La energía nuclear y la hidroeléctrica se paga como la producida por la central de ciclo combinado de gas que además paga por el CO2 contaminante, por cogeneración y residuos. El negocio es redondo. Este sistema marginalista, si se extiendera, supondría que cuando nos compráramos un utilitario pagáramos el precio del coche más caro. Las energías renovables abaratan la producción, pero tenemos que pagar más para llegar al precio del kilowatio que se ha fijado. Cuidado a cómo se fijan los precios al margen del mercado mayorista.

Por otro lado, cuando tengo el coche parado, no pago gasolina. Si no bebo alcohol, no gasto dinero. Si no fumo, no pago por el tabaco. Pero si no consumo luz, sí pago por los costes fijos por la potencia contratada. Además, ya hemos pagado la moratoria nuclear, las ayudas al carbón, los incentivos a las renovables, la red de distribución, los famosos Costes de Transición a la Competencia o CTC, el déficit de tarifa con estimaciones de las compañías eléctricas.

Como aquí somos más papistas que el papa, nos negamos a las compañías públicas de electricidad, cuando un empresa pública italiana, Enel, tiene el 70 % de Endesa. Para más ‘inri’, Iberdrola tiene 69 filiales en paraísos fiscales, Endesa dos y Gas Natural Fenosa, 19. Esta elusión fiscal la pagamos nosotros: casi el 90 % de lo recaudado en 2015 y las grandes empresas el 4 %, según Oxfam. Con tanto beneficio para las empresas eléctricas, ¿no sería más práctico subirles los impuestos a ellas?

Y gracias, Europa. La transparencia no obliga a las compañías a decir claramente cuanto cuesta producir 1 Kw/h.