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Tribuna

Veinte años no es nada

"Nos enseñaron que la memoria no consiste en quedarse atrapado en el pasado. Consiste en impedir que el silencio termine siendo más cómodo que la verdad. Creo que esa es la verdadera herencia del 3 de julio"

Monolito de homenaje a las víctimas del metro en Torrent, en una imagen de archivo.

Monolito de homenaje a las víctimas del metro en Torrent, en una imagen de archivo. / Miguel Angel Montesinos / MIGUEL ANGEL MONTESINOS

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Andrés Campos

Andrés Campos

Torrent

Hay fechas que uno recuerda exactamente donde estaba, aunque hayan pasado veinte años. El 3 de julio es una de ellas.

Han pasado veinte años y todavía cuesta pronunciar ese día sin que aparezcan recuerdos que creía guardados en algún rincón. Los que vivimos aquel día en Torrent sabemos que no fue solo una noticia. Fue un golpe que entró en muchas casas sin llamar a la puerta.

Yo siempre vuelvo al mismo momento. Mi madre trabajaba entonces limpiando casas y solía volver a mediodía utilizando el metro. A aquella hora empezaron a llegar las primeras noticias. Confusas. Incompletas. Nadie sabía realmente qué había pasado. Intentábamos llamar y no había manera. Mi padre dejó el trabajo y volvió antes de hora. En casa solo había una pregunta: ¿dónde está? Y silencio, mucho silencio.

Recuerdo perfectamente aquella sensación. No era solo miedo. Era incertidumbre. Esos minutos en los que uno intenta convencerse de que no pasa nada mientras empieza a imaginar que puede estar pasando todo.

Afortunadamente, aquel día mi madre se había retrasado. Pudimos hablar con ella horas después. Todo quedó en un susto que nunca olvidaremos.

Muchas familias valencianas vivieron aquellas mismas horas. La diferencia es que algunas nunca recibieron esa llamada. Y eso cambia una vida para siempre.

En Torrent lo sabemos bien. Nuestra ciudad fue la que más vecinos y vecinas perdió aquel 3 de julio de 2006. Detrás de cada nombre había una historia, una familia, unos amigos, que se rompió para siempre. Veinte años después seguimos hablando de cifras porque ayudan a explicar la dimensión de la tragedia. Pero las cifras nunca cuentan lo verdaderamente importante. Lo importante eran las personas.

Yo entonces no tenía ninguna responsabilidad pública. Hoy sí la tengo. Quizá por eso este aniversario me hace pensar todavía más en lo que significa estar al lado de quienes sufren.

Con los años he hablado muchas veces con compañeros y compañeras que estaban entonces en el Ayuntamiento de Torrent. Nunca me han contado grandes gestos. Me hablan de llamadas. De visitas. De abrazos. De una ciudad intentando responder como podía a un dolor que la desbordaba. A veces la política también consiste en eso. En estar. Aunque no tengas respuestas.

Lo que vino después fue otra historia.

Siempre he pensado que perder a un ser querido ya es una injusticia insoportable. Tener que dedicar los años siguientes a luchar para que te escuchen lo es todavía más.

Eso fue lo que hicieron las familias de las víctimas.

Mientras muchos querían pasar página, ellas se negaron a aceptar que el olvido fuera el destino de sus hijos, de sus padres, de sus hermanos o de sus parejas. No pedían privilegios. No buscaban revancha. Pedían algo mucho más sencillo. Saber qué había ocurrido. Entender por qué ocurrió. Conseguir que nunca volviera a repetirse.

Y, sobre todo, que alguien asumiera responsabilidades.

Durante demasiado tiempo sintieron que caminaban solas. Quienes gobernaban entonces no entendieron que una institución puede sobrevivir a un error, pero difícilmente sobrevive a la falta de empatía. Hubo una distancia que nunca debió existir entre quienes habían perdido tanto y quienes tenían la obligación de dar explicaciones.

Sin embargo, las familias nunca respondieron desde el odio.

Respondieron desde la dignidad.

Mes tras mes. Año tras año. Sin rendirse.

Convirtieron una causa que parecía solo suya en una causa de toda la sociedad valenciana. Nos enseñaron que la memoria no consiste en quedarse atrapado en el pasado. Consiste en impedir que el silencio termine siendo más cómodo que la verdad.

Creo que esa es la verdadera herencia del 3 de julio.

No solo el recuerdo de una tragedia inmensa. También la demostración de que una ciudadanía organizada puede cambiar las cosas. Que la perseverancia acaba encontrando su camino. Que la verdad puede tardar, pero nunca deja de merecer la pena.

Estos días he pensado muchas veces en aquellas horas en las que esperaba noticias de mi madre. En el alivio que sentimos cuando por fin pudimos escuchar su voz. Y también he pensado en quienes nunca volvieron a escuchar la voz de la persona que esperaban.

No hay veinte años capaces de borrar eso.

Por eso creo que recordar sigue siendo una obligación.

Recordar a quienes ya no están.

Acompañar a quienes siguen echándolos de menos.

Y no olvidar nunca la lección que nos dejaron sus familias. Porque gracias a ellas hoy sabemos que la verdad necesita instituciones comprometidas, pero también ciudadanos valientes.

Ojalá nunca tengamos que volver a aprender esa lección de la manera en que la aprendimos aquel 3 de julio y sobre todo no permanezcamos impasibles ante un gobierno que no nos representa.

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