Una nueva especie de emprendedores surge con el verano. Atraídos por los tesoros escondidos (perdidos) en el subsuelo, asaltan alertas y solitarios los amaneceres y los ocasos de nuestras playas. «Maria Amparo te voy a sacar de pobre», le dice a su mujer, mientras que ella friega los platos de la cena. «No vas a tener que lavar ni fregar más, te lo garantizo». «¿Lo vas a hacer tú a partir de ahora?», le replica. «Con esto lo voy a conseguir», le dice Antonio, mientras le muestra el artilugio que ha recibido de Amazon. «Ya tenemos aspiradora», protesta Maria Amparo.

«Con este dispositivo conseguiré rastrear los metales preciosos que se esconden en las playas, y seremos ricos». «¿Y no prefieres rastrear el polvo de esta casa?», le reprocha su mujer. «No estás al día en la tecnología electromagnética. Soy de los pocos pioneros que van a aprovechar una oportunidad única». «¿Y cuánto nos has costado el aparatito?». «Lo amortizaremos en un solo verano». Y Antonio sale de casa en el crepúsculo, cargado con el prodigio que va a solucionar sus problemas económicos. Maria Amparo se seca las manos, coge la aspiradora, la pasa por el pasillo, y piensa: «Al menos mientras está en la calle no me ensucia. Pero regresará pronto. Me temo que no recuerda que estamos en Castilla-La Mancha».