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Medio siglo de la noche más negra de la historia de las Fallas

Una carcasa defectuosa provocó tres muertes en una «cremà» que pudo tener consecuencias mucho peores por la cantidad de gente que, ya en 1971, acudía a este fin de fiesta

La tragedia tuvo lugar 
junto al Edoficio Eurotodo.

La tragedia tuvo lugar junto al Edoficio Eurotodo.

Aunque había llovido, nadie pensó en suspender la Nit de Foc. Que entonces era el castillo previo a la quema de la falla de la entonces plaza del Caudillo -que hacía las veces de falla municipal sin que la sufragara el consistorio-. Por la costumbre y porque «nunca pasaba nada». Pero la noche del 19 de marzo de 1971, hace hoy medio siglo, al disparo de la pirotecnia Úbeda le salieron unas carcasas defectuosas que impactaron entre el público. El estallido y la avalancha inmediatamente posterior llenaron la plaza y sus aledaños (una parte, mientras la otra no sabía nada de lo que estaba ocurriendo) de heridos y dos personas muertas, que luego serían tres.

Hay que ponerse en situación: en la plaza se disparaban castillos en toda regla. No las «mascletaes de colores» o los «ramilletes de fuegos» actuales. Y la distancia de seguridad hasta la zona de fuego no era, ni mucho menos, la actual. Tanto, como que hasta finales de los ochenta todavía se veían pegados a las floristerías.

Los hechos son relativamente sencillos: un estallido y una avalancha. Causa-efecto. Es el relato de las interioridades lo que le permite cobrar valor histórico.

Tras la tragedia hay unas declaraciones del alcalde, Vicente López Rosat, en Radio Peninsular, haciendo un relato de los hechos, en los que acababa diciendo que «se ha hablado de muchas posibilidades: desde suspender los castillos en la plaza del Caudillo a hacerlos en el cauce del río». Al final, la tesis que imperó es que la pirotecnia es idiosincrasia, que nunca pasa nada. Hubo que esperar década y media más para sacar los fuegos nocturnos al futuro Jardín del Turia.

Sobre la tragedia, López Rosat hablaba, por ejemplo, de decisiones importantes, como la de abrir el edificio municipal y tratar allí a algunos heridos. También el de parar el castillo (por entonces no estaban automatizados) para evitar que más material pirotécnico estuviera en mal estado, y quemar la falla como si nada pasara para no soliviantar a las miles de personas que no se habían enterado.

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Médicos y marineros

«La solución que se nos ocurrió más positiva era quemar el Coloso e inmediatamente se le prendió fuego. A mitad de la quema ya ordenamos su demolición para que, considerando terminado el festejo, la muchedumbre fuera desalojando». Habla López Rosat, alcalde y médico, de actitudes heroicas de galenos que se ofrecieron a ayudar inmediatamente. O de un grupo de marineros que se presentaron para poner orden, habilitar sitio y que se pudieran meter en la plaza «en menos de quince minutos, siete ambulancias, ocho jeeps de la Policía Armada y Municipal y quince o veinte coches particulares que recogieron a los heridos»

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La «chica de San Sebastián»

Estamos hablando prácticamente de otro mundo. Hoy sería impensable que un coche transitara por la plaza a las diez de la noche del día de San José. Y ese contexto es el que pone en situación el doloroso relato del fallecimiento de María Luisa Fernandez-Landa. Ha quedado en la historia como «la chica que había venido de San Sebastián y que le estalló delante una carcasa». Sería ahora una mujer de 66 años si el destino no hubiese querido ser tan dramático.

Así se escribía en Levante-EMV. «Sobre las diez de la noche, el matrimonio y los tres hijos circulaban en su turismo por la calle de las Barcas, en dirección a la plaza del Caudillo. Cuando pasaban frente al edificio Eurotodo (el criticadísimo inmueble metálico que hace esquina) vieron como un coche salía, dejando un hueco para aparcar. El turismo del señor Fernández Landa aprovechó el citado hueco, aparcando en el mismo. (...) Durmieron un rato dentro del auto y cuando empezó la «cremà» salieron del vehículo para presenciar el espectáculo». Justo ahí estalló una de las carcasas. Su padre, «don Luis Manuel Fernández-Landa Valdés, procurador de los Tribunales en San Sebastián, fue el primero en prestar ayuda a su hija, tirándole encima de los pies una manta que llevaba en el auto» (...) «Con valor digno de encomio, ayudó a trasladar a María Luisa al furgón».

El otro fallecido en el acto fue Antonio Fernández, de 21 años, natural de Jaén y que residía con sus padres en Xirivella. «Hacía muy poco tiempo que la familia había llegado a nuestra ciudad. Al parecer, el joven -que no tenía amigos por el corto tiempo que llevaba en Chirivella- acudió solo a presenciar el festejo».

«Mujer sin identificar...»

El día 20, aún en el parte de heridos que se facilitaba a la prensa aparecía el siguiente apunte referido al Hospital Provincial: «Mujer sin identificar, mayor, gravísima». Resultó ser Marina González Blas, quien fallecería poco después mientras su marido y su hija sufrían heridas de consideración.

La familia Fernández-Landa partió en avión con el cuerpo de su hija. Levante-EMV se ha puesto en contacto con su hermana Elena, que entonces tenía 14 años. Prefieren no recordar. Un cortejo de falleros de Xirivella acompañó en el entierro a Antonio y el pueblo de Yátova salió a la calle para despedir a Marina.

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El fantasma de Ibrox Park

Tres vidas nunca recuperadas, aunque, como rememoraba el alcalde, «por un instante tuve en mi mente lo sucedido en el estadio de Glasgow (la avalancha en Ibrox Park, dos meses antes, con 66 muertos) y pensé que podía haber doscientos o trescientos muertos». Pudo ser mucho peor, pero tres familias quedaron marcadas para siempre.

Nunca las Fallas habían sufrido una tragedia como la de la «Nit de Foc» de 1971. Durante varios días, la prensa ofrecía titulares de dolor inmenso.

Medio siglo de la noche más negra de la historia de las Fallas

El traslado de los castillos al río no se materializó hasta el año 1987

Días después de la tragedia, coincidiendo con la misa funeral celebrada en la catedral en recuerdo de los fallecidos, Salvador Chanzá apuntaba esa reflexión sobre el cambio de ubicación. Lo comparaba con la Riada de 1957: «puede que el diluvio no se repita en jamás de los jamases, pero ha sido el motivo del Plan Sur». Llevado a la pirotecnia de las Fallas, «esa plazoleta del centro de la ciudad no es Cabo Cañaveral (...) Puede que no suceda más. Pero lo fortuito -ya se sabe, casualidad- puede volver a ser triste realidad. Y eso hay que prevenirlo, tomando medidas de todo orden o desplazando el delirium tremens de los castillos».

Hubo que esperar al año 1987 para que la pirotecnia nocturna encontrara acomodo en el cauce del Turia, convertido desde entonces en un «castillódromo». Y también a partir de los años noventa, y con la llegada de nuevas medidas restrictivas, el entorno de la plaza fue ampliando el perímetro de seguridad, además de incorporarse una valla de gran altura y, más recientemente, vaciar calles de acceso para paso de seguridad. Ha habido accidentes y heridos, como los 24 de una «mascletà» en el año 2000. La seguridad absoluta no existe y menos con la pirotecnia y en una plaza abigarrada.

TVE dejó a media España con el corazón en un puño

Hubo más factores que añadieron dramatismo. Por ejemplo, la retransmisión televisiva: el locutor informó de que se había producido el accidente, que unos fuegos habían caído entre el público. Para a continuación cerrar la emisión. Con unas fiestas que ya eran una atracción turística, en miles de hogares, sin teléfonos móviles, con un único canal de televisión, cundió la desesperación en todos aquellos hogares que sabían que los familiares estaban en València.

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