Trato a la afición visitante en el Roig Arena
M. Isabel Soler Sánchez
Estimado director:
Me dirijo a su periódico para trasladar una reflexión tras mi reciente asistencia, junto con otros aficionados, a un partido de baloncesto en el Roig Arena. Lo vivido invita a preguntarse si se está normalizando un trato hacia la afición visitante difícil de justificar.
Desde el acceso al recinto, los seguidores visitantes fuimos sometidos a controles exhaustivos, incluyendo cacheos, como si existiera una presunción previa de peligrosidad. Durante todo el partido permanecimos custodiados por personal de seguridad privada y agentes de la Policía Nacional, y confinados en una zona concreta del pabellón de la que no podíamos salir libremente.
Esta limitación implicaba no poder utilizar la mayoría de los servicios del recinto. Para todo el grupo se habilitaron únicamente dos baños, generando situaciones de hacinamiento innecesarias en un pabellón moderno y amplio. Además, los asientos asignados estaban en las zonas más alejadas de la cancha.
Resulta aún más llamativo si se tiene en cuenta que el grupo de aficionados tenía una media de edad cercana a los 50 años y contaba con niños de entre 6 y 14 años. El propio club había advertido previamente que la afición visitante debía comprar entradas en una zona específica, pudiendo ser reubicada sin reembolso si adquiría localidades en otros sectores, y limitando el uso de camisetas o bufandas del equipo visitante a esa zona.
La seguridad es necesaria, pero cuando las medidas transmiten una presunción de violencia sobre quienes solo quieren disfrutar del deporte, quizá convenga reflexionar si se está desvirtuando el espíritu del espectáculo deportivo.
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