Hace unos días tuve ocasión de visitar el centro arqueológico de L’Almoina en València. He de manifestar mi grata impresión y debo decir que me pareció espléndida la recuperación de los restos de la ciudad romana y también de la época musulmana y medieval. En mi opinión, se ha realizado un trabajo de gran mérito tanto en la recuperación de los restos como en la puesta en escena, información, etcétera. La mayor parte de la visita se centra en la época romana, que quizá es la más interesante: queda claramente definido el tamaño de la ciudad, el cardo máximo que coincide con la Vía Augusta, el decumanus, las termas, el templo de Esculapio, el foro imperial... Insisto, un gran trabajo, mi agradecimiento al Ayuntamiento; y es digno de reseñar que el acceso es totalmente gratuito.

Imbuido por mi afición al arte, me dirigí a visitar la catedral. Intenté iniciar la visita por la puerta románica pero estaba cerrada, quiero pensar que no de forma definitiva. Intenté acceder por la puerta gótica, pero también estaba cerrada. Por fin, pude acceder por la puerta barroca, pero, sorpresa, solo se puede visitar, pero previo pago creo recordar que de ocho módicos euros.

Esta circunstancia me llevó a una reflexión. El centro arqueológico de L’Almoina ha sido recuperado gracias a los impuestos que soportamos los ciudadanos y justo es que si queremos disfrutar de nuestro esfuerzo colectivo la entrada sea gratuita puesto que ya hemos financiado su recuperación. Pero en la catedral, que se construyó con la aportación de nuestros antepasados y la restauración con nuestros impuestos, ¿por qué debemos volver a pagar? No me parece justo que debamos pagar otra vez porque en definitiva pagamos tres veces: para su construcción, para su restauración y para visitar aquello por lo que hemos pagado.