haber una cantidad limitada de unidades (21,5 millones), se aplica un sistema exponencial inverso: cuantos menos bitcoins quedan, menor es esa recompensa. Actualmente ya hay 18 millones de bitcoins en el mercado, pero Higueras destaca que debido a este sistema «se calcula que se tardará más de 100 años en agotarlos». En todo caso, cada vez hay más computadoras trabajando en resolver sus algoritmos, y ahí es donde llega la contaminación.

La complejidad de los cálculos requiere el uso de ordenadores muy potentes y con una altísima capacidad de procesar información, lo que requiere de un consumo brutal de electricidad. De hecho, solo en el minado de esta criptomoneda se gasta más luz de la que consumen países enteros.

El fundador y presidente de Tesla, Elon Musk. | ACTIVOS

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El motivo es que desde hace años existen ‘granjas’ de mineros, grandes extensiones de ordenadores que trabajan sin cesar para resolver esos problemas matemáticos. Se concentran en su mayoría en China y la demanda es tan creciente que ha generado una escasez de tarjetas gráficas en el mercado. Estos componentes, que también funcionan con microchips —que a su vez también sufren una carestía global—, son la parte que aporta una mayor potencia al ordenador y es casi imposible encontrarlos a la venta.

Ya con la operación resuelta y los bitcoins en el bolsillo, el usuario debe almacenarlo en una billetera virtual. Este sistema está encriptado y se basa también en la tecnología blockchain —cadena de bloques—, que hace «casi imposible» su robo, «aunque todo es hackeable», advierte Higueras.

El experto asocia la volatilidad cada vez mayor del bitcoin y del resto de criptomonedas —existen más de 7.000 diferentes— en que se han convertido en un elemento con el que especular y no con el que realizar transacciones, su objetivo original. Y vaticina que estos bailes se contendrían si se lograran establecer como medio de pago. No en vano, el número de negocios que acepta pagos en criptomonedas va aumentando, aunque esa incertidumbre de su precio al cambio es un dique.

«El problema de las criptomonedas es que se ven como un activo de inversión porque el oro ya no sube y los tipos de interés están a cero o negativos. Pero si logra ser un medio de pago se estabilizaría y pondría en jaque a cualquier otra moneda porque supondría el fin del poder de los bancos centrales, y eso no lo van a consentir los gobiernos», defiende. Sobre el futuro de las criptomonedas y pese a los recientes desplomes, Higueras no lo duda: «Han venido para quedarse».

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