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Las manos ya no son de obra

Hay paro pero las empresas no tienen trabajadores. Los jóvenes rechazan empleos físicos y que se vaciaron tras la crisis de 2008 y ven en las ramas tecnológicas una salida más segura, argumentan en el Consell

Una empleada de la empresa valenciana del sector del mueble Loyra trabaja en el pulido de una de las piezas.

Falta mano de obra y sobran personas en paro. A priori parece una ecuación fácil de resolver, pero no lo está siendo para los gobiernos ni para una multitud de empresas europeas, españolas y valencianas que observan estupefactas cómo no consiguen atraer trabajadores pese a que, dicen, ofrecen sueldos y condiciones laborales ventajosas. Algunos países como Alemania están incluso lanzando ofertas para captar empleados de la periferia de la Unión Europea a base de salarios por encima del mercado. Los sectores más castigados por esta falta de personal son sobre todo las industrias manufactureras y en especial las ligadas a la construcción -albañiles, fontaneros, carpinteros...-, donde el boom de las reformas que provocaron los confinamientos por la pandemia no está pudiendo ser exprimido por culpa precisamente de esas plantillas incompletas. 

Pero el desajuste en esos equilibrios ya se venía detectando desde un año antes del estallido de la crisis sanitaria, que como en muchos otros aspectos solo ha actuado como catalizadora de este proceso y no como causa. En cualquier caso, que un país con un 4 % de paro como Alemania tenga dificultades para encontrar camioneros no sorprende tanto como que esto se replique en una autonomía con una población activa de apenas 2,5 millones de personas y un paro que supera el 16 %, como es el caso de la valenciana. 

Por eso, la gran incógnita que sigue sin resolverse son los motivos que conducen a esta situación. El secretario autonómico de Empleo, Enric Nomdedéu, habla de una conjunción de factores: las nuevas generaciones huyen de estos empleos por su dureza, porque fueron los que sufrieron con más crudeza el estallido de la burbuja inmobiliaria y porque no ‘hablan’ su idioma, más tecnológico y visual. En definitiva, que son empleos que han dejado de ser sexys para los jóvenes pese a que prometan sueldos relativamente dignos (algo que discuten los sindicatos).

La teoría de Nomdedéu se apoya sobre tres patas principales. Por un lado, el «desconocimiento» de estos trabajos. «Permanecen en el imaginario colectivo como muy precarios y duros, cuando hoy son más técnicos y exigentes a nivel físico», apunta.

Además, el máximo responsable de Empleo plantea la existencia de una suerte de trauma que permanece en la memoria colectiva desde la crisis de 2008. «A una parte de la sociedad le dijimos que había dinero fácil en la construcción y hoy en día todavía arrastran una deuda por un BMW que tuvieron que vender. Y los hermanos o hijos de estas personas que se quedaron en la calle son los que no quieren entrar a estos sectores. Hace muy poco tiempo de esto y el miedo sigue vivo», reflexiona.

La tercera razón es que existe una brecha entre la formación que reciben los estudiantes y lo que requiere la «economía real». Es decir, las empresas. «Es urgente adecuar la oferta formativa y conectar al profesorado con las necesidades reales del mundo laboral», defiende antes de citar dos ejemplos.

Uno tuvo lugar en la factoría de Stadler, fabricante de trenes con sede en Albuixech y que estaba contratando soldadores en Cuenca. Al ponerse en contacto con la compañía, explica, descubrieron que en esta ciudad hay una amplia tradición de soldadura para camiones, una técnica que comparte muchos aspectos con los trenes, por lo que la formación era más sencilla. Desde entonces, Labora organizó un curso para este tipo de soldaduras.

El segundo episodio se produjo en Castelló. Las cerámicas de la zona son punteras en tecnología y comenzaron a sufrir una escasez de trabajadores cuando incorporaron la impresión por inyección, ya que la mano de obra no conocía esta técnica. El problema era el precio, eran demasiado caras para la Administración. Así, firmaron un acuerdo con varias compañías para que estas les prestaran algunos modelos y, a cambio, Labora formara a futuros trabajadores.

Los sindicatos, aunque coinciden en la multicausalidad, manejan teorías más crudas. Según aseguran desde CC OO-PV, los salarios que se repartían en el sector de la construcción en 2008 «no tienen nada que ver» con los actuales. Además, destacan que en estas vacantes juega un papel importante las «redes» que proporcionan tanto el Estado como las propias familias. «No quieren aceptar según qué cosas si no es cuestión de pura supervivencia», añaden las fuentes, que lo ligan con la «mucha» economía sumergida que todavía existe en sectores como la hostelería.

Por eso, reclaman una mayor actividad del Observatorio Valenciano del Trabajo Decente, que se lanzó para fijar políticas públicas que «hicieran más atractivas las ofertas de Labora» pero que apenas ha cuajado. «La fallida intermediación de los servicios públicos entre parados y empresas está en la base del crecimiento de plataformas como Infojobs», denuncian las fuentes sindicales.

Más allá de estos sectores manufactureros hay otros que también se están vaciando. Especialmente grave es el del transporte. El secretario general de la patronal valenciana (Fvet), Carlos García, asegura que en toda España se necesitan 15.000 conductores. Coincide en que ni sueldos de 2.500 euros al mes, como ofrece Alemania, atraen a los jóvenes a un empleo «duro y donde es difícil conciliar», lo que «obliga a los empresarios a replantear las condiciones, no solo el salario». Pero García critica también la «barrera de entrada» que supone el coste del carné y la capacitación, que ronda los 6.000 euros.

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