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La economía de guerra se cronifica en las empresas

La atención mediática ha decaído, pero las consecuencias del conflicto bélico se enquistan en los sectores más afectados, que sufren la inestabilidad de los nuevos proveedores y se quedan sin margen para no repercutir los sobrecostes en el precio

La subida del precio de la energía está en la base de los problemas que atraviesa la industria. ED

Cuando el presidente ruso, Vladimir Putin, dio la orden de atacar Ucrania comenzaron a correr ríos de tinta para intentar aterrizar las consecuencias de esa guerra en el ámbito nacional y autonómico. Los sectores más expuestos al conflicto —la cerámica, la agroalimentación, el químico y el metal, principalmente en el caso valenciano— alertaron de que los efectos del mismo podrían golpear con dureza a sus actividades y provocar desde desabastecimientos de ciertos productos en los supermercados hasta paradas de producción por falta de materiales y por los elevados costes de la energía y el combustible. 

Pero tras dos meses de bombas, la guerra ha perdido tirón mediático y sus repercusiones locales también. Sin embargo, las complicaciones no solo no han desaparecido para esas compañías valencianas más dependientes de Rusia o Ucrania, que de hecho aseguran estar llegando a su límite, sino que la dilatación en el tiempo del conflicto amenaza con propagar los efectos a otras ramas de actividad a través de la inflación.

«Las consecuencias directas de la guerra están muy concentradas sectorial y territorialmente y siguen siendo las mismas. Pero los efectos indirectos se están expandiendo a otros ámbitos y consolidándose, porque los precios siguen subiendo y lo que antes afectaba solo a la industria ahora se contagia al resto vía aumento de precios», explica Ricardo Miralles, director de Economía de la patronal valenciana CEV. 

Un argumento muy similar al que expone Manuel Láinez, director del Cercle Agroalimentari de la Comunitat Valenciana. «Los costes de producción suponen una presión cada vez más importante. Ya no solo de materias primas sino de la energía y los carburantes. El problema sigue estando aunque ya no se hable tanto», certifica. 

El experto destaca que esa tensión se da «en el inicio de la cadena de valor» en el caso de la agricultura, ya que el «desatado» precio del gas está «muy relacionado» con la producción de fertilizantes, que son ahora «un 80 % más caros». Esto llena de «incertidumbre» al sector, que «no sabe si va a poder obtener beneficio de su producción o si va a vender a pérdidas». 

La cerámica es la otra gran afectada por ese auge del gas. Alberto Echavarría, secretario general de la patronal Ascer, indica que la situación es «dramática» y que los efectos de la invasión «no solo no se han reducido sino que se están agravando», provocando que haya ERTE en un 25 % del sector que afectan a 4.500 trabajadores. Asegura que el precio del gas se ha estabilizado en 100 euros cuando el año pasado «rondaba los 15 o 20 euros. Asumir que se va a situar en ese nivel es asumir que vamos a estar fuera de mercado», advierte.

El metal también corre el mismo riesgo. Vicente Lafuente, presidente de la patronal sectorial, destaca que el níquel ha subido un 300 % y el aluminio un 250 % desde el inicio de la guerra. «La situación continúa desbocada», asegura.

La cerámica importaba el 70 % de sus arcillas del Donbás. Echavarría destaca que las empresas «se han movido rápido», pero que «toda la industria europea está en la misma situación». «Estamos ante una economía de guerra y los mercados son sensibles a esa incertidumbre. Los precios están disparados», lamenta. Ahora el sector está comprando las arcillas en Reino Unido,Alemania y Turquía y los caolines en Rumanía.

Ucrania también era el principal suministrador de cereales del campo valenciano y el cierre de este mercado hizo temer por la disponibilidad del alimento básico de los piensos animales. Láinez explica que el sector ha encontrado alternativas en Argentina, Brasil, Paraguay y Estados Unidos, pero que «no existe la misma fluidez». «Si antes la ganadería tenía el suministro garantizado para seis meses, ahora son semanas. No hay tranquilidad para acceder a ellos y esto significa menor disponibilidad y mayores precios», añade.

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