El fallero más silencioso
Ramón Fernández Aparicio
Después de seis años lejos de Valencia, aguardaba estos días con especial ilusión. Las Fallas tienen algo difícil de expresar: una alianza de pólvora y arte efímero, de ingenio satírico y fuego purificador. Durante unos días, una ciudad tranquila se convierte en un teatro esperpéntico, donde figuras grotescas, levantadas con paciencia de artesano, esperan su destino en la hoguera, mientras la música de verbena y el estruendo de los masclets trastocan incluso el sueño del más dormilón.
Hace unos días conversaba sobre ello con unos amigos valencianos de pro —fieles a la sagrada paella dominical y abonados a la Curva Nord de Mestalla—, preguntándonos además por el origen de las Fallas. Pero la respuesta no llegó de inmediato. Solo algunos recordaron que esta fiesta, hoy declarada patrimonio de la humanidad, nace bajo la sombra de San José, patrono de los carpinteros. Según la tradición, algo apócrifa, los artesanos quemaban en la víspera de su fiesta los restos de madera acumulados en los talleres durante el invierno.
Aquella vacilación de mis amigos, sin embargo, apuntaba a algo más hondo. San José es el hombre de la paradoja: aquel que lo entrega todo sin garantías de éxito ni reconocimiento. El Evangelio no recoge una sola palabra de su boca, pero fue él quien sostuvo en sus brazos la Palabra hecha carne. Así, el santo más silencioso termina presidiendo la fiesta más ruidosa del mundo.
Quien se detiene estos días en la plaza de la Virgen durante la Ofrenda descubre además una escena reveladora. Mientras la Virgen de los Desamparados recibe el inmenso manto de flores que las falleras tejen entre ramos y lágrimas, la pequeña imagen de San José —de apenas medio metro, y protegida en una discreta vitrina— permanece casi inadvertida entre la multitud, contemplando con una sonrisa la ofrenda que se rinde a su esposa.
También la misión de San José pertenece a esa misma lógica. La del grano de trigo que muere para dar fruto. La del que disminuye para que otro crezca. La del último que será el primero. José es el padre que protege y observa, que enseña y corrige. Más aún es el padre que Dios mismo quiso en la tierra para su Hijo.
Las Fallas celebran, quizá sin saberlo, una verdad que atraviesa los siglos: la importancia del padre, de su trabajo callado y discreto, de su fidelidad cotidiana. Y así Valencia termina honrando a todos los padres del mundo con un ruido que ellos nunca harán, pero que acaso resuena más alto y claro que la mayor de las mascletàs.
¡Feliz día de San José, padres del mundo!
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