Con licencia para llorar. Y aunque Consuelo, Consuelo Llobell Frasquet, no ha dado sensación de ser de lágrima fácil, ayer lo hizo de esa forma contenida que le marca el guión a las falleras mayores de València. La muchacha discreta, buena, buenísima gente, que a veces da la sensación de que pide perdón por estar en lo más alto. Lo merecía todo y se lo dieron todo. Quien se lo iba a decir. Tal día como ayer podría, quien sabe, haber intentado hacer ese MIR que afrontaron cientos de médicas como ella. O, por lo menos, estar muy pendiente de lo que han preguntado. Ayer, su pensamiento estaba muy lejos de las batas blancas. Lo cambió por el traje rosa oporto y por una mezcla de sonrisa, emoción y bienestar personal. La vida le ha dado un regalo imparable y ayer demostró sobradamente que le gusta, que lo quiere y que se lo va a creeer. Sobre todo, sale reforzada de una noche que salvó los impoderables iniciales y que remató maravillosamente el doctor José Remohí.

Hay que reconocerle a los responsables de la Junta Central Fallera que al escenario le sacaron petróleo. Comentaba una persona con visión histórica que le venía a recordar el Teatro Principal. Y seguro que, echando la vista atrás, puede parecerlo: un escenario chico, pero capaz de albergar los dos eventos concierto y exaltación, pero por separado-. Eso es lo que, por lógica, condenará al Palacio a la condición de provisional. Porque no poder las chicas subir sintiendo las notas de la banda a su alrededor es una insuficiencia que, teniendo el Palau a tiro, no se puede permitir. Se llegó a plantear poner a la banda en el vestíbulo, para que se le oyera desde las puertas, como sucede en la proclamación. Pero ese experimento parecía muy poco consistente. Hubo que recurrir al «enlatado» y sonó muy bien, aún en la nostalgia.

Pero la «cadira d'or», por ejemplo, tuvo protagonismo, al levantarse por encima de las del resto de la corte. Éstas sí, estuvieron todas a ras de suelo formando un abanico. Como lo era en el Principal, todo sea dicho.

Los que salieron ganando fueron, sin duda, los presidentes de falla, que esta vez, aunque en la zona trasera (el centro del patio de butacas siguió siendo para las falleras) y alta, se detectaron muchas, demasiadas butacas vacías para lo caras que son.

Este año no estuvo el presidente de la Generalitat, Ximo Puig, que se encontraba recorriendo el norte de la Comunitat con el presidente del Gobierno. Aseguraban que hará lo posible por estar hoy, en la exaltación infantil. Estuvo como más alta representación de la comunitat el conseller Arcadi España. Pero se echó de menos más colaboración institucional de equipo de gobierno. Menos concejales socialistas y de Compromís de lo deseable. PP y Ciudadanos, en ese sentido, cumplieron más.

Pero el protagonismo es de ellas. Decíamos de Consuelo. La corte no se quedaba atrás. No tenía el pasillo el ángel del Palau. No cabe duda. Allí, todas pueden ver el camino que corren sus antecesoras en la fila. Aquí sólo se puede intuir. Pero ellas también tenían licencia para llorar, para emocionarse. Anda que no les ha cambiado la vida también a ellas. Super puestas, con sus trajes estrenador, conscientes, si quieren, de lo grandes que son. Déborah, viviendo lo que le vio hacer a su hermana; Anna, repitiendo un desfile que saboreó en 2008; Raquel, lo que le han contado de su madre y su tía. Los niños viendo en la tele a la «señorita Andrea (Cea)»; conectados en Zaragoza para ver a Claudia; en Alginet vibrando con Helena; en Benimàmet con Yessica; en Carlet (y en la redacción de Levante-EMV) con Yasmine; Paula que ya no puede pedir más a su intensa historia fallera; Marta que lo podría contar y relatar en una crónica; Marina para agrandar la historia del Collado; y Andrea Grau, que jamás habría imaginado que su lugar de trabajo, el Palacio de Congresos, le iba a deparar un papel tan especial.

«Una experiencia que os convertirá en amigas eternas» les dijo el mantenedor, José Remohí, quien tuvo palabras para todas ellas, bien descritas que les hizo emocionarse y sonreír con ciertos golpes muy originales. Empieza su antológico discurso. De médico a médica, José Remohí habló de la perseverancia, la organización, la superación de adversidades. De profesor a alumna. «Le dí la asignatura de ginecología. Tuvo matrícula de honor». La hizo reir e hizo reir al público. «Consuelo tiene un sueño por cumplir». ¿Qué será? «Tener un perro».

La amiga que todos quisiéramos tener. La que «mata por València». La que lleva «dos flores en la Ofrenda, una por su madre y otra por su abuela». La que «no le preocupa que hablen mal de ella quien no la conoce». Pero qué bien lo hizo el doctor. Qué cálido.«Eres una magnífica embajadora de las Fallas». Interrumpido varias veces por aplausos. Que había empezado diciéndo sim ambages que, por la dislexia, tendría que improvisar sobre ideas pensadas. O reconociendo, nada más empezar, que el mantenedor es el momento más aburrido de una exaltación. Pero esas cosas, esos detalles, esas palabras, son las que le hicieron grande.

Hoy es el día de las infantiles. Carla García y las niñas pudieron vivir en las mayores lo que les va a venir.

Y cuando baje el telón, llegará el turno de los ninots. Que sí, que las Fallas son, sobre todo, Falla. Pero esto, también. En la fiesta nos merecemos una dosis de Consuelo. Porque es una buena medicina para alegrarnos el corazón.