La pasada semana en una visita al Hospital General de València, un coche se encontraba junto a la puerta de urgencias tocando el claxon desesperadamente, para avisar a una persona que estaba en las inmediaciones hablando por teléfono.

Durante aquel interminable minuto, nadie del personal del hospital se acercó a decir nada, y decenas de personas pasaron a su lado sin prestar atención hasta que, en un acto cívico, me acerqué a indicar al conductor, que no podía usar el claxon en un hospital. Ni que decir tiene que recibí una mirada como si fuera un marciano, pero al menos el ruido cesó.

El coste social del uso del automóvil en nuestra ciudades, están tan asumido que cada día nuestros trayectos a pie se convierten en una interminable carrera de obstáculos, para sortear con religiosa abnegación coches que aparcan sobre las aceras, en pasos de peatones o en zonas peatonales.

Obviamos que aproximadamente el 11% de las muertes anuales en el estado español, unas 45000, están causadas por la contaminación del aire , y de la que el tráfico motorizado es en parte responsable.

Las autoridades sanitarias llevan advirtiendo desde hace tiempo, el preocupante aumento de alergias y problemas respiratorios de los menores, pero cada día las cercanías de las escuelas se llenan de coches de amantísimos padres y madres que llevan a sus hijos compartido humo hasta la misma puerta, soslayando que la contaminación afecta especialmente al cerebro de los menores y a su desarrollo cognitivo.

Hemos normalizado vivir rodeados de humos y de ruidos derivados del incesante tráfico, que las personas seamos expulsadas del espacio público dificultando nuestras vidas. El sentido de adaptación nos confunde.

En cierto modo la presión social derivada del relato inventado de la necesidad del automóvil para todo, nos lleva a una tolerancia tóxica de algunos aspectos que jamás debieron ser asumidos, hasta el punto de que querer ciudades más humanas, inclusivas y habitables se perciba más como un gesto autoritario, que como el derecho natural del ser humano a tener un vida plena.

Nos enfrentamos a intereses económicos que en busca de un lucro y crecimiento infinito, lapidan nuestra salud y futuro imponiendo un modelo de movilidad insostenible. Han sabido revestir de emociones, la ineficiencia de mover un artilugio de 1500 kg para ir a comprar a un supermercado que está a 1 km de tu casa ,una barra de pan.

En una ciudad como Torrent, la media de los desplazamientos en coche es de 700m, algo totalmente inasumible. Frente a esto, la responsabilidad personal y la acción de la administración. Porque en una situación de emergencia climática y de final del petroleo barato, como vienen anunciando científicos como Antonio Turiel.

El cambio del modelo productivo, social, urbanístico y de movilidad no son una opción ideológica , si no una cuestión de superveniencia y de eficiencia. Las semanas posteriores al confinamiento, nos marcaron el camino, necesitamos una ciudad que nos cuide, un urbanismo reparador y un espacio público de calidad al servicio de las personas.