La deriva del Mercado Central
José Luis Vicent Marín
València se vacía en Semana Santa. Esta frase sigue siendo muy común escucharla con la diferencia que ahora no se cumple en toda la ciudad. Para comprobarlo, basta pasearse por el centro plagado de turistas. El participio no es gratuito, no olvidemos que la plaga es un mal, algo que causa daño o deviene en calamidades. Lo sufrí en mis propias carnes el pasado Sábado Santo en el Mercado Central, una más de nuestras joyas predestinada a morir de éxito si quien puede no lo remedia. Imposible dar más de tres pasos seguidos, ni mucho menos en línea recta. El carrito de la compra mejor dejarlo en casa y muy aconsejable acoplar en nuestros rostros una máscara de protección facial por si algún turista de esos que portan un vaso en la mano y un móvil-cámara en la otra, se gira inesperadamente y nos arrea un mochilazo. A ellos no los verás adquiriendo patatas, lechugas, tomates o espinacas. Eso no les importa ni el pimiento que no compran, como mucho se llevan fiambres ya envasados o raciones de comida, además de esos vasitos de zumo o fruta cortadita y pinchadita en palillos para no mancharse las manos. También es posible que caiga algún souvenir o baratija de cerámica, metal, plástico o lo que sea como recuerdo de su paso que de paso incomodó al nuestro. Es normal pues que se muestren distraídos por el interior de esta arquitectura que tanto orgullo representa para nosotros, los valencianos. Me pregunto por qué esos puestos que están sustituyendo a los que por lógica deben estar en un Mercado de alimentación, no los sacan ya de este recinto tan precioso porque me temo que cuando se pretenda reaccionar será demasiado tarde.
Así que, ojo al loro…, o la cotorra, esa que en la veleta del Mercado parece comunicarse con el Pardal de Sant Joan y que inmortalizó Blasco Ibáñez en Arroz y tartana relatando situaciones de extrema pobreza cuando algunos vecinos aragoneses, por no poder alimentar, abandonaban a sus hijos quedos y embobados mirando al pájaro. No estaría mal juntar a todos ellos, a los de vasito, móvil y mochila, contarles la misma historia que a los niños y mientras permanecen igual de pasmados, aprovechar para hacer la compra con el carrito de toda la vida. ¡Ah!, y ya puestos, dado su poder adquisitivo y la resistencia a cobrarles tasa de alojamiento, terminada la explicación, estaría bien cobrarles la tasa de conocimiento.
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