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Investigación

El misterio de los huesos de la madre Petra

Una investigación del historiador local y periodista Sabin rescata el hallazgo hace 34 años de los restos de la beata malagueña en un campo de Puçol

El misterio de los huesos de la madre Petra

El 15 de julio de 1983, dos técnicos de Icona comenzaron a excavar un campo en Puçol, rodeado de naranjos, al pie de la montaña de La Costera. Junto a ellos estaban el arzobispo de Valencia, un tribunal eclesiástico, dos médicos, el notario de Puçol y la Madre General junto al Consejo Directivo de la Congregación de Madres de Desamparados y San José de la Montaña.

Dos horas después y 60 centímetros más abajo, protegidos por una chapa de latón enterrada como marca y protección, empezaron a aparecer huesos humanos. Al parecer, pertenecían a la Madre Petra (una religiosa fallecida en 1906 y enterrada en Barcelona), o al menos eso había asegurado en su lecho de muerte un supuesto masón que la habría enterrado allí en 1936 tras sacar los restos de la religiosa de la ciudad Condal en los albores de la guerra civil. Hasta 1983 -o, mejor, hasta que otra monja relató en 1981 la confesión de quien ella identificó como un viejo masón-, todos pensaban que los restos de la Madre Petra también habían sido pasto de las llamas junto a su féretro. Ahora, el periodista e investigador local Sabín ha rescatado aquella historia y ha hablado con algunos de sus protagonistas.

Nacida en el Valle de Abdalajís de Málaga, en 1845, Ana Josefa Pérez Florido había descubierto su vocación religiosa en plena adolescencia. En 1891 fundó la Congregación de Madres de Desamparados para atender a niños y ancianos sin recursos económicos, que hoy ofrece estos y otros servicios en nueve países diferentes. En 1903 creó en Valencia el santuario, el colegio y el hogar para niños desamparados, y en 1906 el Santuario de San José de la Montaña en Barcelona, donde falleció el 16 de agosto de ese año. En 1920 sus restos fueron trasladados a su santuario que se convirtió en lugar peregrinación hasta que en 1936 fue saqueado e incendiado. Sabin explica que al terminar la contienda «las religiosas encontraron el panteón de la Madre Petra abierto y restos del ataúd quemado? pero ni rastro de su cuerpo. Todos suponen que ha sido quemado y esa es la realidad aceptada hasta 1981».

«Pero el 19 de enero de 1981 -continúa Sabin- una religiosa de las Siervas de Dios, sor Soledad Díaz, contó que en 1952, en su lecho de muerte, mientras la sierva lo cuidaba en su casa, una persona le contó que había enterrado los restos en un campo de Puçol. Esa persona era un masón que había participado en el robo del cuerpo en Barcelona, el incendio del ataúd y el traslado en carro hasta València». «El motivo por el que los masones de València estaban interesados en el cuerpo de la religiosa sigue siendo un misterio -reconoce Sabin-, aunque la historia resultó ser cierta».

El relato de Sor Soledad solo lo conocieron la Madre General de la Congregación, el entonces arzobispo Miguel Roca Cabanellas y las cinco madres del consejo de València. Una de ellas era María del Mar Cabrera, con la que Sabin habló unas semanas. «Sé que parece una novela de aventuras -le reconoció la religiosa-, porque se juntan muchas circunstancias difíciles de explicar, pero todo es cierto. Lo más difícil fue comprar el campo, porque el dueño no quería e incluso lo roturaron y arrancaron un árbol, lo que nos hizo pensar que estaban buscando algo. Afortunadamente accedió al final».

«Si encontraron los huesos intactos fue porque nuestra familia había arrancado el algarrobo que habían plantado encima de la chapa que protegía los restos de la Madre Petra», afirman Pepa y Pilar Sebastiá, las hijas de Francisco, el vecino de Puçol que tanto se resistía a vender. «Casi todas las semanas venían a vernos, a cenar, a hablar, pero nunca nos contaron qué buscaban. Eso sí, una vez se hizo oficial todo, nos invitaron al acto de entierro oficial de la Venerable Petra».

Y así se llegó al 15 de julio de 1983, con el arzobispo, su secretario Agustín Cortés, los componentes del Tribunal Eclesiástico (Francisco Cosins, Miguel Canet y Adolfo Domínguez), los dos médicos forenses (Gabriel Soler y José Luis Donderis), el notario de Puçol (Virgilio Ruiz) y los dos trabajadores de Icona, encargados del pico y la pala. El segundo entierro de la que desde 1994 es conocida como Beata Petra tuvo lugar el 10 de junio de 1984 en la iglesia de San José de la Montaña de Valencia, donde todavía descansan sus huesos y donde las madres han formado un pequeño museo con las herramientas utilizadas en la excavación en Puçol.

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