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Puçol

Un cinturón negro que es igual a libertad

El para-karateka Carlos Huertas es subcampeón de España y aspira a llegar a las olimpiadas

Carlos Huertas, para-karateka, junto a su entrenador

Hace 22 años, cuando Carlos Huertas cruzó la puerta de la academia de kárate de Pep Claramunt en Puçol con tan solo cuatro años, ninguno de los dos se esperaba que significarían tanto el uno para el otro. «¡Qué me has traído, si no sabe dar un salto!», le dijo el entrenador a su madre. Ahora, dos décadas después, Carlos, un joven con discapacidad intelectual es, a sus 26 años, subcampeón de España en para-kárate. Como un día fueron Aristóteles y Platón, el joven karateka se convirtió en discípulo de Pep que desde aquel momento pasó a ser su maestro o, como se denomina en el lenguaje de la disciplina, su sensei.

Carlos nació con una discapacidad intelectual y en sus primeros años de vida tenía problemas de motricidad. María José, la madre del joven, cuenta que el médico le recomendó apuntarlo a kárate para que aprendiera a coordinar mejor los movimientos. Así lo hizo. Los primeros años fueron complicados pues, como explica Pep, «no daba pie con bola». Sin embargo, poco a poco el entrenador advirtió que el entonces niño, tenía algo distinto que no podía desaprovechar. «Ponía más atención a todo que los demás, estaba siempre pendiente de cada movimiento. Era concentración pura», apunta. Desde el momento en el que Carlos comenzó con las clases de kárate, su mejora fue constante y rápida. «Noté una progresión brutal. Avanzaba a muy buen ritmo», recuerda Pep. Así, comenzó a competir en campeonatos absolutos, sin adaptación alguna. Y cada vez que asistía a un campeonato tocaba el cielo. Como si el despegue de un avión se tratara, el joven subía y subía. «Mamá, estoy cumpliendo mi sueño», le decía Carlos a su madre cada vez que volvía de una competición. Hasta que el pasado marzo en Sevilla, el parakarateka cumplió de verdad uno de sus objetivos: Llegar al campeonato de España de kárate adaptado, una disciplina recién nacida.

Consiguió ser finalista y en el último combate empató. El grado de discapacidad de los deportistas- que también es un factor determinante en caso de empate- le otorgó el puesto de subcampeón. El siguiente objetivo es llegar a las para-olimpiadas. «A las de Tokio ya no llegamos pues el kárate es un deporte nuevo en competiciones adaptadas», cuenta el entrenador. «Pero mi sueño sería llegar a las siguientes», añade Carlos. De momento, lo que más cerca queda es el campeonato mundial que se celebrará en Madrid el próximo diciembre. «Esperemos que le seleccionen», apuntan los tres esperanzados. De pronto Carlos se gira hacia Pep y añade: «Si estoy aquí es por Pep». «El camino lo recorres tú Carlos, yo te acompaño», contesta él.

El kárate ha abierto las «puertas de la vida» a Carlos. «No vive en una burbuja ni está anulado de la sociedad. Es una forma de integración, él se vale por sí mismo y es alguien», detalla orgullosa. Tal como aporta el profesor, el deporte ha sido reconocido en los últimos años como una disciplina susceptible de ser adaptada. «Es muy integrador. Todas las personas con cualquier tipo de discapacidad pueden practicarla, y es también un motivo para desarrollarse como personas independientes e individuales», explica.

En todos sus años de práctica, Carlos se ha hecho con la titulación de monitor. Sin embargo, pese a disponer de la formación para dar clase al ser una persona con discapacidad no puede hacerlo solo. Pero eso no es impedimento. «La federación me dijo que si daba clase, yo tendría que estar presente», dice el entrenador. En este sentido, ambos piensan en un proyecto para crear un programa de clases de kárate para personas con diversidad funcional. «Él podría dar las clases y yo supervisar». Según cuentan, la práctica deportiva da alas. Al menos se las ha dado a Carlos y por más alto que vuele siempre lo hará acompañado. «¿Estás orgulloso, sensei?», pregunta cada noche a Pep. Una cuestión que solo contempla una respuesta: «claro que sí, Carlos».

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