Llegó junio, la hora de la verdad para miles de estudiantes que se juegan a una sola carta su futuro académico inmediato. Quizás por eso las medidas que los tribunales toman para evitar el fraude y la copia pudieran parecer excesivas: pelo recogido para dejar visible las orejas, botellín de agua sin etiqueta alguna, sólo dos bolígrafos encima de la mesa, mochilas y bolsos bien lejos de sus dueños o prohibido el uso de esos relojes digitales denominados ‘smartwatch’.

Así fue como se presentó a esa prueba selectiva: cumpliendo a rajatabla todas las indicaciones previstas por los expertos en evitar los pícaros engaños de los estudiantes que no han cumplido con su obligación. No pudo evitar ser un poco supersticiosa y se colocó en su muñeca derecha un reloj analógico de cuerda que perteneció a su querido abuelo. Cuál fue su sorpresa cuando, al entrar en la sala donde se iba a realizar el examen, uno de los miembros del tribunal les dijo lo siguiente: «Por favor, nos quitamos todos los relojes, pues no vamos a estar comprobando uno a uno si son o no ‘smartwatch’».

Pues algo parecido está ocurriendo con el uso de las mascarillas en la vía pública. Nuestras autoridades han perdido el sentido común y obligan a todo el mundo a llevar ese antifaz aunque caminen solos por la calle, por el campo o por la montaña. Y todo porque no van a estar comprobando uno a uno si guardamos la distancia mínima para que no exista posibilidad alguna de contagio. Aquí no nos jugamos nuestro futuro académico, sino una multa. La cuestión es que cada vez son más los que se arriesgan a ser multados, pues ya se están cansando de tanta absurdez.