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Crónica

Gol de Maluma en Orriols

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València baila al ritmo de Maluma Fotos: Arturo Iranzo.

 Lo que hace la ignorancia cuando la combinas con algunas de las distorsiones de la realidad más comunes, como la inferencia arbitraria o el razonamiento emocional. El concierto de Maluma va a ser horroroso, no me voy a enterar de nada, no me va a gustar, unos chandalistas me van a pegar una paliza y me van a robar la moto, unas señoras estupendas me van a obligar a perrear hasta romperme la cadera. No te líes, chavea. Chándals ni uno, gente muy decente y mudada con comportamientos civilizados. Señoras estupendas por millares que, de hecho, constituyen el grueso de la masa social consumidora de la música del colombiano, pero que perrean sólo con quien tienen el gusto. Volcadas con el ídolo desde las colas de acceso y tirándose fotos como si la máquina no llevara carrete. La moto, donde la dejé. Salí vivo y entero del concierto que Maluma ofreció en el Ciutat de València en la noche del jueves. No estuvo mal, en el fondo. Será el síndrome de Estocolmo.

Nos visitaba el Dirty Boy porque somos parada del Papi Juancho Tour. Se comió una paella con vino tinto nada más bajarse del avión y se confesó encantando con las mujeres valencianas, tan hermosas, y con nuestra cultura. Dijo sentirse honrado de representar a la de su país con la música que iba a interpretar. A poco no venía el pájaro en misión diplomática.

El show, una locura espectacular que recordaba a aquellas verbenas de cuando había pasta, pero corregidas y aumentadas con un filtro superbowl. Todo diseñado para petar una gala televisiva nivel Navidad. Cañones de humo, de fuego y de confeti, siete músicos competentes, ocho gachís en maillot de leopardo adoptando posturas más explícitas que sugerentes, restregándose con el jefe, rebozándose lúbricamente por el suelo. A ver, esto es reguetón, va de culitos que se extrañan, de follar, de cortar, de volver, de postear tu destino vacacional, de ser joven, guapo y con dinero y de pasar de todo menos de curso. El mensaje es lo de menos. La voz de él era ininteligible, pero así, las patadas al diccionario duelen menos. Lo de alternar en la pantalla gigante ballenas, astronautas, calaveras, hojas de marihuana, radiocasetes, llamas infernales, figuras fractales y un Dodge Charger, demencial, obviamente, pero nunca aburrido.

Musicalmente, gobernaban el ubicuo y clásico ritmo trotón, machacón, obsesivo, y la armonía maquinal y repetitiva. Todo un poco pobre y a un volumen atronador y deformado. De vez en cuando, y aprovechando las ausencias del cantante, la banda camelaba por rock o por reggae para mantener viva la animación. Y, esto es importante, además de montar estos saraos, ser el desiderátum de millones de mamacitas, decirnos cuánto nos quiere e intercambiar coñas con el público a cuenta de los cartelitos que le enseñaban, Maluma demostró, con tres o cuatro baladas, que sabe cantar. Únicamente ayudado por un piano, el paisa remató la mar de bien “ADMV”, con la que cogió carrerilla emotiva para bordar unas versiones más o menos íntimas y minimalistas de “Felices los 4” y “Sobrio”, tocando la fibra del personal que, enardecido en medio de un desaforado entusiasmo, cantó a capella “Hawai”, uno de sus mayores éxitos. Y él, muy majo, agradecido y flipando. Y yo, también, que creía que venía a Vietnam y resulta que en peores plazas he toreado.

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