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Las moradas contra las modas

Ramón Fernández Aparicio

València

Mucho se ha hablado en los últimos meses de un supuesto "retorno a lo católico". El éxito de la película Los domingos, la súbita transfiguración de Rosalía o las conversiones de varios influencers —no pocas veces pregonadas a los cuatro vientos— configuran un zurriburri que algunos se apresuran a presentar como novedad. Y, sin embargo, no hay en todo ello nada que no sea tan antiguo como el Evangelio... y, como el Evangelio, siempre nuevo. El peligro no es que el interés por lo religioso reaparezca, sino que lo haga rebajado a pura fachada, convertido en una caricatura que suplanta lo esencial.

La Iglesia, en cambio, nunca ha vivido de modas, sino de realidades más silenciosas y sobrias y, por ello, más firmes: la oración, los sacramentos y la caridad, arraigadas en su expresión más radical —casi siempre ignorada— en la vida contemplativa. Una vocación que parece de otra época, no porque llegue tarde, sino porque se adelanta; ajena a la lógica del éxito y la productividad, se rige por una medida que no admite cálculo: la eternidad.

Lo comprobé hace unos días en Ávila, en el convento de San José, el primero fundado por santa Teresa de Jesús. Tras una reja, tres monjas jóvenes hablaban de su vocación con una alegría que parecía brotar de una fuente invisible. Historias de chicas normales atravesadas por una evidencia sin componendas: que Dios no puede ser un añadido, sino el centro; que si Jesucristo es quien dijo ser, entonces lo es todo. El contraste era inevitable, pues lo que desde fuera parece encierro, desde dentro es libertad; lo que juzgamos renuncia, para ellas es plenitud.

Santa Teresa, que de estas paradojas sabía bien, no fue una radical en el sentido superficial que hoy damos al término, sino en el más hondo, porque fue a la raíz y allí aprendió a apoyarse enteramente en Dios. Y uno tenía la impresión, escuchando tras la reja, de que ese mismo espíritu seguía vivo en aquel locutorio, encarnado en rostros concretos: el de una ingeniera naval que había dejado atrás cálculos y planos y hablaba con alegría de su nuevo oficio, confeccionar manteles para el altar; el de una abogada que había cambiado los tribunales y sus pleitos para interceder por las almas ante el tribunal de Dios; el de una apasionada de la música que había sustituido el reguetón por el canto gregoriano, descubriendo —con san Agustín— que quien canta, reza dos veces.

Ya de regreso a casa, abrí el Libro de la Vida y tuve la impresión de que aquella conversación no había terminado, sino que apenas comenzaba. Quizá ahí esté también el antídoto frente a una vida gris o vacía: como enseñaba Teresa, cerrar por un momento los ojos al bullicio del mundo y adentrarse en ese castillo interior para estar a solas con "quien sabemos nos ama". Y acaso una primera morada sea, sencillamente, acercarse un día al locutorio de un convento de carmelitas, sin prejuicios y sin prisas, callar... y escuchar lo que allí se dice.

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