Esperando el tren
Carmen G. Coello
Hubo un tiempo —no tan lejano—en que los retrasos ferroviarios se aceptaban con resignación castiza, casi como una anécdota que nutría conversaciones de café y chascarrillos de andén. Uno miraba el reloj, suspiraba y seguía adelante, pero ese tiempo ha terminado. Hoy, tras los trágicos sucesos que han teñido de luto la alta velocidad, la cuestión ya no admite indulgencias: lo que antes podía parecer desidia o torpeza administrativa se revela ahora, con crudeza, como una conducta temeraria. Y lo es porque no hablamos solo de horarios no cumplidos o molestias al viajero. Hablamos de vidas humanas, y, en paralelo, del pulso mismo de un país que depende de su red de transporte como de una arteria vital. Cada retraso es una cadena de pérdidas económicas, de oportunidades frustradas y de confianza erosionada. Un tren que no llega a tiempo es también una economía que se resiente y una sociedad que duda. Resulta inquietante comprobar, cómo, pese a la evidencia acumulada, las respuestas siguen siendo tibias, cuando no evasivas. La gestión de lo esencial exige algo más que buenas intenciones: requiere experiencia, conocimiento técnico y, sobre todo, inteligencia aplicada al servicio público. Es urgente, por tanto, un giro firme. No caben más improvisaciones ni cargos ocupados por inercia o conveniencia. El Ministerio de Transporte y Movilidad Sostenible necesita estar en manos de quienes comprendan la magnitud del desafío y actúen en consecuencia, con rigor y profesionalidad. Esperar un tren no debería ser un ejercicio de incertidumbre, y mucho menos, una cuestión de riesgo.
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