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Superviviente en el arte de la 'barrejà' del arroz

Un agricultor de Massanassa mantiene medio siglo la técnica de sembrar los arrozales a mano

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Andando sobre las aguas, descalzo, con el capazo colgado del pecho y lanzado puñados de semillas de arroz a favor del viento. Y todo ello, con una calma total, solo rota por el sonido del agua que discurre por las acequías de la marjal de Massanassa y el cansado trote de dos aques que tiran de un carro que rueda por el camino. Es la barrejà, la tradicional siembra del arroz que sigue realizado cada temporada Vicent Moncholí, el único que emplea este arte de forma manual en l'Horta.

Con 72 años y pisando la tierra desde los 12, Vicent Moncholí representa la cuarta generación familiar dedicada al campo. Su hijo, ingeniero agrónomo, continuará la saga. Posee diez anegadas, repartidas en dos franjas de tres y siete, en el marjal del término municipal de Massanassa. «Sigo labrando bancales de mi bisabuelo», advierte orgulloso.

La enfermedad de su padre

Sus inicios en la vida agrícola los marcaron la enfermedad crónica de su padre. Tenía solo doce años. «Cuando el cabeza de familia enfermaba, en aquella época teníamos que tirar para adelante los de abajo. Entonces no había Cruz Roja, Cáritas y Servicios Sociales», señala. Recuerda que en sus primeras incursiones en el cultivo del arroz, se hacía transplantando los plantones que previamente se habían cultivado en los pueblosdirectamente. Así, rememora los desplazamientos de cuadrillas enteras, con los carros cargados con los plantones y de comida para pasar varios días fuera de casa. «Solo el animal volvía con alguien para darle de comer. Nosotros nos quedábamos allí con lo que podíamos, aunque fuera rata de marjal», afirma.

Pero aquel proceso resultaba caro, y decidieron comenzar con la siembra manual. Corría la mitad de la década de los sesenta. Y desde entonces Vicent Moncholí ha seguido con ella. Tan tradicional como simple, y a la que «nadie presta interés lamenta», lamenta. Esta semana ha comenzado la «barrejà», meses después de que comenzara, por así decirlo, la temporada del arroz. En diciembre se inundan los campos, en febrero se vacían para trabajarlos, oxigenarlos y prepararlos para la campaña, y en mayo, se empiezan a cubrir de nuevo de agua, aunque ahora con una película de un palmo, más o menos.

La tierra con las temperaturas de estos días está caliente y lista para la «barrejà», ya que el 'tancat' de Vicent es uno de los primeros en recibir el agua de la acequia. El agricultor de Massanassa se descalza, se cuelga el capazo al pecho con la semilla, previamente puesta varios días en remojo para que hinche y tratada con productos para evitar los hongos, y comienza la siembra. Primero clava una caña para seguir la senda. Y, muy importante, se coloca a favor del viento, para evitar que la brisa matutina devuelva los granos. Y así, a paso ligero, va lanzado puñados de arroz sobre el agua. Cuando llega al final del terreno, vuelve sobre sus pasos para cubrir con el pie las huellas que ha ido dejando y arroja una nueva tanda de grano. En apenas cuatro horas, con la ayuda de su hijo Francesc, ha completado las diez anegadas. «Lo hago a mano casi por operatividad. Qué necesidad tengo de esperar toda la mañana a que llegue la máquina para que lo haga», señala. Pero no esconde cierto romanticismo vocacional en una técnica que domina desde hace más de medio siglo. «Esto es como pintar un cuadro, una creación. Lo tiras al suelo y germina una planta, es la resurrección en sí misma», explica.Futuro negro y consumismo

Pero el entusiasmo con el que Vicent explica al cronista y al redactor gráfico qué es la barrejà y el romanticismo por ella, se pierde cuando se le pregunta por el futuro agrícola. «Sin las ayudas de Europa esto es inviable, y el día que las eliminen supondrá la ruina. La globalización hace que se importe arroz de otros lugares, con una mano de obra barata con la que occidente no puede competir, más cualificada, experimentada y cara. Si no se hacen proteccionistas de este tipo de productos estamos condenados a morir», lamenta. Y no cree que los dos meses duros de confinamiento hagan cambiar a la gente sobre el producto de proximidad. «Todos los que estos días paseaban por estos campos para salir a las ocho, ahora que han abierto las terrazas no volverán. Y espera que abran los centros comerciales. Esa es la sociedad consumista que hemos creado».

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