Ucrania y mi casa no estaban tan lejos como indica el mapa. Apenas nos separa un pasillo y unas puertas correderas. El amor, las ganas de vivir y la urgencia de ser feliz derriban fronteras y kilómetros. No hay guerra, ni odio, ni rencor, ni muerte. Hay café italiano, whiskey, vino y desayunos eternos. Y el lenguaje es sencillo porque con un abrazo se dice todo. No hay lenguas oficiales, sino necesidad de agradecer. Porque nosotros nos refugiamos en ellos. Huimos de nuestras comodidades y rutinas para abrigarnos en su precariedad. El sonido de un niño pequeño que corretea por la casa. El silencio de una madre que cuida y estudia cada uno de los movimientos de su hijo. Y el esfuerzo de un padre por hacer de esto una aventura para su familia. Y nosotros intentando vivir como si nada pasara. Como si esto fuera un albergue juvenil. Volvemos a la adolescencia para vivir sin normas y reparos. Y lo mejor de todo es que cuanto menos te esfuerzas en que todo funcione, el orden crece y todo encaja. Ucrania está tan cerca que se puede tocar. La distancia no es para las personas, sino para las carreteras. Y aquí no hay más ruido que el de la cafetera o el encendedor de la cocina. No hay bombas ni sirenas. Y la música suena en el piano del salón o en el reproductor. En cuanto pueda compraré o alquilaré un país para acoger a todos y todas aquellas que estén cansados/as de la injusticia y el poder. Y en él, gobernará el rey Paz y la reina Libertad. Y pasarán de ser acogidos a ser libres. Y serán propietarios de su felicidad. Francisco Cantos Solaz. VALÈNCIA.