Ha tenido que ser la iniciativa privada la que ha recuperado la casa de Rocafort en la que la familia del pintor José Benlliure Gil – con su hijo Benllliure Ortiz- pasaba largas temporadas y donde pintaría las estampas más costumbristas valencianas. Y lo ha hecho precisamente un hombre que procede del mundo de la comunicación, Miguel Ygueravide, quien a pesar de su apellido nació en el barrio valenciano de Monteolivete.

Se trata de la Casa del Molino, una bella mansión con un amplio jardín, sita  en medio del pueblo, un lujo arquitectónico, palacete que tiene por alfombras los celebérrimos azulejos de Nolla, el cual últimamente estaba cerrado y deshabitado. Su último uso fue el de guardería infantil allá por los años 80.

Vista del palacete de Rocafort que fue propiedad de Benlliure.

Hasta los años 30 estuvo en manos de los Benlliure –José Benlliure murió en 1937- y luego la propiedad fue adquirida por los Guillem. Su última habitadora fue Amparo Guillem y los cincuenta gatos de su jardín. A los herederos ha conquistado Igueravide con un alquiler con opción de compra para montar allí un centro cultural y gastronómico, un restaurante. Pujó en la lucha con el Ayuntamiento de Rocafort, que también iba detrás de la casa, a pesar de que la que ya tiene para centro cultural, la casa donde unos meses durante la pasada Guerra Civil vivió Antonio Machado, la tiene prácticamente cerrada y con muy poca actividad. No hay forma de que la imaginación llegue al poder como defendían los de la revolución de París en el 68.

La construcción, muy italianizante, fue, anteriormente a Benlliure,  un capricho de un adinerado industrial que quiso ser además terrateniente cuando se puso de moda –segunda mitad del siglo XIX- plantar naranjos con muy buenos resultados económicos. Transformó todo el terreno desde Rocafort hasta santa Bárbara convirtiendo el secano en campos de naranjos, resultándole una muy acertada inversión que le produjo grandes beneficios.

Benlliure recurrió a Rocafort como muchas otras familias acomodadas de Valencia que buscaban un lugar sano para el veraneo, ocio y esparcimiento, cercano a la ciudad para no desatender sus obligaciones. Era un pueblo agradable, tranquilo y por su posición geográfica, presidiendo la huerta mirando al mar, propicio al bienestar y la salud física e intelectual. Destacaban en él en dicha época las casas señoriales –la masía de san Fernando, por ejemplo- y de entre todo  ello brillaba  el convento e iglesia de los agustinos (siglo XV), que tras la Desamortización, incautación de sus bienes,  ilegalizados y expulsados sus bienes, el Estado dio al Ayuntamiento dichos inmuebles, aunque se cedió la Iglesia al pueblo para su servicio religioso y cultual, dato que viene como anillo al dedo comentarlo ahora que ha estallado el asunto de las polémicas inmatriculaciones de propiedades por la iglesia.

El interior ha sido restaurado con esmero.

Una de las familias que ostentó el Señorío de Rocafort llevaba por linaje Catalá, en cuya heráldica figuraban las barras de la Corona de Aragón y un lebrel saltante de plata en campo de azur. El lebrel lo conserva Rocafort aún en su escudo municipal oficial, memoria histórica de quien fuera su señor feudal muchos años, con lo mal mirados que estaban los señoríos abolidos por injustos y abusivos en las Cortes de Cádiz. Iglesia, convento y claustro son un lujo, reliquia arquitectónica en un pueblo del que se dice tiene una de las rentas per cápita más altas de España, no por los estrictos vecinos del pueblo, que son normales y corrientes como la inmensa mayoría de españoles, sino por el censo de multimillonarios que habitan Santa Bárbara.

Pavimentos de Nolla y detalles de época, en los baños de la casa.

Tiene Rocafort mucho de historia de Valencia, las torres de Serranos y el Miguelete están esculpidos y tallados con piedras de sus canteras. Y en esta acogedora, viva e histórica Rocafort, los períodos en que acudía a descansar allí,  José Benlliure aprovechaba para bocetar sus óleos y telas, incluso tomando como modelos  a los propios vecinos en sus casas, en las calles o saliendo de Misa, pintando estampas de la vida cotidiana. Desde la balconada de la casa pintó al natural sus paisajes telas de campos de naranjos de Rocafort, el extenso tapiz verde de los naranjales que cubren la vaguada que asciende hasta Santa Bárbara.

Molino de viento

Es una casa llena de luz, hiperventilada, con grandes ventanales y balcones, un  precioso mirador desde donde se domina el pueblo y sus derredores. Un oasis en el remanso de paz de su paisaje. Sus salones, sus muebles, su diseño arquitectónico,… todo  embelesa y debió cautivar a Benlliure de gusto refinado, pura pasión por la estética y la belleza. Junto a la casa, montando guardia, se yergue  un molino de viento sostenido por una estructura de hierro instalado para sacar agua del pozo, noria hidráulica con que abastecer el palacete y el amplio jardín que lo enmarca.

El molino de viento que identifica el recinto.

El molino de viento que identifica el recinto.

Ygueravide, con alma de poeta y de radio, quiere recuperar para Rocafort la memoria de José Benlliure. No se debe tener muy claro en el común de la gente de lo sucedido allí con él, su estancia, pues cierto concejal quiso homenajearlo rotulando una calle dedicada a Mariano Benlliure, pintor, cuando el pintor era su hermano José. Mariano era escultor. Y en la misma placa pusieron al nombre de Mariano, la foto de José. Todo un vodevil embrollo. Una de Berlanga que a veces pasa en los pueblos.

He podido ver la casa, dejan verla a todos los que quieren, de la mano de una amiga, Inma Ribelles, experta en turismo, que me ha llevado a Rocafort sin decirme ni a qué ni a donde, sabiendo ella que me iba a sorprender. La sorpresa ha sido doble, encontrarme a Miguel Igueravide, viejo amigo de la radio y la prensa, cuya faceta restauradora en ambos órdenes, “ab utroque iue”,  y la casa de José Benlliure, maravillosa, una delicia, de la que no tenía ninguna noticia, pues la publicidad se la han dado en Rocafort toda a Machado y Villa Amparo.

Busto de José Benlliure.

Buena noticia, esperanzadora, se recupera y vivifica un palacete, una mansión, una joya arquitectónica, cuyos salones serán para actos culturales y para gastronomía. Una aventura de emprendedor culto y cuidadoso, plausible, más en tiempos duros y difíciles que vivimos. Un lugar donde Benlliiure alumbró los magistrales cuadros pictóricos del costumbrismo valenciano. El espíritu del pintor que hoy inunda  la Casa Museo Benlliure de Valencia se quiere sea insuflado en la Casa del Molino de Rocafort para que sea un lugar con alma y duende, con encanto. Una tarea ingente que tuvo su respuesta local muy cariñosa, cuando tras las primeras restauraciones,  se abrió la casa para que la vecindad la conociera por dentro, disfrutaron su contemplación el primer día cerca del millar de personas.