El campo que se resiste al colapso en Cuba: Cómo cultivar y alimentar a un país sin combustible
Arar con las manos y los pies, moverse en mula y cultivar arroz en secano son algunas de las medidas del campesinado cubano ante una situación crítica y de enorme crisis económica, financiera, comercial y humanitaria tras el endurecimiento del bloqueo de la administración Trump
La implantación de técnicas de agricultura ecológica que se llevan desarrollando desde los años noventa ayudan a buscar alternativas ante la falta de recursos

Violeta Peraita
Cuando cae el sol sobre la Sierra Maestra cubana todo parece detenerse. El camino de vuelta a la ciudad de Santiago de Cuba es tranquilo. De los pocos vehículos de motor que circulan durante el día ya no queda ninguno y solo se ve gente caminando por la carretera o en mula. Huele a leña. Las familias empiezan a cocinar la cena antes de que la noche lo inunde todo y el apagón sea total.
Vivir en el campo cubano es casi un oasis del mundo. Las casas surgen como de la tierra, como un cultivo más, en distintos niveles de las laderas montañosas repletas de plantaciones de café que se entrecruzan con ríos de agua fría donde por las tardes la gente se baña con ropa. Un agua que se sirve para beber, cocinar, ducharse. Vivir en el campo cubano es casi un oasis, pero la falta de combustible y los apagones continuos se sienten en el día a día de toda familia cubana.
El campesinado, con cerca de 28.000 agricultores y agricultoras solo en la provincia de Santiago de Cuba (el 25 % de la población nacional vive en zonas rurales), no escapa a las limitaciones de un país en una crisis económica, social y energética profunda bajo la sombra del enorme bloqueo estadounidense que se agravó a principios de año y asfixia a miles de personas en la isla cada día. Es un sector que ingenia alternativas para seguir produciendo alimentos pese a las dificultades y paliar el hambre que se sufre en una isla asediada y sin prácticamente recursos.

El campesinado está en crisis y sigue bajo la sombra del bloqueo estadounidense / Violeta Peraita / Jorge Gil
La falta de combustible atraviesa absolutamente todos los aspectos de la vida: el transporte, la salud, la educación, y también la alimentación y su cadena comercial. El campesinado es la piedra angular del bienestar del pueblo cubano y un sector en un importantísimo reconocimiento social desde el triunfo de la Revolución, y hoy vive en sus carnes la limitación de la responsabilidad que asumen cada día: alimentar a la comunidad. La situación, lejos de mejorar, cada día es más crítica.
Arar con tracción animal, sembrar proteína para ganado o reutilizar tallos
Si no hay agua, se recoge de la lluvia; sin tractores, se aran las tierras con tracción animal, una práctica abandonada en algunos casos pero habitual en puntos alejados de los núcleos urbanos y en extensiones más bien pequeñas. Si no hay bueyes, se prepara la tierra con las manos y los pies. Sin maquinarias construyen zanjas para el riego a mano y con hachas y machetes van quitando, poco a poco, los grandes árboles que cayeron sobre las matas de café en el paso del huracán Melissa de noviembre del año pasado como cuenta Marelvis, responsable de una cooperativa especializada en café en un municipio de la Sierra Maestra.
Los agricultores recogen las matas de boniato (conocidos como bejuco) para volver a plantarlo en otro terreno y aprovechar los tallos y, sin posibilidad de importar pienso, Fernando siembra tithonia (también conocida como botón de oro) una planta proteica para alimentar al ganado.

Alternativas para seguir produciendo alimentos / Violeta Peraita / Jorge Gil
Las circunstancias actuales les obligan a resistir de manera creativa, aunque de forma muy precaria, lo que hace imposible ampliar las tierras que se cultivan, muchas ociosas y repletas de plantas invasoras. Entre las principales limitaciones que expresa el campesinado está la falta de relevo generacional y la falta de recursos para poder optimizar la actividad. Lo que antes eran cooperativas de monocultivo como el café o el azúcar, ahora se han diversificado para poder plantar alimento para las propias comunidades rurales y abastecer a la población. Además, la dificultad de transportar la cosecha hace que el producto se deteriore a su llegada y que haya menos cantidad, calidad y precios más altos. Y es alimento que hace falta.
La canasta básica de años atrás garantizada para todo el mundo ya no es accesible para muchas familias. La devaluación del peso y la inflación (muy ligada a la dificultad de movimiento por la absoluta falta de combustible) han encarecido los alimentos, tanto que incluso acceder a un cartón de huevos es costoso para una familia. Los cubanos pasan hambre.
Si el salario mínimo son alrededor de 3.000 pesos (cerca de cuatro dólares) y los más altos oscilan los 10.000 (alrededor de 15 dólares), una docena de huevos valía a principios de julio 1.560 pesos, 130 por unidad. Hay un problema de producción de arroz, un bien esencial que se comienza a cosechar en secano en algunos puntos de la Sierra Maestra, buscando alternativas a la sequía y los efectos cada vez más severos del cambio climático.
La palma real como recurso clave
Las casas que asoman por los grandes y frondosos arbustos tienen los techos de hojas de palma (conocidos como techos de guano) y las paredes con placas de su resistente tronco. La palma real es una palmera alta y muy característica de Cuba con muchos usos propios, sobre todo si no hay recursos. Sus frutos se utilizan como pienso para los cerdos de la ganadería por su alta calidad proteica y su follaje cubre las viviendas y actúa como escudo protector al calor.

Casa típica en esta zona construida con los recursos locales / Violeta Peraita / Jorge Gil
Marisbel y Ezequiel tienen un establo con cabras, cerdos y conejos que cubren con unas hojas de palma en su finca La Delicia, en la demarcación de Matías, en una zona rural de la Sierra Maestra que mojan las aguas del río Mogote. Allí viven con sus hijos y nietos, donde antes vivieron sus padres, en una ladera de dos casas que los vio nacer y donde también tienen dos hectáreas de cultivos varios.
Con todo, la escasez de combustible y de medios merman su trabajo diario. “Hay producciones que las dejamos perder porque no tenemos con qué sacarlas fuera. Hace poco dejamos en las tierras una cosecha de 40.000 pesos en lechugas. Lloramos y todo”, cuentan. No disponen de bueyes para arar las tierras y han inventado un sistema de dos para hacerlo con sus propios pies, lo que les hace demorar la preparación de la tierra.
Ahora se han instalado unas placas solares que darán energía a la bomba que traslada el agua del río en una tubería hasta los sistemas de riego que permitirán que estas familias campesinas tengan una cosecha más estable. Una mejora que han desarrollado con ayuda de un proyecto de cooperación internacional con sello valenciano de la ONG Unió Pobles Solidaris. Un sistema que se ha instalado ya en varias cooperativas agrícolas del municipio del Tercer Frente.
Ellos no tienen vehículos motorizados, pero hay quien sí y no puede moverlos por la falta de gasolina. En las zonas rurales la supervivencia es una forma de resistencia y los saberes ancestrales actúan como salvación para no perder una cosecha. Muros naturales contra las plagas o sombraje con plataneros para los cafetales son algunas de las soluciones. Quienes llevan décadas cultivando las fértiles tierras de la Sierra Maestra conocen los procesos de la naturaleza. Por otra parte, en las zonas más cercanas a la ciudad, se desarrollan técnicas de agroecología y fotovoltaica que son la base científica para extrapolar a todo un país.
El autoabastecimiento es la meta
El colapso energético está forzando la aceleración de una estrategia nacional para autoabastecerse con los recursos propios, aplicar técnicas de economía circular y tratar de garantizar una soberanía alimentaria. Un camino que ya comenzó el país con la caída del campo socialista en los años noventa.
Un empuje que es progresivo, aunque todavía no garantiza una alimentación estable, pero que orienta a la isla hacia un funcionamiento con energías renovables y reutilización de recursos de la tierra y que todavía depende, en gran medida, de los proyectos de cooperación internacional que aterrizan en comunidades agrícolas e iniciativas campesinas, pues los recursos de la isla son muy limitados, el Sistema Eléctricoenergético Nacional (SEN) frágil y los apagones son constantes.
En lo que va de año, ha habido seis apagones totales de la isla por la caída del SEN, con un déficit de generación que frecuentemente deja sin energía a más del 70 % del país simultáneamente. Cuatro de estos seis apagones se han producido entre julio y agosto. El último hace apenas unos días. La gente vive continuamente sin luz y muchas veces sin agua corriente.

Objetivo: autoabastecimiento / Violeta Peraita / Jorge Gil
El objetivo de la isla es tener un sistema agrícola independiente del exterior sostenible y ecológico; ampliar el trabajo de las tierras, muchas sin actividad, incentivar la producción con nuevas medidas y acortar la cadena de distribución. Cuba importa cerca del 80 % de sus alimentos y las cooperativas cultivan el 30 % de los suelos agrícolas donde se produce más del 80% de los alimentos del país. Hay un gran porcentaje de tierras ociosas.
Las 176 medidas anunciadas por el gobierno ante la asfixia de EEUU este mes de junio prometen cambiar las normas económicas y una mayor flexibilidad, también en la agricultura, sin limitaciones a la extensión en usufructo y dando vía verde a la exportación de cultivos en el mercado libre. Con todo, varias fuentes consultadas señalan que, si bien “estas medidas incentivarán la producción”, todavía no está claro cuándo ni de qué manera se aplicarán. “Nosotros necesitamos recursos, cada vez somos menos, pero somos el sustento, quien produce el alimento que hace falta”, dice Gilberto, agricultor en el municipio Tercer Frente, en Santiago de Cuba.
“No hay soberanía con el plato vacío”
Una realidad que el gobierno cubano conoce. Así lo trasladó el presidente de la República de Cuba, Miguel Díaz Canel, cuando anunció el paquete de medidas para la transformación del país. “No hay soberanía con el plato vacío, el alimento cubano será tratado como lo que es, un asunto de seguridad nacional”.
El mandatario instó a eliminar las tierras ociosas y la plaga de marabú. Anunció la ampliación del tiempo en usufructo, la posibilidad de invertir en las tierras, importar semillas e insumos. “Al campesino cubano no se le puede seguir pidiendo más comida con menos herramientas y con precios por debajo de sus costos y debe tener mecanismos de acceso directo a las divisas. Tenemos que hacer que quien siembre vea el fruto de su esfuerzo, pueda vivir mejor y que quien invierta en el campo encuentre seguridad, respaldo y futuro”.

Las manos como tecnología agrícola / Violeta Peraita / Jorge Gil
La realidad del campo es que la tecnología ha vuelto a ser la de las manos. Y estas dificultades se suman a los efectos del cambio climático como huracanes y sequías prolongadas, que destrozaron cosechas enteras y dejaron al ganado sin siembra proteica para su alimento. Las vacas están flacas.
Todo lo anterior deja un sector esencial como lo es la producción de alimentos con pocos recursos para explotar todo su potencial en un momento en el que hace más falta que nunca. Cuba es una gran extensión de campos, aunque muchos están sin cultivar y repletos de marabú, una planta invasora que crece con mirarla en terrenos muy fértiles. La solución que se viene desarrollando desde los años noventa y en la que se fijan universidades y organismos públicos es la agroecología.
La Claudia: La prueba que hace posible cultivar con recursos de la tierra
La agricultura ecológica ha sido desde principios del siglo XXI el camino a seguir en el país, que vio el sistema industrial de químicos y fertilizantes caer con la URSS en los años noventa. Desde entonces, la ciencia agrícola junto con el tejido agricultor y ganadero ha desarrollado una vía ecológica y circular que cuenta con cada campesino y que ha sido ejemplo para otros países del mundo en los últimos años. Con todo, la falta de recursos merma este objetivo.
La soberanía alimentaria independiente de la geopolítica mundial es el horizonte deseable. El camino: el trabajo de las tierras en un circuito circular.
La comunidad científica investiga las mejores maneras de afianzar el abono orgánico, orientar las placas solares para que den la sombra necesaria que necesita el grano de café o estabilizar cultivos más productivos y respetuosos con el suelo.

Innovación agrícola para afianzar el abono orgánico / Violeta Peraita / Jorge Gil
Dos ejemplos de innovación agrícola y energías renovables son el Acelerador Agrícola de la fundación de la Universidad de La Habana y el proyecto de cooperación internacional Agrosolar. El primero, una iniciativa científica que quiere saber cómo ser sostenibles, autosuficientes y medir los resultados para poder exportarlas a fincas agrícolas de todo el país.
Allí, en el acelerador, convive también el proyecto de cooperación Agrosolar, coordinado por la directora del laboratorio de fotovoltaica de la Universidad de La Habana, Lídice Vaillant. Una iniciativa con socios valencianos también a través de la organización Unió Pobles Solidaris y la Agencia Española de Cooperación, que busca la circularidad de los procesos para sembrar, abonar y optimizar de la mejor manera los recursos propios para ser independientes.
En la finca La Claudia, en la provincia de Mayabeque, las ideas de Agrosolar comienzan a cuajar. Todo lo que se produce es agricultura ecológica. Una prueba práctica en suelo productivo para aprovechar cada parte de la naturaleza y demostrar que es posible hacerlo. Jesús es el agricultor que coordina. Cuenta que cada recurso sale de la tierra “como hacían nuestros abuelitos”.
Paneles solares al hombro y cuesta arriba para estabilizar el riego
De vuelta al Oriente de la isla, el remolque amarrado a la cabecera de un tractor transporta a unas veinte personas por la pequeña carretera que atraviesa la Sierra Maestra en el Tercer Frente. Hay personas que van en mulo y saludan al conductor y otras que van caminando cargados o sujetando un paraguas que les proteja del sol.
Cuando va cayendo la tarde, Eduardo nos enseña las placas solares que han bajado hasta su casa todos los cooperativistas para poder tener riego y no depender del agua de la lluvia. El acceso es difícil y en desnivel. Casi una ruta de senderismo. Cada panel lo bajó una persona al hombro. Son 12 paneles. Todavía se acuerdan de ese día “íbamos pegándole tragos a una botella de ron pero al segundo viaje la dejamos arriba, no podíamos más”, señala el presidente de la cooperativa a la que pertenece Eduardo.

Instalación de placas solares para una cosecha más estable / Violeta Peraita / Jorge Gil
Eduardo vive abrazado por la Sierra Maestra en un pequeño plano en los relieves de una montaña con su mujer y para llegar a su humilde casa ha de caminar una ruta de senderismo con bastante pendiente. Eduardo tiene 78 años y la piel tocada por el sol. Trabaja las pieles de los animales y tiene café, también algún puerco. Ahora la cooperativa ha instalado en su parcela varias placas solares que alimentarán una bomba de agua para tener un sistema de riego con un proyecto de cooperación, lo que ayudará a estabilizar la producción. Paján quiere plantar cebollas. Un conocido le dio las semillas.
“Aquí me siento bien”
El hombre viste de verde militar. Los pantalones con agujeros y las manos negras de trabajar. También una sonrisa honesta que se mueve para hablar. “Aquí me siento bien, me gusta la lucha. Siempre tenemos que tirar hacia delante y no pensar las veces que nos caemos sino las que nos levantamos. Tenemos que seguir”, dice con una voz suave y pausada. No le interesa la ciudad. “Allí tienen de todo, triciclos, motos, tiendas…pero yo aquí me siento bien. En dos días será mi cumpleaños y vendrán para comer un chivo asado”.
El sol se va escondiendo y es hora de recogerse antes de que todo el monte se funda a negro. El camino está repleto de humos localizados, donde las familias cocinan. La noche será calurosa y si la electricidad vuelve de madrugada, tocará cargar baterías, móviles, ventiladores eléctricos, linternas y enfriar agua.
Este reportaje forma parte de la segunda edición del programa CONTRAST de la Coordinadora Valenciana de ONGD, financiado por la Generalitat Valenciana y Caixa Popular.
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