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Biblioteca de familias

Del cine Fuster al del León

"La vida del cine Fuster fue efímera. Sólo duro tres años, de 1908 a 1911. Hilario Botella decidió continuar su gestión de una forma directa, mejorando sus prestaciones"

Imagen actual del edificio que albergó el cine Fuster y el del León, en la Albereda de Xàtiva.

Imagen actual del edificio que albergó el cine Fuster y el del León, en la Albereda de Xàtiva. / AGUSTI PERALES IBORRA

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Salvador Catalá

Salvador Catalá

Xàtiva

Tal día como hoy de hace 105 años, el cine Fuster se convirtió en el del León. Corría el mes de julio, y el arrendador del local, el empresario de licores Hilario Botella Satorres, iniciaba su nueva aventura empresarial en los bajos de su residencia, la casa más moderna de Xàtiva, levantada sobre el antiguo Teatro Principal, abandonado y utilizado durante décadas como almacén municipal. La planta baja hacía y hace esquina con la Alameda y la calle del Portal del Lleó. Como buen negociante supo alquilar el chaflán a la sociedad Fuster y Alicart de Barcelona, una de las empresas más importantes de España, dedicadas al montaje de cinematográficos y a la distribución de películas.

Cartel de la sociedad Fuster y Alicart, que trajo el cine a Xàtiva.

Cartel de la sociedad Fuster y Alicart, que trajo el cine a Xàtiva. / Levante-EMV

La sociedad Fuster y Alicart trajo el cine a Xàtiva, de la mano de su gerente principal, Juan Bautista Fuster Garí, un setabense emigrado a Barcelona, ciudad donde aprendió a ser operador y a manejar el invento creado por los hermanos Lumiére a finales del siglo XIX, que permitía contemplar imágenes en movimiento, aunque sin sonido. En 1908, llegó a un acuerdo con don Hilario, para alquilar la planta baja de su residencia, el mejor local de la ciudad, e iniciar las reformas pertinentes para que la sociedad Fuster y Alicart pudiese allí instalar un salón cinematográfico o de proyecciones, como se llamaba por entonces a los cines. Y, como no podía ser de otra manera, fue bautizado con el nombre de cine Fuster.

Delegó Juan Fuster la gestión en su hijo José Fuster Serrano. La vida del cine Fuster fue efímera. Sólo duro tres años, de 1908 a 1911. Tal vez fuera el primer cine de Xàtiva, aunque siempre en competencia con el Salón Setabense de la plaza la Bassa, el más longevo de la inédita historia del nacimiento y desarrollo del cine en la capital de la Costera, pero no podemos afirmar aún si fue más antiguo que el de Fuster. A pesar de que José encontró el amor en Xàtiva, no fue suficiente motivo para arraigar en la ciudad. El crecimiento de la sociedad le hizo emigrar con su familia a València para centrarse en la distribución de películas, sin romper relación con Xàtiva, a la que abastecería de films, y donde mantendría además vínculos familiares, a través de los hermanos de su padre, ya que todos residían en la ciudad de las mil fuentes.

El cine era un negocio próspero, y administrar un cine ya montado era toda una tentación para un emprendedor. Hilario Botella decidió continuar su gestión de una forma directa, mejoró sus prestaciones, y aprovechó que su empresa, Destilerías Botella, le daba suficiente capital, para poder introducir reformas en el antiguo cine de los Fuster, su nueva inversión. Y convertirse de esta manera en el gran competidor del Salón Setabense, en la conquista del mundo de las imágenes, combinándolo con el teatro de variedades.

Las reformas indispensables para convertirlo en uno de los mejores salones cinematográficos de la provincia, según cuentan las crónicas, fueron cambiar las sillas por un verdadero patio de butacas, que viniesen a corregir las molestias ocasionadas por el vecino que ocupaba el asiento delantero, la mejora de la perspectiva de la casita de proyecciones centrando mejor la imagen sobre el lienzo que ejercía las funciones de pantalla, además de atenuar el molesto ruido del cinematográfico que se hacía todavía más audible en un contexto de cine mudo, además de mejorar la ventilación del espacio, abriendo mayor número de ventanas, y permitiendo la ubicación de ventiladores de techo.

Pero la pantalla de cine necesitaba también un escenario para desarrollar espectáculos de variedades, en unos tiempos en que cine y teatro anduvieron de la mano. Así se contrató al pintor local Juan Furió para que decorase su telón de terciopelo verde con motivos regios, cuyas características no han trascendido, y también contrató un quinteto de cuerda bajo la dirección del pianista Rafael Catalá, que amenazaría los intermedios de cambio de rollo, poniendo música a los cantos y bailes de las artistas que actuasen, y amenizar también los pases de películas sin sonido, a lo que se uniría la contratación de un explicador, el señor Juárez, encargado de ser el locutor de la película, narrando el hilo argumental y presentando además los números de varietés.

Y en el arranque de aquel verano, el cine León abrió sus puertas, pero curiosamente, las crónicas periodísticas de espectáculos, no se preocuparon de informar de las películas proyectadas, sino de describir a las bailarinas, que entretenían al público como la Triqueñita, “figura esbelta que pone el alma en el trabajo”, o Paquita Fortuño, la “Sevillanita, vestida de hombre, de hombre chulón”. Y servían para entretener al respetable en actuaciones cortas de unos quince minutos, y, a petición de un público mayoritariamente masculino, les hacían repetir los números de baile o canto hasta que, una vez cambiado el rollo en la cabina, el cine volvía a quedar a oscuras para proyectar la película, que necesitaría de una explicación del señor Juárez.

Los inicios del cine mudo parece que fueron muy aburridos, y en espera de las grandes producciones de largo metraje, se hizo necesaria la cosificación del físico femenino para entretener al patriarcado, como hoy se podría afirmar si escribiésemos una historia desde el presente con una perspectiva de género. Y así reconocía Bohemio Gris, el gran cronista de espectáculos de la prensa liberal en aquel arranque del siglo pasado, que interesaban más las carnes prietas que la cultura "…porque en varietés, la artista guapa lleva ya medio éxito. Con poco que ayuden sus aptitudes, éxito complet… Y así perdonamos a una mujer que no sepa cantar ni bailar, si tiene la cara bonita y un cuerpo excitante. Claro que este es el pensar de muchos hombres. Y como somos mayoría en estos espectáculos, imponemos la sanción de nuestro agrado o disgusto”. Afortunadamente, la llegada de las grandes superproducciones permitió desvincular las actuaciones de coristas de los cines, y más con la llegada del sonido, que acabó también con la figura del explicador, y la necesidad de tener músicos en los salones. Pero eso ya es otra historia.

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