El coronavirus ha puesto en jaque al mundo entero y por tanto también a esos extraños seres que se hacen llamar jóvenes y que parecen vivir en una realidad paralela en la que el drama son las consecuencias y no las causas. Los jóvenes son esos seres tan extraños que son capaces de no ir a clase para ir a una manifestación y rasgarse las vestiduras por un futuro a 50 años vista; no se va a clase de historia porque se está haciendo, pero cuando lo que se pide es que no se salga de fiesta y se usen mascarillas, entonces la causa no es para tanto.

Es difícil que la población en general tenga un comportamiento a la altura de la situación, si no se sabe muy bien en qué situación se está, con unas cifras que oscilan según el interés político. Es normal que en tiempos de revolución de teclado, verse en un problema real resulte algo complicado de encajar, pero eso en ningún caso tiene que ser excusa para no hacer examen, darse cuenta de que nos jugamos mucho y que es momento de que nos quitemos las medallas de defensores de causas sociales y el conjunto de ismos que defendemos y arrimemos el hombro en una misma dirección, sin pensar en derecha o izquierda, simplemente en salir hacia adelante.

Depende de que arrimemos el hombro entre todos que ese futuro a corto y medio plazo sea más próspero y con menos secuelas y es absurdo que teniendo la solución en nuestras manos y bocas, no aportemos nuestro granito de arena. ¿No?