La vida es como un reloj de arena. Nos fijamos en la parte que se va llenando; de recuerdos, de experiencias, de momentos... y tendemos a olvidar la parte que va cayendo; las horas, los días, los minutos... Mi cama está al lado de una ventana y a veces, mientras estoy sentada con el manual de Civil en mis rodillas, me distraigo mirando el barrio; y siento anhelo. Entonces pienso, ¿a mis 19 años debería entristecerme? ¿A qué se debe esta extraña nostalgia que siento cuando miro por la ventana el atardecer? Y deduzco que se debe a que no debería estar mirando un atardecer mientras el dia palidece, sino que debería estar disfrutándolo, con una cerveza en la mano en una terraza de un bar y un par de amigos, con mi perro dando un paseo por pinada, con mi pareja en un balcón... La arena va cayendo y de la misma forma caen nuestras posibilidades de hacer cosas propias de la edad. A los jóvenes nos gusta salir de fiesta, vivir una noche alocada con las mejillas coloradas. Perdernos en la música. Sí. Nos gusta vivir esa noche como si no hubiera un mañana. Pero también nos gusta poder disfrutar de las pequeñas cosas tranquilamente, sin la presión de un libro de Civil o de Mercantil y de un examen a la espera. Y entonces es, cuando estoy encerrada en el cuarto con un montón de esquemas y de resúmenes, que me doy cuenta de lo irónico de todo. Los jóvenes pensamos que nos vamos a comer el mundo pero es justo al contrario. La arena va cayendo y nosotros sólo estamos perdiendo el tiempo. Hay que vivir, hay que sufrir, hay que llorar y reír; sentirse libres. Sentirse jóvenes.