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Máxima tensión en suspenso

El régimen iraní apela a la resistencia y no se arredra ante las demostraciones de fuerza de Trump en el golfo Pérsico

Máxima tensión en suspenso

Máxima tensión en suspenso

El imponente grupo naval del portaaviones nuclear USS Abraham Lincoln está a punto de situarse frente a las costas de Irán. De forma progresiva EE UU ha ido situando sus fuerzas en torno a esta nación de Oriente Medio. Así, ha desplazado baterías de misiles antiaéreos Patriot, bombarderos B-52 y el viernes el presidente de EE UU, Donald Trump, ordenó enviar 1.500 soldados más a la zona.

En las últimas semanas se han producido incidentes aún no aclarados, como el sabotaje a petroleros saudíes, que en Riad achacan a su archienemigo regional. La escalada de tensión en el golfo Pérsico, por donde pasa el 30 % del petróleo del mundo se mantiene de momento en una calma tensa sin vías de solución, pues los puentes diplomáticos entre Washington y Teherán están cada vez más deshechos.

La táctica de Washington de tensar al máximo la cuerda para que el régimen persa claudique y acepte negociar bajo sus condiciones solo ha provocado el cierre de filas en las autoridades iraníes, que no parecen dispuestas a dialogar con una pistola en la cabeza ni se fían de que Trump respete ningún compromiso. En esta tesitura, cualquier incidente, ya sea fortuito o intencionado, puede acabar derivando en un conflicto de grandes consecuencias. No ayuda a calmar la situación el que haya demasiadas partes interesadas -Israel y Arabia Saudí-, en que la situación siga degradándose.

Reticencias europeas

Una muestra del rumbo que toman los acontecimientos fue la retirada de la fragata española Méndez Núñez el pasado 13 de mayo de la flotilla del USS Abraham Lincoln, que evidenció las reticencias europeas a acompañar a Washington a una nueva aventura militar en Oriente Medio tras el desastre de la invasión de Irak en 2003.

«Ni guerra ni negociaciones», subrayó la semana pasada el líder supremo iraní, Ali Jameneí, y ello pese a que Trump insiste en la desconcertante ambigüedad del palo y la zanahoria. Por una parte dice estar abierto al diálogo y por otra amenaza con «el fin oficial» de Irán si hay conflicto. Ante las dudas, esta misma semana el presidente iraní, sán Rohaní señalaba que «no es tiempo de negociar sino de resistir», y añadió días después de forma poco halagüeña que su país «no se rendirá» a la presión «aunque sea bombardeado».

Y si en algo son expertos los dirigentes iraníes es, precisamente, en la resistencia. Se podría decir, de hecho, que desde 1979, año de la Revolución Islámica que derrocó al proamericano sha Reza Pahlevi, el régimen persa está instalado en ella.

La tuvo que poner en práctica cuando en 1980 dictador iraquí Sadam Husein inició una brutal guerra de agresión -que contó con el apoyo de EE UU y Occidente-, contra el recién iniciado régimen del ayatolá Jomeini. Aquel conflicto devastador duró hasta 1988 y ayudó a perfilar el relato épico sobre el que se basa la teocracia iraní.

El fin de aquella cruel guerra no significó el final del aislamiento. Durante los años 90 Irán tuvo que hacer frente a sanciones y a un embargo de armas que, sin embargo, ayudó a crear el ingenioso complejo militar-industrial persa, que hecho de la necesidad virtud y ha logrado desarrollar un potente -al menos sobre el papel-, programa de misiles balísticos. Después, ya iniciado el siglo XXI e incluido el país en el «eje del terror» por George W. Bush tras los atentados del 11-S de 2001, en Teherán dieron un empujón a su programa nuclear, origen de la actual crisis.

El mundo respiró en 2015 con el Acuerdo Nuclear que detuvo las aspiraciones atómicas iraníes a cambio de una eliminación progresiva de las sanciones. La apuesta por la diplomacia de Barack Obama abrió las puertas del mundo a Irán y exasperó a Israel, a Arabia Saudí y a los sectores más recalcitrantemente intervencionistas del Partido Republicano. Pero aquel era el mundo de 2015, no el de 2019. Hoy por hoy, halcones como el asesor de Seguridad Nacional de Trump, John Bolton, y el secretario de Estado, Mike Pompeo, dan rienda suelta a sus obsesiones antiiraníes.

Hace un año que Trump se retiró del pacto nuclear, y en menos de dos meses Irán puede darlo por muerto si Europa no reconduce la situación y alivia el embargo petrolero. Sin tregua, EE UU estrecha el cerco sobre Irán, que afirma tener la flotilla del portaaviones Abraham Lincoln al alcance de sus misiles. Mientras, la posibilidad de que un accidente desate una tormenta toma forma en el horizonte.

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