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Opinión

La violencia estructural

Cada año alrededor del 25 de Noviembre, Día Internacional contra la violencia hacia las mujeres, los medios se vuelcan en ofrecer más de un pequeño espacio de noticias en una esquina de las páginas de sucesos, donde se van citando los asesinatos en manos de sus parejas o exparejas. Este año, según las cifras oficiales casi 40 mujeres asesinadas. Así relatado parecen ser hechos aislados, puntuales, sin más causa ni conexión que la mala fortuna de haber topado con una mala persona en la elección para formar pareja. Lo que distorsiona totalmente la realidad e impide que veamos, bajo estos hechos terribles, los pilares que los mantienen y los validan.

La violencia hacia las mujeres tiene profundas raíces culturales de la sociedad patriarcal que la posibilitan, mantienen, y por qué no decirlo, incluso la avalan desde el silencio y la complicidad de cada una de nosotras y nosotros, no abordando con firmeza sus causas.

La violencia estructural, según Johan Galtung, el sociólogo noruego; hace referencia a la posición de explotación y dominación en el que se encuentran las mujeres en la sociedad. El desequilibrio de poder en el plano económico, en la toma de decisiones, en la distribución desigual de los roles de género, la división sexual del trabajo, los estereotipos, la discriminación e infravaloración del papel de la mujer en la sociedad, la cosificación del cuerpo de la mujer, el lenguaje sexista; son algunos de los elementos de la violencia estructural.

Para Galtung, la idea de violencia estructural implica una ampliación semántica de la palabra violencia, cuyo objetivo es mostrar que su amenaza está presente de manera institucional, incluso cuando no hay violencia en el sentido literal o «amplio». La violencia estructural no involucra a actores que infligen daño mediante la fuerza, sino que es equivalente a la injusticia social.

Esta violencia estructural es simbólica y persistente en el tiempo, profundamente enraizada y trasmitida en los procesos de socialización primaria a través de todos los agentes sociales, desde la familia a la educación formal e informal; y reforzada posteriormente por la presión social para seguir manteniendo un status quo de desigualdad de género. Cumple la función de impedir, mediante la naturalización de estas condiciones, cualquier cambio en las posiciones de poder y así legitimar las otras violencias, indirectas y directas.

Mientras la violencia directa la vemos en su peor cara: las agresiones físicas, la agresión sexual, los asesinatos; en el medio hay un proceso insidioso de violencia psicológica cuyo objetivo es la anulación total de la mujer. Las heridas producidas no dejan huellas visibles pero dejan profundas cicatrices, más dolorosas y destructivas. Invisibles lesiones con secuelas que pueden perdurar por mucho tiempo y requieren de un proceso de reconstrucción personal intenso y valiente por parte de cada una de estas mujeres, que sin embargo, no cuentan en ningún artículo y caminan y viven entre nosotras.

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