06 de marzo de 2020
06.03.2020
Opinión

Por un urbanismo feminista

05.03.2020 | 20:20

La urbe ha sido planificada por y para hombres con una serie de características homogéneas.

Lejos de crear espacios integradores y de convivencia, el diseño de nuestras ciudades se ha hecho estableciendo férreas fronteras entre zonas para trabajar y zonas de ocio, desdeñando algo tan importante como la diversidad de las personas que la habitan. La urbe ha sido planificada por y para hombres con una serie de características homogéneas. Hombre de mediana edad, que trabaja, sin problemas de movilidad y que hace uso del coche para moverse. Bajo esa lógica se ha ido dando forma a poblaciones que han potenciado el individualismo ,y donde se ha primado la movilidad lineal (de casa al trabajo) relacionada con las tareas productivas asociadas al varón, obviando la tareas de cuidados que tradicionalmente han sido asociadas a la mujer (llevar a la infancia al parque, acompañar a las personas mayores al centro de salud...), dejando fuera de la planificación de las ciudades, un amplio abanico de necesidades de la pluralidad de las personas que viven en ellas.

Recogiendo una idea del Col·lectiu Punt 6, "el urbanismo no es neutro y se ha configurado sobre las bases y los valores de una sociedad patriarcal". Entre un punto A de salida, y un punto B de llegada, subyacen necesidades, historias y tareas a las que el urbanismo tradicional no ha sabido ,o querido, dar respuesta, y que han convertido a nuestras calles en meros lugares de paso, y al espacio público en zonas ocupadas por los vehículos, donde la inseguridad vial y la contaminación ganan la partida.

Frente a esto, el urbanismo feminista se erige como una poderosa herramienta para planificar y repensar la ciudad desde un modelo femenino no excluyente, sino inclusivo, poniendo en el centro de las políticas y del planteamiento urbano las necesidades de las personas con diversidad funcional, personas mayores o a la infancia , y teniendo en cuenta otras realidades personales, como la procedencia, la identidad sexual o el estado de salud , todo ello incidiendo en la necesidad de romper la tradicional asignación de roles, y poniendo en valor y equiparando, las necesidades productivas con las reproductivas y de cuidados.

Necesitamos ciudades que nos mimen, que nos abracen y que nos cuiden, con espacios públicos habitables, disfrutables en plenitud y libertad, y que puedan dar repuestas a la heterogeneidad de las personas que las habitan y a sus realidades, atendiendo las necesidades de los distintos estadios de nuestra vida, favoreciendo los cuidados y nuestra propia autonomía. Estos preceptos están perfectamente encarnados por el urbanismo feminista, y van en consonancia con la ciudad amable, sostenible y habitable que todas las personas nos merecemos. Ha llegado el momento de reencontrarnos con nuestra ciudad, de volver a ocupar, y disfrutar, sus calles y plazas, ha llegado el momento de dejar de ser peatones para volver a ser ciudadanía.

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