La irrupción de la televisión facilitó el modelo de realizar política para centrarlo todo en un líder carismático. Las cualidades humanas son prioritarias y los rasgos políticos de un candidato minimizados ante el aluvión de mensajes subliminales que ofrecen los medios de comunicación audiovisuales. El aspirante a presidente muestra el lado íntimo de su vida como un medio de alcanzar el poder político. Una vez conseguido este objetivo, se observa un retroceso en sus planteamientos democráticos.

Las listas cerradas de los partidos son un claro ejemplo de ello. El cabeza de lista se retrotrae a sus orígenes y olvida, salvo honrosas excepciones, las promesas que efectuó ante el electorado en su momento. Las personas se atienen a esta dinámica por inercia. Este modelo de poder es el que rige desde mediados del siglo XX hasta nuestros días, sin que se atisbe una salida ante esta incertidumbre coyuntural.