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Bankia: Nada es igual 10 años después

Rodrigo Rato y su sucesor al frente de Bankia, José Ignacio Goirigolzarri, el 9 de mayo de 2012 | Efe levante-emv

Esta semana, concretamente el lunes, se han cumplido diez años desde el rescate de Bankia por el Estado, simbolizado en el relevo en su presidencia: de un Rodrigo Rato sin apoyos en ninguna parte a un José Ignacio Goirigolzarri redivivo tras su salida tres años antes del BBVA como consejero delegado. Es de todos conocida aquella historia: los más de 22.400 millones de euros de coste para los contribuyentes que conllevó la intervención de la entidad cofundada por Bancaja y Caja Madrid; el escándalo de las participaciones preferentes, que finalmente fueron resarcidas a los clientes total o parcialmente, según los casos; el proceso judicial por la salida a Bolsa, que a la postre exoneró a los acusados; el uso de las tarjetas ‘black’, que llevó a la cárcel a Rato y otros beneficiarios… ¿Pero qué ha cambiado en esta última década en el sector financiero?

Pues,en realidad, bastante. Seguramente, el aspecto más visible haya sido la reordenación en el sector, con cuatro hitos sustanciales. Por un lado y, precisamente, la absorción de Bankia por CaixaBank, ya consumada y anunciada en septiembre de 2020, en lo que se vendió como una medida anticipatoria de los cambios que iba a provocar la pandemia del coronavirus desatada a principios de aquel año. Poco después, Unicaja y Liberbank lanzaron su propia operación de integración. Por las mismas fechas fracasó el intento de unión entre BBVA y Sabadell. En junio de 2017, el Santander se quedó por un euro el Popular.

Como recuerda el director adjunto del Instituto Valenciano de Investigaciones Económicas (IVIE), Joaquín Maudos, desde aquella efeméride las 45 cajas de ahorros que había antes de la crisis de 2008 han devenido en dos -Caixa Ontinyent y Caixa Pollensa-, dado que las demás o han desaparecido o se han transformado en bancos. También ha vivido su transformación el cooperativismo de crédito, singularmente a través de Cajamar, que ha crecido en la Comunitat Valenciana sobre todo tras la absorción de Ruralcaja y la creación de un grupo del que forma parte dos decenas de rurales de la autonomía más otras cinco que se han integrado también en el Banco de Crédito Social Cooperativo que capitanea la entidad con sede en Almería.

La reducción del número de competidores por las fusiones realizadas ha provocado «un aumento de la concentración del sector, que es hoy en día muy superior a la media europea», según el también catedrático de Análisis Económico de la Universitat de València.

Este proceso ha comportado, por contra, una reestructuración histórica en el sector. Como apunta Maudos, la red de oficinas ha caído un 58%, con lo que ha regresado al nivel de hace casi 50 años. Los despidos han ido en paralelo, aunque en condiciones envidiables para trabajadores de otras actividades. El experto opina que «ha sido necesario para reducir costes y mejorar la rentabilidad, que es el gran reto del sector». El otro gran acicate ha sido la imparable digitalización, que está expulsando desde las oficinas a los móviles y ordenadores -también a los cajeros- la operativa más corriente como sacar dinero, consultar saldos o hacer transferencias. La pérdida de presencia física la ha pagado de forma particular la España rural y más despoblada, debido a la extensión de la exclusión financiera. Es decir, más y más localidades que se quedan sin oficina bancaria. De hecho, han empezado a proliferar los ofibuses, o sea sucursales ambulantes.

También es cierto que la banca, tal vez por pasarse de frenada, ha tenido que dar marcha y anunciar -veremos en qué queda- servicios específicos para su clientela de mayor edad y con menos acceso al mundo digital. Todo ello a resultas de la campaña de Carlos Sanjuan, un médico valenciano jubilado.

Por otro lado, en la última década la banca ha sufrido un «adelgazamiento» en su negocio en España como consecuencia del desapalancamiento que ha realizado el sector privado, tanto empresas como familias. Por ese motivo, «el stock vivo de crédito ha caído un 35%, lo que supone una pérdida de 660.000 millones de euros», apunta Maudos, quien añade que «también se ha producido un aumento de la solvencia, por las mayores exigencias de los reguladores», en un contexto donde el sector se ha enfrentado a lo nunca visto: seis años consecutivos con el precio del dinero en el cero por ciento, lo que ha mermado sus ingresos. Y también una insólita pandemia que auguró para la banca un severo agujero por los impagos empresariales, finalmente no consumados.

Las políticas de concesión de créditos parece que son fruto de haber aprendido las lecciones del boom inmobiliario. Se reclaman más garantías y no se financia, como entonces, hasta el 120 % del precio de una vivienda. También hay provisiones más severas para cubrir impagos. Y, por cierto, el banco malo -la Sareb- creado en la Gran Recesión para asumir los activos tóxicos de las entidades intervenidas, sigue penando una década después.

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