Son personas con una vocación casi innata, que dedican su vida a los demás, aun jugándose la suya propia, y que, sin embargo, no gozan del cariño de gran parte de la sociedad, o mejor dicho, sufren el desprecio de muchos. Llevan uniforme y pistola, quizás por esto último algunos utilicen la demagogia para desprestigiarlos, pero son personas, son policías. Personas que tienen encomendada una misión, hacer que nuestro día a día sea más seguro. Se forman durante años en las academias nacionales y autonómicas para prestar el servicio público lo más digna y profesionalmente posible. Su trabajo podrá consistir desde entrar a un chalé con narcotraficantes armados hasta las cejas, hasta investigar el ciberacoso o proteger al que quiere ver un espectáculo tan maravilloso como puede ser un partido de futbol. Tienen cara de pocos amigos, eso es cierto, pero interpretan el papel del que mediante el diálogo o la fuerza debe hacer cumplir la ley, y eso, para los ciudadanos íntegros, es una garantía. Aquellos que les repudian espero que no tengan jamás que acudir a ellos cuando les entren a robar a su domicilio, o cuando tengan que acudir a denunciar la violencia que su marido ejerce sobre ella. Reflexionemos, no nos dejemos invadir por el odio de algunos, guiados por propaganda política e ideales utópicos, y aplaudamos a la policía, a nuestra policía.