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Semana Santa Benetússer: Relevo generacional en la Pasión desde la tradición, fe y talento artístico

Dos generaciones de cofrades explican cómo se prepara y se vive la representación de la muerte de Cristo en Benetússer, declarada de Interés Turístico Provincial desde 2010

Marta Boix y Juan Alarcón, entre chalecos romanos.

Marta Boix y Juan Alarcón, entre chalecos romanos. / J.M. López

J.M. Bort

J.M. Bort

València

Cruzas la puerta del local de la Agrupación Cultural La Pasión de Benetússer y durante un instante esperas silencio, olor a iglesia, crucifijos colgados en la pared. Pero no tarda en romperse la expectativa. La vista se te va hacia un casco romano apoyado en una mesa, luego a una fila de trajes, después a unas túnicas que aún reflejan la luz. Lo que huele es a teatro. Vas enlazando objetos casi sin darte cuenta, como si siguieras un rastro. Todo parece un poco desordenado, como si alguien hubiera salido un momento y fuera a volver enseguida. Y en el fondo, queda esa sensación persistente de que la obra está ahí viva, en marcha, esperando a salir a la calle.

Al fondo, en una esquina, hay una marca marrón que no hace falta explicarla. Nadie la ha borrado. Permanece ahí, visible, integrada en el espacio.

Entre el atrezzo y esa huella aún fresca de la dana se mueve Juan Alarcón, alma máter de la Semana Santa de la población, junto a Juan Antonio Calvo, presidente de la agrupación, que observan el local como quien repasa mentalmente cada escena antes de que empiece la función. “No es una representación al uso”, advierte Calvo casi de entrada. La Semana Santa de Benetússer no se limita a procesionar, sino que se representa. Y no en un solo acto, sino a lo largo de varios días en una obra que convierte el pueblo en una Jerusalén fragmentada donde cada jornada reconstruye una parte de la Pasión.

Desde 2010, la fiesta está declarada de Interés Turístico Provincial, aunque su arraigo se remonta mucho más atrás, a los años cuarenta, cuando el cura del pueblo, Eduardo Ballester, decidió sacar a la calle lo que hasta entonces se escenificaba dentro de la parroquia. Hoy, más de siete décadas después, Benetússer sigue siendo el único municipio de la comarca que lleva los últimos días de Jesucristo a las calles de esta forma.

Savia nueva

En ese mismo local, la historia se transmite casi por impregnación. Juan Alarcón es parte de ese paisaje humano: “Yo estoy desde los dos años en mi cofradía y desde los quince en la Pasión”. Exconcejal de cultura y de fiestas, tiene 66 años y habla con emoción de los personajes que ha interpretado, aunque para él todo esto vaya mucho más allá de los papeles que interpreta. “San Pedro fue quizá el que más me gustó. Estos años estoy haciendo de Pilatos, que también es muy potente”.

A su lado, Marta Boix representa el otro extremo de la cuerda, el de quienes han crecido dentro de la propia representación. Tiene 26 años y empezó con diez, cuando entró acompañando a sus padres. Todo le resultaba nuevo, mucha gente, mucho movimiento, y casi sin darse cuenta ya tenía un papel. Desde entonces ha ido pasando por distintos personajes hasta llegar al último, Claudia, la mujer de Pilatos.

Utilería romana.

Utilería romana. / J.M. López

Habla con naturalidad, pero se le nota la ilusión en cada frase. En la forma de mirar, en cómo recuerda sus inicios, hay algo que no se ha perdido con los años. Sus facciones definidas y sus ojos azules acompañan esa sensación de entusiasmo constante de quien vive cada representación con la misma intensidad que el primer día.

Entre ambos se dibuja una continuidad que no siempre fue estable. “Hubo un año que nos quedamos 20 personas. Uno tuvo que hacer cuatro o cinco papeles”, recuerda Alarcón. Hoy, sin embargo, el diagnóstico ha cambiado: “Estamos en un momento muy dulce de relevo generacional. Hay cantera”.

Esa aparente naturalidad esconde una maquinaria exigente que empieza a funcionar meses antes. “Se ensaya desde octubre, de lunes a jueves por la noche”, explica Marta. Medio año de preparación para unas pocas horas de representación. “Es duro, muy duro. Lo hacemos por amor al arte, pero tiene que gustarte”.

Ensayos profesionales y anécdotas

El nivel de exigencia ha ido en aumento. “Hay que estudiar mucho”, resume Alarcón. Los papeles principales se asignan mediante casting. Pero incluso en ese contexto de disciplina, lo imprevisto sigue formando parte de la función. Lo cuentan entre risas, como quien repasa una memoria compartida. Hubo un año en que el actor que interpretaba a Judas, en la escena del ahorcamiento, cayó al suelo tras clavarse una tacha mal colocada en el montaje. “Se puso a llorar, claro”, recuerda Alarcón. El público, ajeno al accidente, rompió a aplaudir convencido de que asistía a un ejercicio de realismo extremo.

En una actuación en Sueca, la intensidad de la escena provocó una reacción inesperada del público. “Se pusieron hechos unos locos, querían ir a por los romanos”, recuerda Alarcón. La función tuvo que detenerse y el grupo, literalmente, dar marcha atrá

No fue el único susto. En otra ocasión, otro Judas se colocó mal el arnés y, al dejar caer su peso, empezó a emitir unos gemidos que alertaron a Protección Civil, que llegó a prepararse para intervenir en mitad de la escena. La frontera entre representación y realidad, aquí, a veces se desdibuja peligrosamente.

También fuera de Benetússer. En una actuación en Sueca, la intensidad de la escena provocó una reacción inesperada del público. “Se pusieron hechos unos locos, querían ir a por los romanos”, recuerda Alarcón. La función tuvo que detenerse y el grupo, literalmente, dar marcha atrás.

"Esto es tradición y fe. Hay personajes que sí pueden hacerse solo desde la parte artística, pero, por ejemplo, ¿puede interpretar a Jesús una persona sin fe? No sería lo mismo"

Dentro del escenario, el margen para el error deja escenas más domésticas. En una Última Cena, alguien colocó sobre la mesa un plato con 'allioli' y cacahuetes. O en el lavatorio de pies, donde algunos actores introducen hielo en el barreño sin avisar. “Y tienes que disimular. No se puede notar nada”.

Ese equilibrio entre rigor y accidente convive con una pregunta obligatoria: ¿es esto teatro o hay algo más? “Hay gente que entra por teatro y gente que entra por religión”, admite Marta. Pero Alarcón introduce un matiz: “No me gusta reducirlo a la palabra teatro”. Para él, la motivación es clara: “Tradición y fe”. Para ella, es una suma difícil de separar: “Religión, tradición, historia y teatro. Me quedo con todo”.

Efrén Moragón, Juan Antonio Calvo, Marta Boix y Juan Alarcón.

Efrén Moragón, Juan Antonio Calvo, Marta Boix y Juan Alarcón. / J.M. López

Esa mezcla se condensa especialmente en determinadas escenas. El descendimiento del Viernes Santo por la noche aparece, una y otra vez, como el momento más intenso. “Es el más emotivo”, coinciden. “Es como que se te encoge todo, no te sale ni hablar”, dice Marta.

Parte de esa intensidad tiene que ver con el lugar en el que sucede. En Benetússer no hay una separación nítida entre escenario y público. “Vas por la calle y tienes a un metro a los sayones dándole a Cristo”, explica Calvo. Esa proximidad genera reacciones que van más allá de lo esperado: “Saben que es una representación, pero lo viven tanto que reaccionan”.

Efrén Moragón, que interpreta a Caifás y se une a la conversación, lo resume de otra forma: “Es como si fueras a Jerusalén y vieras la condena en vivo”. El recorrido convierte al espectador en parte de la escena.

Para quien participa en la representación sin hacerlo desde la fe, Efrén ofrece una clave: “Es gente que se involucra, que construye algo juntos. Eso ya tiene valor”

A veces, esa implicación alcanza también a quienes están dentro. “Cuando el Cristo se para en la residencia de mayores el Domingo de Ramos y saluda a los abuelos, más de uno ha continuado el recorrido llorando. Eso es Cristo”, recuerda Calvo.

La historia reciente también habla de pérdidas. La dana arrasó con los escenarios que guardaban en un almacén municipal. “Teníamos un cenáculo nuevo, columnas de veinte metros… y se perdió todo”, lamenta Alarcón. El año pasado salieron adelante con lo mínimo: “Un tablero y un telón negro”. Y aun así, siguieron. “Mientras estuviéramos nosotros, sobraba”.

Esfuerzo colectivo

También han tenido que adaptarse en lo simbólico. La participación de las mujeres es hoy incuestionable en Benetússer. “En 2026 no tiene sentido prohibirlo. Las tradiciones están para romperlas”, afirma Alarcón. Marta lo resume sin rodeos: “¿Qué más da, si con el capirucho no se distingue quién está procesionando?”.

Al final, la Pasión de Benetússer funciona como un cruce de caminos en el que conviven tradición, fe y representación sin que ninguna termine de imponerse del todo. Para quien no comparte la fe, Efrén ofrece una clave: “Es gente que se involucra, que construye algo juntos. Eso ya tiene valor”.

Cada primavera, cuando las calles del pueblo se llenan de túnicas, cruces y voces que recrean una historia milenaria, Benetússer confirma que la tradición no es solo memoria. Es también presente, esfuerzo colectivo y, sobre todo, una emoción compartida que, durante unos días, deja de pertenecer a quienes la representan para convertirse en algo de todos.

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