La infancia de Inés María Llanos Braña olía a hojaldre. En concreto, a aquella especie de mantequilla dulce que salía del horno de El León de Oro, la panadería y dulcería que regentaba su padre, Santiago, y encima de la cual vivían. Ubicada cerca de la calle Obispo. A cinco o seis cuadras del Capitolio. En La Habana. Todavía existe.

En Cuba se comía mucho pastel de hojaldre. Más salado que dulce. Y la fama de El León de Oro era tal que incluso los presidentes enviaban a alguien a buscarlos cuando tenían una visita oficial.

Inés nació en 1935. Única chica entre cinco hermanos. Nació justo en el medio de los dos mayores y los dos pequeños. De carácter dócil. Tranquila, pero traviesa. Con sangre asturiana, de Tineo, por sus venas.

Salía cada día de casa, camino al colegio María Auxiliadora de Tejadillo, de la orden de las Salesianas de Don Bosco, justo detrás de la Catedral. Iba caminando, porque La Habana vieja se recorría fácil. Mono con tirantes azul, camisa y medias blancas y Merceditas. De lunes a viernes, colegio. Con un alto para ir a comer a casa. A las 17, de vuelta al hogar para hacer los deberes.

Inés y Pepe

Los fines de semana eran de parque. De montar a carriola (monopatín). Y también de ayudar en el negocio familiar los domingos por la mañana. Se le daba bien el trato con los clientes y, además, sólo había paga si trabajaba.

Con ese dinero, se iba los domingos por la tarde al cine. Siempre fue muy cinéfila. Doble sesión. Entraba a las 15:30 y salía a las 19. Y después, a merendar al Ten Cent. Tal vez una vuelta por El Encanto, la primera tienda de Ramón Areces, o por la Flogar, de ropa y complementos, o por el Fin de Siglo, o por Los Precios Fijos, o por La Época.

Y así pasaba la vida en La Habana.

De adolescente, si hacía buen tiempo, le gustaba ir al Malecón con sus amigas. Y solía hacer buen tiempo. Allí estaba hasta que empezaba a ponerse el sol. A Cándida, su madre, no le hacía mucha gracia. Muchas veces no se enteraba, pero otras peguntaba. Inés prefería aguantar el chaparrón y hacer lo que le daba la gana.

Terminó el octavo grado. Comenzó el bachillerato de letras. Quería ser maestra. Tenía que pasar unas oposiciones. Entraban cada año 360 personas. En el primer intento, no obtuvo plaza. No pudo terminar su segundo año de Pedagogía. Batista había cerrado la Universidad, en la que empezaban a aparecer los pistoleros. Había aulas por las que no se podía pasar.

Intentó ser monja.

Con 23 años, acudió a un homenaje a El Presi, conocido cantante asturiano, en el Centro Asturiano de La Habana. Un edificio imponente, sobre todo por dentro. La entrada al edificio está presidida por dos escaleras que van a dar al mismo lugar. Aquel día, Inés bajaba hablando con sus amigas por uno de los laterales.

En el otro, dos chicos bajaban caminando y uno de ellos le preguntó al otro: “Oye, ¿quién es esa chica tan guapa?”. Le presentaron a Inés, pero ella no le hizo mucho caso.

No era consciente de que su vida acababa de cambiar para siempre.

“Oye, ¿quién es esa chica tan guapa?”. Le presentaron a Inés, pero ella no le hizo mucho caso.

Era finales de 1957.

José Alberto Martínez Alonso nació en Coruño (Llanera). Fue en 1931. Hijo de Benjamín y de Edelmira. El pequeño de dos hermanos.

Tuvo una infancia feliz y guardaba un gran cariño por sus padres. De pequeños, salían a jugar al balón. Un día, un perro que tenían se acercó a la pelota y puso una pata sobre ella. Decidieron llamarlo Gol. Tuvieron otra que se llamaba Diana. También tuvieron gatos.

La escuela de Coruño era como un palacio. Enorme, preciosa. Celestino Tresguerres era el maestro. Una eminencia. No había río del mundo que no supieran.

La familia se mudó a Lugones. José hacía todos los días dos kilómetros caminando para ir a clase hasta Coruño. Era buen alumno. Muy tranquilo.

Al irse la fábrica de explosivos, tiraron la escuela.

El local original del Restaurante Zara, en la madrileña calle Infantes

Cuando estalló la Guerra Civil, mandaron a todo el mundo para Oviedo. Su padre no pudo pasar. Era tornero y lo necesitaban. Trabajaba en la fábrica de metales de Lugones.

En la casa tenían una huerta, y en la huerta había un gochín. A veces pasaba por allí Joselín, un hombre sin casa que cuidaba la huerta a cambio de comida y techo. Era un santo.

La Guerra. José recordaba todo de la Guerra. Tenía seis años. Vio muertos delante de su casa. No les dejaban mirar por la ventana, pero la curiosidad infantil podía más. Recordaba pasar hambre. Y sacudir la cesta del pan para coger las migas que caían. Y a su madre saliendo por los pueblos y recogiendo dos peras de aquí, una panoya de allá.

Tras la guerra, la familia alquilaba habitaciones para los ingenieros de las fábricas. Su madre cocinaba muy bien. Daban comidas en el bar. Tenían garaje y bicicletas.

En la escuela de Lugones, su maestro era Víctor Martínez. Quiso estudiar Comercio. Con 14 años, comenzó en la Escuela de Bellas Artes de Oviedo, al final de la calle Fruela. No pasaba del carboncillo, pero ganó 12 premios. Cada uno estaba dotado con 100 pesetas. Pero a José le daba vergüenza y no se atrevía a ir a buscarlos. Tuvo que acompañarlo su padre. Eran 1.200 pesetas. Un litro de leche costaba dos reales.

De aquella época recordaba también la Romería de San Pedro. No eran fiestas de orquesta. Eran de gramófono con altavoces.

También subir en el tranvía los domingos a Buenavista, a ver jugar al Oviedo de Herrerita, Lángara y Sansón. Se bajaban en La Vega, porque salía más barato. Paraban en el escaparate de la confitería Camilo de Blas.

Pero solo miraban.

A veces compraban un kilo de higos. Se gastaban todo el dinero que tenían y volvían corriendo a casa.

Su tío Manuel tenía tiendas en Cuba, en Sancti Espíritus. Y quería llevarse a José con él. Para allá salió a bordo del Marqués de Magallanes, un barco de carga y pasaje que salió de Gijón. Toda la familia lloraba al despedirse. Su padre se dio la vuelta antes de que zapara.

La Coruña, Vigo, Lisboa, Cádiz, Santa Cruz de Tenerife, San Juan de Puerto Rico, La Guaira (Venezuela), Santo Domingo y La Habana. Un mes de viaje.

Compartió camarote con un violinista avilesino. José pasaba la gorra tras sus actuaciones en el barco. En el barco, conoció a una familia que iba para México. Le ofrecieron irse con ellos.

Tenía marcada en la memoria la entrada por el Malecón. Lo llevaron a comer. Le dieron ropa vieja –su primera ropa vieja–, pero no pudo comérsela. Pidió un par de huevos con patatas.

Al mes de estar en el pueblo, se desenvolvía como ninguno. Un día vendió 40 metros de tela a unas monjas.

El doctor Viña le preguntó si no quería estudiar. Dijo que sí. Salía de trabajar a las 8 y a las 9 entraba en clase. Después volvía a la tienda, a hacer las cuentas. Hasta la 1 de la madrugada. Y así todos los días.

Los mosquitos lo abrasaban por las noches. Si sacaba la nariz de la mosquitera, al día siguiente amanecía roja.

Tras dos años y medio, pidió unas vacaciones. Se fue a La Habana. Había guateque todos los días y lo disfrutaba con su amigo Mimi. Decidió que se quería quedar allí. Consiguió un trabajo.

Y, un día, como buen asturiano, fue al concierto de homenaje a El Presi, en el Centro Asturiano de La Habana.

Mientras bajaba las escaleras, le pregunto a Mimi: “¿Quién es esa chica tan guapa?”.

José tampoco sabía que su vida estaba a punto de cambiar para siempre.

Eran los últimos días de 1957.

Tras coincidir en las escaleras, el destino los volvió a reunir en casa de Salomé, a donde iban a comer muchos de los jóvenes de la colonia asturiana en La Habana.

Él la empezó a cortejar a ella. Ella, que ya trabajaba de maestra, no quería saber nada de él. Pero él era muy insistente.

Ella cogía todos los días el autobús en la misma esquina, y él estaba siempre esperándola. Cuando ella llegaba, pensaba “ya está este hombre otra vez aquí”. Se saludaban, y ya. A ella le parecía que él la cortejaba demasiado. Y ya se sabe lo mal que sale esa táctica a veces. Él aseguraba no recordar nada de aquello y añadía que a esas horas estaba trabajando. Y ella se reía. Que él nunca persiguió a nadie, añadía. Y ella se reía más.

A él le gustaba ella porque era muy guapa. Y le gustaban sus andares. Caminaba como Chenche, que es una expresión cubana que define un caminar que contonea las caderas al avanzar.

A ella le preguntaban cómo no le gustaba José, que era un chaval muy guapo y muy majo. Un día decidió hablar con él y darle cancha. Y pasaron juntos 63 años.

Se partían de risa al recordarlo. Inés explicaba que sus hermanos no la dejaban salir sola, y José apostillaba que por algo sería. José aseguraba que a él lo casaron, y que el padre de Inés descansó el día que lo logró. Y los dos se miraban y se reían a carcajadas.

La boda

Tras nueve meses de noviazgo, se casaron. Lo hicieron en la iglesia de María Auxiliadora. Ellos no lo sabían, pero aquella Virgen los había unido antes de que se conocieran. Porque Inés era muy devota de ella, que tenía la iglesia cerca de su casa. José, en la casa de Sancti Espíritus, había rescatado una estampa de la Virgen y se había hecho devoto. Inés nunca se explicó que no fuera la Virgen de Covadonga aquella a la que veneraba José.

Se casaron en el Centro Asturiano de La Habana. Con banda y todo. Guardaban fotos de la despedida de soltera de ella. Y de la ceremonia oficial, con Rojas, el notario, y de la fiesta posterior. Hay una en la que se los ve ya montados en el coche.

En el 59 llegó la revolución. Inés estaba embarazada de su hija Inesita. En seis meses, todo cambió. José recordaba haberse reunido dos veces con el Che Guevara, que en aquel momento era presidente del Banco Nacional.

Partieron de viaje a Asturias, ya que la madre de José estaba enferma. A la vuelta, y por un error, a Pepe lo confundieron con otra persona. Lo retuvieron. Le dijeron a Inés que ella podía bajar del barco. Pero dijo que no, que sin él no iba a ningún lado.

Se reincorporaron a sus trabajos. José rememoraba cómo caían las máquinas de escribir por las ventanas del edificio del Diario de la Marina, mientras miles de personas miraban desde la calle.

Meses después, embarcaron de nuevo para Asturias. Jamás imaginaron que sería la última vez que verían La Habana. Estaban convencidos de que iban a volver.

En 1961 llegaron a Asturias. José comenzó a trabajar montando estanterías junto a su amigo Mimi. Después, en Almacenes Uría. Luego, llegó el turno de El chino mandarín, una empresa especializada en sopas, cremas y flanes. Con aquella furgoneta, se iban los fines de semana a la playa, a Perlora. En Oviedo nació su segunda hija, María José. José seguía demostrando sus dotes de vendedor por toda Asturias.

Se mudan a Madrid y nace el restaurante Zara

En 1964 se trasladaron a Madrid. Y abrieron una cafetería. No sabía ni hacer un café, pero era lo que menos costaba. Estaba en la calle Infantas número 5, al lado de la Gran Vía. Tenía una freiduría y una barra. Se llamaba Zara.

Hacían tortilla de patatas, bocadillos de calamares, pinchos morunos, lacón… Por la noche había menestra. Funcionó muy bien.

En 1975, con algunos ahorros, decidieron abrir una tienda de tejidos. Unos amigos que tenían una los disuadieron. El futuro son tiendas como Galerías Preciados, les dijeron.

Y pusieron en marcha el restaurante. Los lunes, lentejas. Los martes, fabada. Los jueves, caldo gallego. Los viernes, cocido de garbanzos. Los miércoles, no nos acordamos.

Restaurante y freiduría Zara, se llamaba. Y por allí pasaba mucha de la gente que había estado en Cuba. Funcionó muy bien. En la cocina hay que tener y hacer lo que se necesite, era la máxima. Y seguir la escuela americana: tratar bien al cliente. La gente en el barrio decía: “Vamos al cubanito”.

Se convirtieron en los reyes del daiquiri. La gente hacía cola para comer o cenar. Daban unos 160 servicios al día. Fueron pioneros en ofrecer mesas compartidas; la clave era conocer al cliente. Y cerraban los sábados y los domingos, porque querían estar con sus nietos.

Así, durante casi cinco décadas. ¿El secreto? La materia prima y la atención al cliente. El Zara era como estar en casa. Ese era su objetivo, que se sintieran como en casa, pero siempre respetando al cliente y sin pasarse. A los dos les gusta conversar con los clientes. Y a los clientes con ellos.

Cada vez que había una noticia de Cuba, la gente se acercaba al Zara. Fueron años de gran intensidad informativa. Todo lo que hacía Fidel era noticia.

A él le encantaba el arroz a la cubana. A ella, el arroz con picadillo y con tostones.

Ninguno quería volver a Cuba. Preferían recordarla como la vivieron.

A cambio, abrieron una pequeña sucursal de La Habana en Madrid. Primero, en la calle Infantas. Hoy, y regentado por su hija Inés, en Barbieri. El Zara se convirtió, con sus tradicionales manteles de cuadros rojos y blancos, en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. En el que se come muy bien. En el que se bebe (si se quiere) aún mejor.

Inés y Pepe transmitían une cercanía y un respeto por el cliente que convertía a los visitantes en amigos. Tenían una excelente conversación –de política, de cine, de libros, de si el Oviedo podía subir este año, de la vida…– y sabían hasta qué momento exacto debían charlar con cada mesa, porque dejaban a los comensales con ganas de más.

Siempre decían algo sensato y con criterio. Siempre estaban sonriendo. Siempre tenían una palabra optimista.

¿Y cuál era el secreto para llevar tanto tiempo juntos y ser tan felices?

“Que los dos tenemos muy buen carácter. Y eso que cuando trabajábamos estábamos casi 24 horas al día juntos. A veces discutíamos y podíamos mandarnos mentalmente a la mierda, pero luego Inés me preguntaba ¿Quieres cenar, mi vida? Y ya estaba todo olvidado”, explicaba José.

“Pepe es la leche. La clave es la tolerancia y no dar importancia a las cosas. Y respetar los gustos del otro. Si él quiere pintar, yo me voy al cine. Y tan a gusto. Y ojo, que casi nunca estamos de acuerdo. Debatimos mucho. Pero somos felices. ¿Y qué cosa es la felicidad? Tener paz y tener suerte con la familia. Somos muy felices. Con que una persona sea normal, basta. Y nosotros tenemos una familia repleta de familias normales. Por eso somos felices”, decía Inés.

Inés y Pepe eran dos personas irrepetiblemente normales. Llevaban Asturias en el alma. Hasta la llegada de la pandemia, venían al menos una vez al año. Hace tres años, les organizaron un homenaje en el que sonaron El Chalaneru o Campanines de mi aldea. Los dos se emocionaron al escucharlas. Se cogían de la mano.

El pasado 14 de enero ingresaron con Covid en el hospital Beata María Ana de Madrid. Compartían habitación. El 19 de enero, Pepe fallecía por una neumonía. El pasado miércoles, ya en casa y tras unas semanas con cuidados paliativos, falleció Inés.

Te puede interesar:

Unos días antes, supo que Pepe se había ido. Cuando se lo dijeron, lloró. Después, lo llamaba desde la cama: “Pepe, ¿por qué no vienes a buscarme?. Pepe, ven ya”, decía.

Inés y Pepe se fueron como vivieron: juntos. Y, aunque su ausencia duela a todos los que los conocieron, será imposible recordarlos sin pensar en qué cosa tan sencilla era, en realidad, la felicidad.