La ministra de Educación, la señora Celaá, indicó a los responsables políticos de todas las comunidades autónomas que los centros escolares podrán ofrecer clases de refuerzo durante el próximo mes de julio, siempre y cuando, claro está, se levante el estado de alarma sanitaria. La respuesta del consejero valenciano, el señor Marzà, no se hizo esperar ni un minuto, como si temiera una reacción histérica unánime de los sindicatos y del cuerpo docente, que no seguramente de las familias: Aquí en Valencia las clases finalizarán en el mes de junio, pues en julio unas empresas externas ya se encargan de ofertar un gran abanico de actividades lúdicas.

Alguno pensará que los maestros, aquí en Valencia, tienen muy pocas ganas de trabajar, pues julio no es un mes de vacaciones y bien que podrían dedicarlo a atender a todos esos alumnos que llevan semanas sin clases presenciales. Pues resulta que el mes de julio es un mes de formación; todos los docentes de esta comunidad han de acreditar un nivel C1 de Valenciano y un B2 de inglés. Además, si uno ya conoce su destino y las áreas a impartir el próximo curso, ha de preparar las programaciones o adecuar las que se quedaron a medias este año.

Pero la cosa no queda ahí, pues la reacción instantánea y tranquilizadora de Marzà ha evitado un debate estéril y un estrés extra en la mayoría de los docentes valencianos. ¿Saben por qué? Pues porque ni en junio, ni en julio, ni en agosto, y ya veremos si en septiembre, podrán abrir sus puertas los colegios. La duración de esta pandemia, por desgracia, va para muy largo.