Saltar al contenido principalSaltar al pie de página

Secciones

Alzheimer

Carmen G. Coello

València

Desde hace algún tiempo, las mañanas en casa de un buen amigo parecen haber adoptado un pulso distinto, uno que exige atención y respeto, como si el tiempo, cansado de correr, se detuviera para no perturbar la frágil armonía que sostiene a su madre, que poco a poco se aleja de sí misma y de quienes la rodean. Él abre las persianas y deja que la luz caiga sobre las baldosas, recordando cómo años atrás ella contemplaba la mañana con ojos despiertos, sin imaginar que un día serían sus propios hijos quienes la mirarían con ternura y cuidado, rendidos ya a la batalla inútil de las palabras olvidadas y los recuerdos que se escurren como agua entre los dedos

 Ella aparece en el pasillo con la bata torcida, los cabellos revueltos y la mirada que a veces reconoce y a veces no. Pregunta quién es, o no pregunta nada y acepta la taza de café que él le acerca con manos temblorosas recordando, en silencio, todos los días que ella le enseñó a sostener una cuchara, a andar con firmeza, a vivir con curiosidad.

 El Alzheimer se lleva los nombres, las fechas, las historias, pero deja intacta la ternura, no tanto la impotencia y es como si el corazón guardara memorias más profundas que la mente. 

Hay instantes —breves, luminosos, casi milagrosos—, en los que ella lo toma de la mano y la aprieta suavemente. Una lágrima, discreta y callada, recorre su rostro, mientras mira a su madre con un amor tan profundo que puede sentirse en el aire.

Tracking Pixel Contents