Los ojos de Europa se posan este domingo en Francia, donde se celebra la primera vuelta de unas elecciones presidenciales con aroma a cambio de era política bajo la sombra del estado de excepción por la amenaza yihadista, que se materializó el jueves con un atentado en plenos Campos Eliseos. La ultra Marine Le Pen trata de asaltar el Eliseo y según los sondeos se acerca, con un 22 % de intención de voto, al centrista y exministro de François Hollande, Emmanuel Macron (24 %); ambos seguidos de cerca por el izquierdista Jean-Luc Mélenchon (19%) y por el conservador François Fillon (19%). Al candidato socialista, Benoît Hamon (8 %), ni está si se le espera.

Se trata de unos comicios en los que no solo están en juego los valores tradicionales republicanos, sino también el mismo futuro de una UE a la que le crecen los problemas en su flanco sur -con un Mediterráneo fortificado y convertido en una gigantesca fosa común-; en su flanco oriental -con las crecientes tensiones con Turquía y Rusia-; y en su flanco interno -con la amenaza yihadista y el ascenso de movimientos populistas euroescépticos animados por el triunfo en 2016 del brexit en Reino Unido-.

Y todo ello en un año electoral crucial en el Viejo continente que tendrá su guinda el próximo septiembre en Alemania, cuando será la canciller Angela Merkel la que se someterá al dictado de las urnas.

Esta vez, y a diferencia de las elecciones presidenciales galas de 2012, cuando no había dudas de que la gran batalla se libraba entre los partidos tradicionales y sus candidatos -el socialista y a la sazón vencedor, François Hollande, y el conservador Nicolas Sarkozy-, el panorama es muy distinto. Esto es así porque los últimos sondeos reflejan un hecho inédito: los cuatro primeros candidatos se llevan unos 5 puntos de diferencia, y dado que los márgenes de error de las encuestas se mueven en un rango de entre 2,5 y 3 puntos, la contienda es imprevisible. Y para complicar aún más el poder dar una previsión acertada, la decisión final estará en manos del más de 30 % de indecisos que votarán -o no- en la jornada electoral.

Escenario imprevisible

Es un escenario que incrementa la incertidumbre y que abre la puerta a más de una sorpresa, pues en anteriores citas electorales cuanto menor ha sido la participación, mayores han sido las posibilidades de los candidatos de los partidos más polarizados: en este caso la ultraderechista Le Pen y el izquierdista Mélenchon, que en las últimas semanas se ha convertido en la sorpresa de la campaña al beneficiarse del desencanto socialista y pasar de un 10 % de intención de voto a un 19 %.

Nada ha salido como se esperaba en un principio. El candidato conservador, François Fillon, que sonaba como el gran baluarte del sistema republicano frente al auge del ultra Frente Nacional (FN), ha visto en los últimos meses cómo su aura se iba diluyendo mientras arreciaba el escándalo por haber contratado a su mujer, Penelope, con un empleo falso durante años.

Al tiempo que el cerco judicial se ha ido estrechando, la postura de Fillon, que a punto estuvo de ser sustituido como candidato, se ha ido haciendo más dura, incluso vengativa contra los medios que han ido revelando detalles del conocido como «PenelopeGate».

En segundo lugar, el campo socialista ve con espanto cómo los sondeos auguran un batacazo histórico para su candidato, Benoît Hamon, vencedor de las primarias frente a todo un exprimer ministro de Hollande, Manuel Valls. Hamon ha intentado devolver la ilusión al socialismo galo, pero éste se desangra desde las primarias. Buena prueba de ello es que el propio Valls, y otros «barones» -en Francia los llaman «elefantes»-, han abandonado el barco socialista atraídos por el canto de sirena de Emmanuel Macron.

Este banquero europeísta y neoliberal, exministro de Economía con Hollande hasta que en 2016 dio rienda suelta a sus ambiciones políticas al fundar su propio movimiento, En Marcha, se ha convertido en la gran esperanza del «establishment» ante las dudas generadas por la suerte de Fillon. La estrella de Macron brilló durante las primeras semanas de campaña. Sin embargo, y a pesar de liderar las encuestas, la euroescéptica Marine Le Pen le sigue de cerca.

Un triunfo de Le Pen sería un mazazo en los mercados, ya que afirma en cada mitin que si gana celebrará un referéndum para la salida de Francia de la UE, lo que equivaldría al coma irreversible del proyecto comunitario. Su discurso xenófobo y proteccionista tiene su eco al otro lado del Atlántico con el de Donald Trump y su fobia a la UE la acerca al ruso Vladimir Putin. Ha protagonizado una de las grandes polémicas de la campaña al negar la participación francesa en la deportación de judíos en la II Guerra Mundial.

Y para acabar de enredar la madeja, el candidato de Francia Insumisa, el izquierdista Mélenchon ha subido como la espuma en el tramo final de la campaña. Su oratoria y carisma y el inteligente uso de las nuevas tecnologías le han impulsado a una posición en la que soñar con la segunda vuelta no es una utopia. Más allá de lo que digan los sondeos, lo único seguro es que hoy hablan las urnas y toda Europa escucha.