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Opinión | Opinión

La vida cotidiana

Daños del desbordamiento del barranco del Poyo en el barrio del Xenillet

Daños del desbordamiento del barranco del Poyo en el barrio del Xenillet / A.T.

Dos semanas después de la dana que asoló l’Horta Sud, un vecino del Xenillet se acercó y lanzó una frase que lo resume perfectamente “ yo ya veo todo tan mal como siempre”. En sus palabras no había queja o resignación sino una inquietante normalidad. La dana ha sido una vuelta de tuerca más en un barrio donde la exclusión, la segregación y la vulnerabilidad son el pan nuestro de cada día.

He pensado mucho en Blasco Ibañez en los últimos meses. Hace años me impresionó leer “La Barraca”, la historia de Batiste Borrull, su familia, y los odios viscerales que se desatan con los vecinos al ocupar un terreno que consideraban maldito. En aquella tóxica y angustiosa situación que genialmente recrea Blasco Ibáñez, la conmoción popular que causó la muerte del pequeño Pasqualet, el hijo de Batiste, creó una tregua tácita entre los Borrull y el vecindario, es decir, en la desgracia encontraron un punto de acercamiento.

En el Xenillet eso tampoco sucedió durante la dana. Los procesos de segregación están tan enraizados que las imágenes de grandes mareas de voluntariado llegando a las zonas afectadas no desembocaron en el barrio. Gente de Torrent pasaba por la calle València camino de otros pueblos afectados, pero nunca miraron al Xenillet. A día de hoy, un año después, todavía hay gente que se sorprende al conocer que una parte del barrio quedó arrasada. No es ninguna queja, es arrojar luz al principal problema que afecta a una zona que sencillamente no existe. Hace años que venimos denunciando que el barrio del Xenillet no es permeable.

El 95% del voluntariado de Soterranya es de fuera de Torrent y un proyecto como Bicis Per a Totes , con innumerables premios, reconocimientos y que forma parte de un catálogo de buenas prácticas de la UE, recibe más visitas de Alemania que de Torrent. Mucha gente contacta para colaborar pero al decir dónde estamos desisten. En el imaginario colectivo, el Xenillet es un lugar donde no ir, y, en el del propio barrio, normalizar lo inaceptable es la norma. Ese binomio invisibilidad / normalidad se está llevando por delante generaciones enteras y cronificando una desigualdad que es inasumible para cualquier sociedad.

Hablando con personas de Torrent se quejan de que se ha invertido muchos recursos en el barrio y los resultados han sido pobres y tal vez sea cierto, pero aquí es importante subrayar dos cuestiones: por una parte la importancia de la creatividad. Un ejemplo claro es la oportunidad perdida que supuso en el contexto del proyecto URBAN, convertir la calle València en un boulevard que diera continuidad a la ciudad con el barrio, y no en otra carretera con dos árboles y un banco. Estamos cansados de subrayar el poder transformador de contar con espacio público de calidad. Por otra parte, tal vez el problema no sea solo de recursos, sino de discursos. Abrir el barrio y cambiar percepciones es más que nunca una necesidad. Mientras tanto, seguiremos haciendo frente a la dana cotidiana.

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