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Epifanía sin cita previa

Ramón Fernández Aparicio

València

Llevo seis meses de sacerdote y soy capellán de dos colegios. En este breve tiempo he descubierto que, a veces, lo más difícil no es preparar una homilía ni atender un problema serio, sino encontrar un hueco para ir a cortarse el pelo. Por eso, desde hace un tiempo, frecuento una peluquería de barrio que permanece abierta los domingos y fiestas de guardar. La lleva Mohamed, un pakistaní serio, pero con una paciencia infinita.

Hoy, día de Reyes, después de celebrar la Misa de la Epifanía —con esos Magos que vienen de Oriente guiados por una estrella— me acerqué, como de costumbre, a la peluquería. Mohamed estaba especialmente atareado. Tenía además un aprendiz, con el que hablaba en su lengua materna. Varios clientes españoles le daban órdenes con escasa delicadeza: que si más corto por aquí, que si te has pasado por allá... Él y su discípulo aguantaban en silencio.

Confieso que, dado el día que era, aquella falta de respeto me tocó la fibra. Pensé entonces que muchos de los que hoy se quejan por un degradado imperfecto quizá tienen un abuelo que también fue emigrante; alguien arrancado de su tierra y plantado en otra, sufriendo como las plantas del invernadero cuando se las expone al frío.

Los Magos del Evangelio fueron unos sabios extranjeros que buscaron, preguntaron, se equivocaron primero de palacio y acabaron arrodillados en una cueva, ante un Niño recostado en un comedero de animales. Algo de eso hay en tantos inmigrantes que llegan buscando una vida mejor, sostienen la esperanza con lo justo y trabajan mientras otros descansan. No traen oro, incienso y mirra; traen su jornada para que tú comas hoy, tu primo presuma de barba esculpida o tu tía compre lo que olvidó ayer.

Al salir, el aprendiz me regaló una sonrisa —idioma universal— y Mohamed un corte de pelo que me pareció el mejor que me habían hecho jamás. Me habló también de su mujer y de sus dos hijos, que siguen en su país. Su alegría, por ahora, cabe en una fotografía que enseña desde la pantalla del móvil. Pensé entonces que hay cosas que para unos son fundamentales —el peinado, las patillas— y que para otros apenas cuentan, porque lo verdaderamente importante no se refleja en el espejo.

La Epifanía, lejos de una estampa infantil, es la fiesta de un Dios que se deja encontrar por extranjeros. Tal vez hoy los Magos no vengan en camello, sino en autobús; no sigan una estrella, sino solo una vida más digna; y no entren en palacios, sino en peluquerías de barrio.

Feliz fiesta de los Reyes Magos de Oriente.

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