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Batalla

El día que ardieron los tigres

Hitler intentó resarcirse de la derrota de Stalingrado en Kursk pero los rusos resistieron el embite

El día que ardieron los tigres

El día que ardieron los tigres

Adolf Hitler se enfrentaba a un dilema en la primavera de 1943 tras perder a todo un ejército en las ruinas de Stalingrado. Los rusos no solo resistían, sino que pasaban al ataque, con cada vez más fuerza y medios. El tiempo para doblegar a la URSS se agotaba mientras tomaba forma la apertura de un segundo frente en Europa occidental por parte de EE UU y Gran Bretaña. Los ojos del Führer se posaron entonces sobre un enorme saliente en el frente ruso entre las ciudades de Orel y Belgorod, con su eje en la localidad de Kursk. Allí sería donde se decidiría el destino de la IIª Guerra Mundial en un enfrentamiento de dimensiones colosales, un baño de sangre apocalíptico que marcó un punto de no retorno en el frente oriental. Fue en Kursk, por tanto, donde el régimen nazi perdió definitivamente la iniciativa estratégica frente a la URSS y ya nunca la volvería a recuperar.

El desastre de Stalingrado en febrero de 1943 fue un shock para Alemania. A duras penas consiguieron las tropas germanas mantener el frente en pleno invierno ante las acometidas rusas, pero la aparición del nuevo tanque Tigre I consiguió revertir la situación. A principios de la primavera, la situación había quedado en tablas tras 9 meses de brutales combates. Los tenaces alemanes habían logrado parar al Ejército Rojo demostrando que estaban lejos de ser una fuerza en decadencia.

Ante este incómodo empate, tanto Berlín como Moscú entendieron que el saliente de Kursk sería el escenario del próximo enfrentamiento. «Cada vez que pienso en este ataque se me revuelve el estómago» llegó a decir Hitler mientras preparaba la «Operación Ciudadela», el ataque sobre Kursk. Los alemanes querían atraer a las reservas rusas para asestarles un golpe mortal, que, esta vez sí, desmoronara la resistencia soviética. Los rusos, alertados por su espionaje, prepararon una trampa gigantesca para desangrar a las mejores divisiones alemanas. Así, en torno a Kursk se excavaron cinco anillos defensivos con miles de posiciones fortificadas y millones de minas

El régimen nazi lo apostó todo a «Ciudadela». El inicio de la ofensiva incluso se retrasó para que llegaran al frente las nuevas «súper armas» diseñadas para contrarrestar los masivos despliegues de tanques T-34 rusos. Se trataba de los formidables Tigre I y Panther, recién salidos de las plantas de montaje para participar en la acometida. A la zona llovieron los refuerzos, entre los que estaban las mejores formaciones blindadas de las Waffen SS, el fanático ejército paralelo de Himmler, que llevaría el peso del ataque.

Apuesta arriesgada

Para los alemanes, pocas cosas salieron como habían planeado. Un desertor incluso dio a los rusos la hora del ataque. Así, cuando en la madrugada del 5 de julio de 1943 las tropas alemanas empezaban a prepararse, fueron sorprendidas por un furioso bombardeo ruso. Fue el preludio del infierno que se iba a desatar.

Los alemanes atacaron el saliente desde el norte y el sur y desde el principio las defensas rusas provocaron estragos. El ingente despliegue de blindados se vio acompañado del no menos masivo despliegue de aviación. La batalla se libraba a ras de suelo y en el cielo con una ferocidad desmedida. Conforme avanzaban los días los restos humeantes de los tanques jalonaban decenas de kilómetros del frente mientras cada bando movilizaba sus reservas tan pronto como las unidades de vanguardia eran masacradas. El avance alemán era más lento, penoso y sangriento de lo esperado.

El clímax llegó el 12 de julio. En un movimiento que a punto estuvo de sorprender a los rusos, los 600 tanques que pudo reunir el IIº Cuerpo Panzer SS se enfrentaron a otros 850 blindados rusos en Prokhorovka. Casi 1.500 tanques se enzarzaron a quemarropa en la mayor batalla tanque contra tanque de la historia. Al finalizar el día, más de 700 monstruos metálicos acabaron destruidos. Decenas de Tigres y Panthers entre ellos. Las «súperarmas» de Hitler, pese a provocar grandes pérdidas a los rusos, no habían conseguido su objetivo. La prensa soviética titularía: «Los tigres están ardiendo». El 16 de julio, Hitler canceló la ofensiva.

El precio fue altísimo en ambos bandos, pero el tiempo jugaba a favor de la URSS. El 10 de julio los Aliados habían desembarcado en Sicilia y el régimen fascista de Mussolini empezaba a tambalearse. Con sus mejores divisiones acorazadas malheridas, Hitler tuvo que desviar tropas hacia Italia y los alemanes fueron barridos por la contraofensiva rusa. A partir de entonces, para los alemanes la guerra se convertiría en una retirada constante hasta la conquista rusa de Berlín en1945. Para la URSS, ya no se trataría de una agónica lucha por la supervivencia, sino de una cuestión de venganza implacable y conquista.

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