Suscríbete

Contenido exclusivo para suscriptores digitales

Especial #25N

Amelia, la asturiana que supo salir del aislamiento en el mundo rural: "Lo de separarse se veía poco o nada"

“Las denuncias son el primer paso para que podamos ayudarlas a salir de la violencia de género", destaca la Guardia Civil

Imagen de la Jefatura Superior de la Policía Nacional.

Amelia tiene una casa bonita, unos hijos que la quieren y unos nietos que la adoran. A Amelia, su exmarido le dio una paliza tan grande que la dio por muerta. Amelia tiene unos ojos que han visto el infierno y una mirada de superviviente.

Elena Menéndez Menéndez se hizo Guardia Civil para ayudar a la gente. Desde 2013, se encarga del seguimiento y control de las víctimas de violencia de género en el concejo de Cangas del Narcea, su concejo natal, y otros municipios colindantes. Ha gestionado más de 150 casos, a través del programa de protección. El mes pasado, recogió el premio “Mujer Rural 2021” por su labor en la lucha contra el maltrato machista.

Dos mujeres de una realidad tantas veces olvidada: la violencia de género en la zona rural. Amelia fue la primera víctima de un caso grave de maltrato en las Cuencas tras la aprobación de la Ley contra la Violencia de Género (conocida como Ley VioGen, 12/2004). Hasta ahora, nunca había contado su historia: “Quiero que se sepa por si puedo ayudar a otras. Lo único que les pido a las mujeres es que denuncien. Que no se vean solas, porque alguien siempre ayuda”.

“La denuncia son el primer paso para que podamos ayudarlas a salir de la violencia de género. Aunque hay que decir que, a veces, se actúa de oficio”, afirma la guardia civil. Elena Menéndez siempre tuvo vocación de entrar en el Instituto Armado, empezó a formar parte del cuerpo en el año 2004. El trabajo que desempeña es “enriquecedor”: en favor de las mujeres de su concejo natal. Conoce su realidad como pocas: “Es cierto que, en los pueblos, se pierde el anonimato. En ocasiones, las víctimas se sienten injustamente señaladas. Las distancias a otros servicios asistenciales, hace que las fuerzas de seguridad seamos el principal recurso a su alcance, les tendemos la mano”.

Esa mano que tanto necesitaba Amelia. Se casó en una España que salía del blanco y negro, hace casi cuarenta años. Vivía en un pueblo con menos de cien vecinos, no tuvo ni “luna de miel”. “Enseguida empezó a decirme que yo no valía para nada, que se había casado conmigo por casarse… Todo el rato cosas así”. “Entonces era distinto, te educaban para callar y aguantar. Especialmente en los pueblos, lo de separarse se veía poco o nada”, explica.

Llegaron los niños y Amelia hacía como que no escuchaba los insultos, como que los empujones no iban con ella: “Me centré en cuidar a los críos… Estaba como en estado de shock todo el día, no quería pensar en lo que estaba pasando”. La violencia escalaba. Ella matiza: “Aguanté por los nenos (ahora ya adultos). Ahora veo que tuve suerte, porque están bien, pero aquello pudo haberles pasado factura”.

Las mujeres que tienen hijos son las que más sufren: una mayor dependencia, según los estudios, y más temor a la denuncia. Pero, matiza la guardia civil Elena Menéndez, que “no hay perfiles en esto. Ni de víctimas ni de agresores”. “No hay perfiles, porque puede ocurrirle a cualquiera”. También puede variar la respuesta que reciben las víctimas entre los vecinos: “No es cierto que se genere siempre un estigma”.

“Pueblo pequeño, infierno grande”, le dijeron siempre a Amelia. Pero ella no lo cree así: “Hubo gente que no me creyó o que, incluso, me culpó de ser una mujer maltratada. Pero la mayoría de los vecinos siempre me apoyaron, sabían lo que pasaba yo en realidad”. Él, fuera de casa, “era muy bueno”. Él, dentro de las paredes de piedra, “era un infierno”. “Después de aquella noche, se volcaron aún más conmigo”.

Han pasado diecisiete años desde “aquella noche”, pero las lágrimas aún se agolpan en la garganta de Amelia: “Nos había dicho que iba a venir y llevarnos a todos, a los nenos y a mí, por delante”. Coge fuerza, mujer valiente, y sigue el relato: “Como yo tenía la puerta cerrada, entró con un hacha. Rompió la puerta a hachazos, me encontró de frente”. Ella les había rogado a sus hijos que se fueran, que escaparan. Ella estaba sola, él le dio una paliza de muerte. Cuando llegó la Guardia Civil, les esperaba en la antojana: “Acabo de matar a la mi muyer, ta ahí dentro”.

La labor de la Guardia Civil en la zona rural es primordial en la erradicación de la violencia de género. Aunque hay efectivos, como el caso de Elena Menéndez, dedicados específicamente a la prevención y a la protección; matizan desde el Instituto Armado que “todos los agentes en Asturias estamos capacitados para la primera intervención y atención para la protección de las víctimas”. Llama la atención Menéndez, en este punto, sobre la excelente coordinación entre las fuerzas de seguridad y otros estamentos (como el jurídico) en la zona rural: “Al menos en Cangas del Narcea, donde yo conozco la forma de trabajar”.

Todos los efectivos de la Guardia Civil están preparados para una primera intervención. Pero luego depende de agentes especializados, como es el caso de Menéndez, el seguimiento de los casos. “Ahora mismo formo parte del equipo VioGen de mi compañía. Me encargo de llevar las evaluaciones de riesgo de las víctimas, tanto de Cangas como de varios municipios colindantes, y trabajo con este sistema”. Recopila información, realiza una valoración que se mantiene a lo largo del tiempo. Los datos de esa mujer podrán ser comprobados a nivel nacional, en el caso de un traslado, para que nunca pierda la protección.

La Ley VioGen acababa de aprobarse cuando Amelia bajó al infierno. “Las cosas ahora, por lo que escucho, están mucho mejor”, apunta la mujer. Ella sufrió durante días, meses y años. Los días de dolor en el hospital: “Cuando estaba recuperándome, como acababa de salir lo de la Violencia de Género, quisieron hacerme una entrevista. Yo dije que no, hasta ahora nunca lo había contado”. Los meses de batalla: “Mis hijos tuvieron que decirle a un juez que no querían ver más a su padre. Yo nunca se lo quité, nunca les dije nada malo de su padre, pero ellos no querían verlo”. Los años de angustia: “Él juró que, cuando saliera de la cárcel, iba a volver a matarnos a mis hijos y a mí. Vivía en vilo”.

A pesar del dolor, de las batallas y de la angustia. A pesar de todo y de todos. Amelia logró reconstruir su vida. Abrazó a sus hijos, levantó cada ladrillo que él había tirado con la violencia. Se había mudado a otro pueblo, no muy lejos de donde había pasado todo: “Quise empezar de nuevo”. Una tarde, recibió una llamada. “Amelia, murió el padre de tus hijos”, le dijeron. Lo siente, afirma, pero solo le salió una respuesta de los labios: “Gracias a Dios”.

Compartir el artículo

stats