La democracia funciona cuando hay dos grandes partidos que defienden alternativas distintas a los problemas. Los ciudadanos votan, se toman unas medidas y, a veces, con suerte, las cosas mejoran. Si las contrariedades se mantienen, los votantes siempre tendrán la esperanza de que hay una alternativa y que ésta llegará a más tardar a los cuatro años.

El gran problema de la Europa actual es que no existen alternativas. En la Unión Europea sólo hay elecciones para esa comedia de Parlamento Europeo, pero no para decidir quién manda. Así los que gobiernan son los alemanes, que para eso son más, más fuertes y más ricos. Y los demás sólo pueden ejercer de contrapesos. Pero ahora no hay ni contrapesos ni nadie que presente una opción diferente.

Los economistas llevan desde el inicio de la crisis discutiendo acerca de si de ésta se sale ahorrando o gastando. La alemana Merkel y los líderes de la derecha europea creen en las grandes virtudes del ahorro. La izquierda, en el gasto. Está claro que la receta de la izquierda es más divertida, aunque quién sabe cuál de las dos es más eficaz. Los que entienden de estas cosas de la economía aún discuten acerca de si las medidas de la izquierda fueron las que sacaron al mundo occidental de la gran crisis de 1929 o si fueron las que provocaron que durase casi una eternidad.

Pero ese debate de los economistas no tiene uno paralelo en la política real. Rajoy y Rubalcaba discuten en las Cortes y sus equivalentes en Portugal, Irlanda o Bélgica mantienen polémicas similares en sus parlamentos. Pero no dejan de ser parloteos vacíos semejantes a los que se dan en los plenos municipales cuando discuten sobre el Sáhara o Cuba. Los únicos políticos que pintan algo a la hora de decidir la política europea son los presidentes de los diferentes países. Y en ese foro de presidentes las discusiones son sólo de matices, nunca de proyectos globales.

El inicio de la crisis se llevó por delante a casi todos los líderes de izquierdas. Por eso la llegada de François Hollande a la presidencia de Francia el pasado mes de mayo fue recibida en España como la gran esperanza de la izquierda. Por fin Europa tendría un líder que plante cara a Merkel con un modelo alternativo para salir de la crisis.

Apenas han pasado unos meses desde su elección y las ilusiones se desvanecen. Parece que Hollande se conforma con que la canciller alemana le permita introducir algunos matices a sus proyectos en una suerte de Merkhollande que sustituya al anterior Merkozy. La ausencia de una alternativa fuerte sólo da alas a los movimientos marginales.